
Miro los rostros al tiempo que indago acerca de las osamentas escondidas bajo la piel. Luego me concentro en los músculos, principalmente en los más destacados, tratando de descubrir dónde se empalman y en qué parte del hueso se fijan.
Actúo de manera mecánica, casi robótica, como si estudiara una pared sin vida.
Paso, entonces, a fijarme en las cuencas donde reposan los músculos y nervios que dan forma a los ojos, su conformación y detalles.
Ya mi actitud sufre alguna variación emocional, pero no doy mucha importancia y continúo con el resto de esas caras atento a lograr que lo plasmado en el papel tenga coincidencia o parecido con lo que tengo al frente.
Termino con el resto, nariz, boca, mentón y demás. En ocasiones noto algunos tics, pero que no afectan el proceso que me ocupa.
Cuando incluyo la interacción para romper un poco la monotonía, ocurren cambios notables en el aspecto humano, los detalles anatómicos dan un giro que detiene de golpe mi trabajo, noto las miradas buscando las alturas o sitios indefinidos y las bocas abiertas o apretadas con muecas que transmiten variedad de sentimientos; odio, rabia, tristeza, angustia, pena, y expresiones difíciles de explicar.
Ya en mi refugio, en momentos de descanso, al examinar esos rostros plasmados en el papel y luego de estudiarlos, por más rutinarios que fuesen me causaban dolor.
Es la anatomía de los rotos. Eso éramos los que estábamos ahí, en ese sitio al que llaman popularmente «cementerio de hombres vivo». Yo, en particular, con mi rotura bajo control. No podía permitir que se disparara y se fuera a la mierda. Simplemente eso me diferenciaba de los demás.
Ya en la vida convencional, en las calles, veo a los rotos -incluso esos que me miran mal con violencia inexplicable- con dolor y pena. Quisiera llamarlos y decirles que soy su amigo.
P.D.
En este mundo actual son pocos los que se pueden considerar completos. Esta humanidad es un mar de averiados, han aprendido a vivir con sus desgarros, pues no queda de otra. El diseño fue realizado así y parece que los arquitectos que contrato Dios no fueron los adecuados y tomó las cosas de manera simplona. El hombre tampoco ha hecho lo posible para revertir su rotura, al contrario, goza rompiéndose cada vez más.



























