Bien esmaltada

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Bien esmaltada, de Eva Lucía Armas

Mi viejo color rosa ha madurado
hacia el fondo de mí
y este que uso ahora se me parece más
porque tiene esa impronta a cocimiento
que lucen las cazuelas esmaltadas.

Soy ya de arcilla bien modelada y firme,
un cuenco para sopa en el invierno,
un ánfora de agua,
un plato con un guiso suculento

y así degusto a solas mis manjares.

Ya no convido a cuanto peregrino
da golpes a la puerta de mi mundo
ni a tanto trashumante trasnochado
buscador del pastizal de altura.

No creo en los mendigos que sollozan
males de amor
ni en otros mendicantes que ruegan por apósitos.

Tuve mi etapa de credulidad
porque quise creer.

Pero las tonterías tienen las patas cortas
igual que las mentiras.

Ambas nos hacen daño.


Tu color, de John Madison

Me gusta tu color
Dios bien lo sabe,
tu color de princesa sin corona
sin trajes ni aspavientos. Tú me gustas
porque tu voz convierte mis angustias
en divino placer.

Tú mi amapola,
tú el bolero mejor de mi vitrola.

Me gusta tu color: mi Dios lo sabe.


El hombre en el balcón, de Eva Lucía Armas

El hombre en el balcón arroja incienso
a la calle poblada de guirnaldas
y festeja en la sombra a las estrellas
que le ocupan la voz y la garganta.

El hombre en el balcón canta en silencio
con voz de sol tallada de guitarra
y acróbata en el aire teje espumas
desagregando olas en fogatas.

El hombre aquel en el balcón me gusta
porque su voz es indisciplinada
pero alza vuelo sobre malos vientos
o se duerme en las noches de las playas
cuando se terminaron las gaviotas
sobre el clamor del agua.

El hombre del balcón tiene en la lengua
todas mis amapolas
desangradas.


ORÍ, de John Madison

De vez en cuando el hombre de los versos
perdía la ilusión por la palabra
y marchaba a su reino, con sus muertos,
a llorar en silencio sus rondallas.

De vez en cuando el hombre de los versos
dejaba de ser hombre, no era nada.

Y como ocurre (siempre) en las historias
escritas en el libro irrevocable
de la vida, llegaba a la discordia
del hombre azul de boca insoslayable
su mujer en espíritu, su novia
su mustang cobra mágico, su trance.

La dueña de su Orí1, su pan de gloria,
su deuda no resuelta irrecordable.

Llegaba esa mujer y recogía
sus lágrimas de Juan Martinez Frágil
y a golpe de romance construía
un nuevo corazón,
un nuevo mástil
una nueva galera,
un Juan vigía
para ahuyentar las voces de las banshees.

Llegaba su mujer:
Eva Lucia,
con su amor de vestal insobornable.


  1. Orí es el símbolo de Olodumare, el creador, y de la personalidad esencial, es decir, el alma de cada individuo. Ori es la esencia espiritual que posee la mayor influencia en la vida de una persona. Para los yoruba, esto significa que la vida de una persona está predeterminada por el ori elegido o el colocado por Olodumare.

    La parte esencial de este principio es que los sucesos que ocurren en la vida de un individuo no ocurren casualmente, sino que dependen del tipo de ori que elige el individuo en el Cielo antes de entrar en la Tierra. Ori es la «cabeza» espiritual que elige una persona de Orun (Cielo) tras ser moldeada por Ajala. La elección se hace de las siguientes maneras:

    Akunleyan: el que es recibido arrodillándose.
    Ayanmo: el que es colocado.
    Adamo: el que es colocado en la creación.
    Akomo: que está escrito y sellado.

    Tras hacerse la elección, la porción se sella doblemente, primero por Olodumare mediante el otrogamiento y luego por Onibode, el guardián de la puerta entre el Cielo y la Tierra.

    Tras adquirir el ori, se comienza el viaje a la Tierra.

    Sin ori, las experiencias humanas y nuestra comprensión de ellas no están completas, el ori representa la estructura del destino, un concepto fundamental del pensamiento yoruba. Proporciona a los yoruba una forma de resolver algunos misterios importantes de la condición humana. ↩︎
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Eva Lucía Armas

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