A propósito de Nadie
Amo las palabras.
Vaya esta declaración por delante…
Me gusta jugar con ellas, explorarlas, mimarlas, acariciarlas… e incluso, de vez en cuando, hasta retorcerles la nariz…
Y a pesar de ello, no encuentro las necesarias cuando se trata de hablar de mí; no me resulta fácil.
Acaso es porque literariamente hablando yo no soy nadie. Es decir, soy esa especie de Juana (Jordana) Nadie, de persona anónima que, existiendo como ente real, en el universo de las letras no tiene relevancia alguna.
Porque yo no poseo ningún diploma de ningún certamen literario. No he publicado ningún libro. Ni siquiera escribo en ningún blog propio.
Es más, durante años me he negado a mí misma que era poeta.
Y eso que escribir poesía —versear lo suelo llamar yo— es algo que vengo haciendo desde siempre.
O precisamente por eso.
Creo que el primer poema lo escribí sobre los 8 años. Recuerdo que se lo leí a mis familiares y lo recibieron con gran regocijo, pero a pesar de ser tan niña ya percibí una especie de murmullo subterráneo… algo así como: «Vaya, esta también nos ha salido rarita…».
Y es que había precedentes: un familiar que hacía poemas, que hablaba casi en verso y que sí debía ser un tanto estrafalario, porque según tengo oído, ponía en su tarjeta de vista: «Fulano de Tal y Tal. Pintor, escultor y barbero. Poeta, tejero, borracho y desgraciao'».
O sea, que muy normal no era… Todos lo trataban con afecto, con condescendencia, pero dejando entrever que estaba un poco chalado. Total, que decidí que no quería parecerme a él. Así es que yo, de poeta, nada de nada.
Durante muchos años me he esforzado únicamente en ser el ser humano que soy: hija, esposa, madre, amiga, compañera, maestra… nombres todos ellos que me llenan de orgullo.
De esta dedicación mía a apurar todas las experiencias en que mi humanidad me sumergía, han ido surgiendo mis diferentes registros poéticos.
Porque, aun haciendo de ello mi secreto mejor guardado, y como la cabra tira al monte, yo sentía la necesidad de plasmar por escrito todo lo que la vida me iba haciendo sentir: la belleza, el amor, el desamor, la sorpresa, la duda, el estupor….
Sobre todo, y desde la lucidez, el estupor ante el sinsentido de la existencia, de sabernos vivos, de conocernos extinguibles y de tener un deseo tan fuerte de supervivencia. Quizás, solo puro miedo.
Si a esto unimos que nací con un sentido musical, del ritmo, bastante acusado, pues lo que sería de mí estaba cantado ( nunca mejor dicho).
Aquello de: «Y que suene, porque es inevitable… Porque al aire la música le sobra» de uno de mis poemas, creo que me define como poeta sin necesidad de más palabras.
Y es que ahora, por fin, ya he aceptado que lo mismo que hay quien nace con los ojos azules o con el cabello rizado, yo nací así, soy así.
Escribo porque no puedo hacer otra cosa.
Y así espero morirme.




























