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Entrevista a Nandi Posada

Realizada por Foto del avatarRosario Alonso

«Encontré mi voz cuando leí a Baricco»

Nandi Posada nació en Redondela (Un pueblo de la provincia de Pontevedra, Galicia).
Se licenció en filología Hispánica en la universidad de Santiago de Compostela e imparte clases actualmente en el IES Pedro Floriani de Redondela. Durante varios años impartió clase en Bachillerato y educación secundaria, pero a día de hoy imparte clases a adultos en horario nocturno.
Aficionada a la literatura desde muy joven, voraz lectora, especialmente obras de la literatura griega.
Comenzó a escribir desde joven, pero con períodos muy intermitentes. Primero se acercó a la novela histórica y fue derivando hacia la poesía y la prosa poética.
Ha publicado una novela: La Náufraga y los trece apóstoles, de tinte más bien poético.
Algunos de sus poemas han aparecido en revistas como Letralia, El papagayo verde, Irredimibles.
Entre sus aficiones personales están las caminatas y el trabajo en el huerto. Detesta el ruido de la ciudad y vive en pleno campo, con animales y un maravilloso silencio. Sus mejores momentos del día se dan cuando puede sentarse bajo los robles y leer, escribir o escuchar la vida sin más, mientras sus cuatro gatas y su perro se sientan cerca y sus gallinas picotean la tierra.

—Escribes tanto prosa como poesía, ¿cómo definirías tu estilo en ambos géneros?

Bueno, creo que en poesía soy una persona bastante visceral, si bien un tanto contenida. Es una poesía un tanto confesional, llena de versos no muy largos y un tanto sentenciosos, sobre todo los finales, que son siempre los versos a los que más tiempo dedico. Creo que son poesías que hablan del dolor sin demasiados adornos, bastante directa, llena de imágenes y cierta tensión emocional. Como cualquier poeta uno nombra la vida en versos.
En cuanto a la prosa destacaría la sensibilidad y el tono melancólico. Me gusta mucho introducir diálogos, hacer hablar a mis personajes, pero todo ello está siempre impregnado de poesía, con gusto por las repeticiones y la introspección, que los personajes tengan latido y aflore en sus palabras. No son novelas de aventuras, son novelas para leer lentas, de interior.

¿En qué momento la escritura pasó de ser un hábito personal a una necesidad vital?

Fue justo después de la muerte de mi padre y de mi hermano. Ahí tuve un parón en mi vida, un sentarme y pensarme. En ese momento dediqué todo un verano a escribir La Náufraga y los trece apóstoles y después ya me embarqué en la poesía de esa otra forma.

—¿Por qué decidiste dedicarte a la enseñanza y cómo influyó tu pasión por los libros a la hora de tomar esa decisión?

Yo he sido desde niña una apasionada de la literatura griega. A los doce años estaba ya con La Ilíada y La Odisea. Después me pasé a las tragedias y La metamorfosis. Por eso quería estudiar Historia, me apasionaba la historia antigua. Lo que pasó fue que mi hermano también quiso hacer historia y, entre que no quería hacer lo mismo que él y que había que estudiar fuera y el dinero no sobraba en mi casa, decidí hacer literatura. No tenía que irme a vivir fuera y seguía en lo que me gustaba, los libros. Además ya de pequeña, en el internado, me iba con una tiza y, en el suelo, le enseñaba a los más pequeños a dividir, multiplicar… Lo de la enseñanza iba un poco dentro.

—¿Compartes tus propios textos con tus alumnos o mantienes tu afición al margen del aula?

Sólo un año lo hice. Trabajé con ellos la poesía y recurrí a las redes sociales porque les eran más cercanas. Ahí conocieron mis textos. Desde ahí no lo he vuelto a hacer. Alguna vez pidieron leer mi libro, en mi asignatura siempre leen libros, claro. No he ido mucho más allá.

—¿Cómo decides si una idea se volverá poema o narración?

No suelo hacerlo, salvo para escribir algún poemario. Yo me siento y escribo. Sólo necesito el primer verso, cuando lo tengo es sentarse y dejar fluir. Eso mismo lo hice con la novela, escribía al día, sin idea ni guion. Los poemarios sí los pienso más, necesito un hilo conductor, algo que los una. Ahí sí pienso, barajo ideas y trato de hallar algo que me permita poetizar. Es sólo eso, darle vueltas a la cabeza hasta encontrar algo que me haga sentir cómoda.

—¿Qué autor crees que está sobrevalorado y cuál, aunque esté olvidado, tus alumnos deberían leer?

Creo que está muy sobrevalorada Alejandra Pizarnik. Es la diosa argentina. Supongo que pasa lo mismo que con Lorca, que su destino trágico los mitifica. Por ese mismo patrón creo que Silvya Plath y Anne Sexton corren en la misma liga. Pero ante todo Pizarnik es quien más me decepcionó al leerla. Los alumnos deberían leer a los clásicos. Se empieza por ahí. Es necesario leer a los rusos, para mí es la literatura más necesaria. Leer a Tolstoi y a Dostoievsky. Los clásicos son cada vez más apartados porque para leer hay que sentarse y procesar algo que les cuesta, les aburre, no les da esa aceleración que ellos quieren. Y creo que todo el mundo debería leer a Baricco. Es pura poesía.

Si un alumno escribiera un personaje basado en ti, ¿qué rasgo crees que exageraría más?

Creo que mi nivel de exigencia. Siempre se han quejado de ello. Con los años algunos vinieron a darme las gracias, pero durante el curso que estaban conmigo solían murmurar entre ellos sobre ese aspecto.

—En literatura, ¿tienes influencias que hayan marcado tu estilo?

En prosa sí. Siempre he dicho que encontré mi voz cuando leí a Baricco. En él encontré ese equilibrio perfecto entre posa y poesía.
Respecto al verso, no lo tengo tan claro, creo que uno va tomando elementos varios, si bien es cierto que me gustan los poetas que cuentan algo, no solo que dicen, sino que cuentan. Me encanta Natalia Litvinova, Radmila Petrovich. Y me encanta Cabrera, nuestro compañero de Ultra. Estoy aquí por él. Lo vi publicado en una revista y me encantó. Busqué hasta encontrarlo y hablar con él, felicitarlo por su poesía.

—¿Cómo sabes cuando un poema está terminado y no necesitas más correcciones?

Creo que eso lo analizo en dos partes. En contenido cuando lo leo y cumple lo que quería decir.
El final tiene que ser algo sentencioso, algo que deje la mente pensando. En la forma, le doy varias vueltas a la puntuación, disposición de versos y las benditas asonancias. Tampoco es que los trabaje mucho, suelen salir en primeras impresiones. Si bien ahora a veces los dejo dormir un poco y los reviso una segunda vez.
Uno con el tiempo se da cuenta que varias revisiones no hacen daño y suelen hacerte captar alguna cosa que igual cambias o se te había pasado por alto.

—¿Hacia dónde crees que se dirige la literatura con la llegada de nuevas tecnologías como la inteligencia artificial?

En primer lugar a “marear al personal”. Ahora hay que filtrarlo todo, en los concursos, trabajos…Todo debe ser revisado de otra forma. Creo que nos lleva a pensar que escribir es sencillo, que no requiere demasiado y eso banaliza un poco la literatura. Hay quien dice que esa literatura no tiene alma y se nota. Sinceramente no sé si es cierto, no soy una experta, pero ante todo creo que banaliza el arte.

—¿Encuentras muchas diferencias tanto en el método de enseñanza como en la absorción de conocimiento entre adolescentes y adultos? ¿Qué grupo de edad prefieres en tus clases?

Eso ha ido por épocas. Cuando era más joven prefería los adolescentes de Bachillerato. Me gustaba prepararlos para selectividad, trabajar los resúmenes (casi nadie enseña ya a hacer un buen resumen), los comentarios críticos, la literatura. Me encantaba explicar el Quijote, El Renacimiento… Pero con el tiempo el nivel de los alumnos ha perdido mucho, no les interesa casi nada, solo el aprobado y con el menos trabajo posible. Por eso me pasé a adultos.
Es muy diferente la enseñanza. Con adultos trabajas con gente desde 18 años a sesenta, así que cada uno trae su nivel, su memoria, su esfuerzo. Hay gente que lleva veinte o treinta años sin tocar un libro. Así que debo empezar desde muy abajo. Pero me gusta porque lo disfrutan, compiten con sus hijos en casa con las notas, están súper atentos, sobre todo en literatura, y eso me hace volver a tener ese gusto por la enseñanza. Tienen mucho mérito, algunos trabajan desde las seis de la mañana a las tres, hacen la comida para la familia y vienen hasta las diez a clase. Los valoro mucho, son generaciones de esas que todavía valoran el esfuerzo.

—¿Crees que el talento literario se puede enseñar o es algo innato?

Bueno, yo creo que desde cero es muy difícil enseñar. Hay ya una base, una predisposición, un tipo de mirada distinta, una sensibilidad distinta (no digo mejor que otras, sino distintas) que, con el tiempo, necesita ser “vertida” en palabras (también distintas, sobre todo en poesía).
Ahora bien, se pueden enseñar muchas cosas sobre esa base, eso es innegable. Lo vemos claramente en Ultra, en muchos talleres. Y, sobre todo, leyendo. Con unos buenos cimientos, que son lo innato, se puede aprender y ser un gran arquitecto.

—Te gustan las novelas históricas, ¿Ahondas en la búsqueda fidedigna o dejas que tu inventiva juegue un papel en el devenir histórico?

Bueno, la base siempre es fidedigna, a grandes rasgos. Esa es la parte realmente histórica. Sin embargo, en ese relleno uno deja que su mente cree un tanto los acontecimientos del día a día. A veces, uno explota algo por una simple sospecha y recrea gran parte. Por ejemplo, yo he escrito una novela sobre «El Gran Capitán», Don Gonzalo, y se decía que estaba medio enamoriscado de Isabel La Católica. Eso son suposiciones que no encuentran gran verdad, pero yo decido explotar esa parte porque me resulta atractiva y puedo idear muchas cosas. Si describes una guerra o una batalla debes ceñirte más a los hechos. En todo caso, toda novela histórica cae en la inventiva. Eso es normal, la historia es la carcasa, pero el relleno es tu pluma.

—Tienes publicada una novela, «La Náufraga y los trece apóstoles». A grosso modo y, para no desvelar su trama, ¿puedes decirnos cuál es su temática y a qué se debe tan curioso título?

El título no se debe a más que un momento mental. Planeaba escribir una novela y lo primero que pensé fue el título. Salió ese de golpe. Sin más. A saber qué asociaciones mentales uno tiene. La novela fue una consecuencia del título. Es decir, la nave se llamó «La Náufraga» porque ese era el título.
Realmente lo que se cuenta en la novela es una travesía por mar donde, desde el capitán hasta la nave (pasando por los trece pasajeros) son seres que se han roto en la vida por alguna causa y tratan de seguir sus vidas, aunque no encuentran mucho el lugar en el mundo para hacerlo. Por eso los pasajeros deciden hacer un viaje y allí se encuentran todos. Siempre digo que es como un grupo de terapia.

—En tu obra, ¿buscas deliberadamente que la prosa tenga un aliento poético o depende del planteamiento que concedas a cada texto?

Todo lo que he escrito antes de La Náufraga era más prosaico, pero cuando leí a Baricco sentí que mi voz era esa, así que desde ahí sí busco esa mirada poética y esa escritura que lo refleja.
Creo que es como encontrar tu voz.

—¿En qué proyectos estás trabajando actualmente? ¿Para cuándo tu segunda novela?

Actualmente estoy escribiendo con una poeta vasca un poemario. Se basa en la vida de Mallory, el escalador del Everest de 1924. Murió en el intento y no se sabe si logró llegar a la cumbre. Hubiese sido el primero de ser así. Su cadáver fue encontrado hace no tantos años todavía y resulta espeluznante pensarlo, ver su cuerpo tantos años después y sacar de sus bolsillos papeles todavía legibles. Murió él y su compañero Sandy.
La novela… Quería hacer una trilogía de La Náufraga. Me he quedado en la novela sobre Farah, el cocinero, el príncipe árabe. La empecé bien, pero me he metido con la poesía y ahí se me quedó. Sé que quiero volver a ella, pero sé también que el cuerpo me dirá cuándo es el momento adecuado (si ese existe). Así que ahí me ando, en las intenciones.

—Muchas gracias, Nandi, por tu tiempo y permitirnos conocerte mejor.

Gracias a ti, Rosario, por tu trabajo y permitir que todos nos conozcamos un poco mejor. Un saludo para todos los compañeros de Ultra.

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Rosario Alonso

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