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El recurso del diálogo en narrativa

Escrito por Foto del avatarGavrí Akhenazi

Si hablamos de diálogos en narrativa, debemos hablar de para qué sirven, ya que un diálogo no es un mero intercambio coloquial y anodino entre dos personajes que no tienen nada para decirse.
Ejemplo:
Juan y Pedro se encuentran al doblar la esquina.
—¡Hola! —saluda Juan.
—¡Hola! —responde Pedro.
—Bueno… adiós —dice Juan y sigue su camino.

Sin apelar a un diálogo de esta naturaleza, el narrador puede decir lo mismo, incluso con menos palabras o con mayor expresividad.

Un diálogo efectivo, que se precie de tal, es un elemento clave dentro de la narrativa porque cumple una multiplicidad de funciones que, si debiera encararlas el narrador, llevarían seguramente mucho más trabajo de letra escrita y descriptiva.

Un diálogo bien trabajado evita una disertación innecesaria por parte de la figura narradora, ya que, a través de él y de las palabras que el escritor elija para poner en boca de los personajes, los diálogos pueden descubrirle al lector movimientos de texto, trama y subtrama, sin que estos deban ser explicados; intimidades personales de cada personaje; intenciones que permanecen ocultas en el trabajo narrativo. Una forma de responder, una forma de preguntar, una forma de explicar una posición, hablan mucho más de tal o cual personaje que si el escritor debiera poner todo eso en una descripción que atiborre al texto de considerandos sobre cómo es el personaje.

Por ello, un trabajo de diálogo cuidadoso debe tener un fin en sí mismo: diagramar la personalidad, trabajando la voz de ese personaje sin que se parezca a las demás voces.

La forma en que habla cada personaje, lo diseña.

El diálogo se aparta del narrador porque es absolutamente propio del personaje. No necesita descripciones alternativas ya que la forma de hablar explica qué tipo de personaje es el que habla, su edad, sus condiciones, su ambiente sociocultural, su profesión, sus inclinaciones, su profundidad.

Un error muy común es saltarse el paso histórico en el habla de los personajes. No puede atribuirse a alguien del medioevo una forma de hablar del siglo XXI. Hay conceptos que pertenecen a determinados espacios y contextos históricos que no pueden ser extrapolados a otros, a menos que se trabaje en un texto distópico de realidad distorsionada.

Para que esto no suceda, el escritor debe tener claro el plano temporal de la obra y hacerse con él de la forma más completa posible.

Tampoco es necesario que un personaje describa con pelos y señales, durante un diálogo con otro, pormenores innecesarios como detalles de cómo está compuesta tal o cual cosa, si no vienen al caso ni hacen a la trama que se intenta desarrollar. Este tipo de detalles entorpecen el texto porque no poseen un fin preciso y generalmente resultan tediosos.

Muchas veces, también, se ve en boca de un personaje el funcionamiento mental del autor, sus gustos sobre un tema, aunque no tenga nada que ver con la historia que se cuenta.

En estos casos, como en el anterior, el personaje se va por las ramas durante el diálogo, describiendo, por ejemplo, todas las peculiaridades de una cosa determinada pero que no aporta absolutamente nada al contexto ya que daría lo mismo que fuera cualquier otra cosa en ese mismo lugar narrativo. El escritor expone por exponer su propio conocimiento, por ejemplo sobre cómo está ensamblado un motor, los diferentes tipos de motores en diferentes tipos de vehículos, modelos, épocas, durante largos y largos párrafos, desviando la trama sin un objetivo más que el desarrollo de su gusto por la mecánica y sin que el personaje sea mecánico, que suele ser lo peor del caso.

Este tipo de datos innecesarios en los diálogos llevan al tedio. Un lector promedio no se fascina frente a una abrumadora exposición de datos técnicos que le resultan irrelevantes al contenido de la historia.

El mismo trabajo narrativo va señalando cuando un diálogo es imprescindible y cuando ni siquiera debería plantearse porque el asunto que aborda ya fue explicado con anterioridad por el narrador o por alguno de los personajes.

Todo diálogo debe decirle algo al lector. Algo que todavía el lector no sabe o confirmar lo que el lector intuye. No es un aditamento porque sí, sin objetivo ni sustancia. Tampoco un boletín informativo de cosas que ya quedaron claras en las exposiciones del narrador o que sean tan obvias dentro de la trama que suenen a redundancia desprolija.

Para determinar quién dice qué en un diálogo, existen los incisos locutivos. Una alocución se encabeza por la raya de diálogo y la segunda raya encabeza el inciso locutivo. También lo cierra si continúa la alocución del personaje. No es el guion ni el signo menos, sino la raya de diálogo.

Una vez determinado quién dice qué, el diálogo puede fluir naturalmente sin necesidad de nombrar al personaje cada vez que interviene, pero para que un diálogo no resulte exclusivamente en lo que dijo uno y otro personaje, es necesario que intervenga el narrador aportando acción, describiendo de qué forma el personaje usa su voz, cómo se mueve dentro del espacio de diálogo y todo aquello que pueda enriquecer de dinamismo a la escena, más allá de lo que se dice propiamente en ella, ya que todo diálogo es una escena desarrollada entre personajes y cada personaje está dotado de una personalidad determinada.

No olvidar que los diálogos excesivos son tediosos. Indefectiblemente deben enriquecer la trama sin estorbar y son fundamentales para diagramar el conocimiento del personaje por el lector.

Trabajarlos con inteligencia y ubicuidad aporta dinamismo y clima a toda narración.

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Gavrí Akhenazi

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