Perspectiva
Escrito por
José Manuel Pombo Varela

«Hay una ciudad de arriba y una ciudad de abajo. En el medio, el olvido».
Hanni Ossott
En el balcón del apartamento del piso nueve, el café dentro de una taza seduce mi nariz y estimula mi cerebro; este, a su vez, le susurra a los ojos: «contemplen el azul del cielo a veintiocho metros de altura».
A la piel le dice: «siente, siente el sol», que solo se atreve a entrar hasta donde lo permite la abertura de bloques con su sonrisa de barrotes de hierro.
Sí, un café marrón, oscuro y profundo. ¿Cómo la profundidad de un color puede estar contenida en una porcelana? ¿Cómo es la porcelana? ¿Cómo es el café? Yo solo sé, yo solo insisto en que, desde la protección de las toneladas de cemento y cabillas, la autopista es un gran intestino con estreñimiento de horas pico, paralela y entrelazada con el río Guaire, un recordatorio visible desde las almenas de concreto de lo que la metrópoli no puede digerir ni reintegrar, incluyendo a los seres humanos.
Mis esferas receptoras de la realidad descienden en rápel por la textura del hormigón cubierto con capas de pintura, que exhiben sus escamas como derrotas contra el hollín de la ciudad. Se derraman en cada metro vertical regresivo, hasta coincidir con el punto cero horizontal. Allí, atraviesan las tripas de asfalto, sortean el peligroso azar del rugido de los motores y las zarpas de caucho, escalan las defensas de la autopista, ruedan por el talud fraguado y se sumergen en el agua corrupta por la ambición de los descendientes de Adán.
Acortan la distancia hacia mi cuerpo genuflexo en el medio del río. Coleteando el nervio óptico como renacuajos de anfibio, reptan por mi muslo, el torso, el cuello, el mentón, la boca y el tabique nasal, para luego asaltar su correspondiente cavidad orbitaria. Mis párpados los arropan por un instante, un intermedio de una obra teatral donde el telón se baja por un momento para reflexionar.
No. Ya no percibo el sensual aroma del café, ni la textura de la porcelana que lo contiene, ni el resguardo de un techo. No.
Se sube el telón y aparezco de rodillas en el medio del Guaire, hurgando en el lodazal de excrementos de la miseria.
Sí. La miseria tiene las heces de la gula, del vacío del alma, de la necesidad de hartarla con fango frívolo. Sí.
En el lecho del río, me acostumbré al hedor del agua podrida dentro de una víscera de concreto. Total, cada día hay que descubrir cómo vivir, carajo.




























