Del oficio de escritor y otras angustias

Escrito por Foto del avatarGavrí Akhenazi

De la corrección del primer manuscrito

¿Qué sucede con un trabajo literario cuando, por fin, se coloca el punto final a lo que se estaba escribiendo? Justamente lo contrario: No se acabó de escribir, porque todo primer borrador es, apenas, un primer borrador y el verdadero trabajo de obra comienza a partir de las correcciones sobre ella. Un primer borrador es un bosquejo, un comienzo, aunque algunos autores consigan más perfección que otros al plasmar esa primera versión de las ideas y sus tramas.

La escritura es un oficio y todo oficio requiere un buen aprendizaje de sus métodos para lograr la mayor calidad y digo «la mayor calidad» porque la perfección es imposible. Hay un punto en toda corrección en que se termina por ver mal toda la obra y nada acaba por gustarnos lo suficiente como para evitar el reemplazo. Es como un bucle en el que es imprescindible no caer, porque caer en él termina perjudicando la idea, la trama y, ante todo, la publicación.

Todo se corrige hasta un punto sin cambiar el sentido de la obra. Lo otro sería reescribir la idea fundante, no corregirla.

Para realizar una corrección adecuada, sin permitirse el escritor ni la molicie ni la fobia correctiva, conviene siempre ir haciendo las correcciones ortotipográficas a medida que se va escribiendo. Releer lo ya escrito y corregir los errores pequeños, que son lo más tedioso de corregir. De ese modo, el escritor se asegura menos distracciones a la hora de analizar concienzudamente todo lo demás.

Uno de los requisitos sine qua non de toda corrección es que, después de colocar el punto final al primer borrador, la obra se enfríe (y el escritor, también), y con enfriar me refiero a un tiempo de reposo prolongado, de modo que el escritor pueda desprenderse de la encarnadura y la visceralidad del escrito y adopte una distancia prudencial para ver los problemas en él.

Corregir «en caliente», ya sea por urgencia de la editorial o por la propia urgencia, no sirve para nada y demuestra impericia. La obra saldrá chueca, porque el escritor todavía está bajo su influencia.

Nadie puede decir que la obra no influye más sobre el escritor que el escritor sobre la obra.

Una relectura del borrador completo y ya frío nos dará la pauta de qué cosas se nos desajustaron, ya sea por pasión explicativa o por falta de pasión narrativa.

Es el momento del descubrimiento, del análisis y de la decisión, porque el borrador frío ya se mira más como un libro ajeno al que buscarle los defectos con ojo crítico. (Lo del ojo crítico también es un problema, porque hay que entrenar el ojo para criticarse a uno mismo).

Momento crucial este, donde el escritor debe aparcar el crecimiento de su ego si ya lo ha cultivado o se lo han cultivado, creándole un falso orgasmo onanístico en base a aplausos y parabienes de sus «fans» cosechados que termina por extraviarle el rumbo.

Lo que siempre definirá a un autor no es si trae premios y galardones en una canasta y que saca a relucir en cuanta oportunidad tenga de hacerlo, sino la intensidad que pueda plasmar en su literatura.

Los premios suelen tener una serie de subjetividades ajenas al hacer literario. No digo que todos caigan en esa componenda, pero la gran mayoría se inclina a vertientes alejadas de la calidad y cercanas a la posibilidad comercial. Y eso va en detrimento de autores que sean más esforzados o poderosos en su escritura pero cuya literatura no termina produciendo libros estandarizados hacia lo comercial, que aborden temas taquilleros y capaces de producir regalías de lectores que solamente aspiran a una distracción simplista que les evite el arte de pensar.

De la obra en el mercado

Entonces, vemos aquí que luego de esa corrección crítica que el autor emprende para que la obra surja con esplendor, debe enfrentar la superabundancia de oferta comercial que compite a todos los niveles, diría que casi con desesperación y dentro de un laberinto de calidades de todo orden.

Un escritor debe estar preparado para pertenecer al maremágnum de los gatos pardos y esto afectará, sin lugar a dudas, que su obra destaque, si es que logra asomarse batallando para no ser sepultada bajo el alud inverosímil de tanto lanzamiento de autopublicación o autoedición en cuanta plataforma y editorial ofrezca ese recurso.

Eso obstaculiza indefectiblemente la calidad de una obra, sumergida en medio de la cantidad de obra publicada «que funciona» —lo que antes mencioné de lo comercial sobre lo realmente bueno literariamente— y que acaba por alejar la literatura actual hacia el folklore de que todos pueden escribir, todos pueden publicar y todos pueden postular la Nobel sin ningún requisito superior a conocer el alfabeto y construir cuatro palabras, porque, no nos engañemos, el idioma literario cada vez se presenta más estrecho, más pauperizado, más falto de léxico y más miserable.

El idioma es la herramienta por excelencia con que cuenta el escritor, pero eso parece haber perdido totalmente su valor primordial.

Un escritor que realmente intente serlo con todos los sinsabores y éxitos que ello implica, debe estar consciente de que, aunque su literatura no se vea favorecida por la visibilidad de lo que es popular por seguir una plantilla de prediseño estándar, corregir para conseguir un buen producto es, ante todo, la satisfacción para con uno mismo de una obra bien hecha.

Toda moda pasa de moda, pero el estilo y el sello personal definen a un escritor que perdura, independientemente de todo lo demás.

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Gavrí Akhenazi

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