«Quizás era yo y no lo recuerdo» y otras prosas

Escritas por Foto del avatarNandi Posada

Quizás era yo y no lo recuerdo

Quizás es que leer a Houellebeq lo hace todo distinto. El poema es allí casi un sacrilegio, una forma de desfigurar el cuerpo para aceptarlo. Quizás por eso me agarro al verso para deglutir el lastre. La sinceridad es una daga de doble filo: con ambos corta, pero en uno eres más torpe y el estropicio es mayor. Y el lastre va siendo regurgitado aun a costa de saber que sangro con más vehemencia y que ya me da igual limpiar la suciedad.

Todo es sucio a veces.
Hasta el amor.

Hoy soy incapaz de leer otra poesía que no sea la de este ladino francés. Acaso la mía. Todo lo demás me llena de tedio, de una extraña sumisión que no soporto en el cuerpo.

Es justo saber que de la prosa se puede hacer un poema digno de colgarse en cualquier jodida editorial que busque genios ( perdón, creo que ya no quedan editoriales con genios ni genios con editoriales).

Si tuviese el cuerpo amado a mi vera sería distinto. Quizás sería la puerilidad embotellada en el verso, la dulce vocecita que rinde honores al varón que la enardece.

El cuerpo está lejos.

Yo cruzo la estepa de la negra noche con Houellebeq a mi espalda. Él dice necedades que yo admiro porque he vuelto a admirar a esos necios que saben ver dónde radica la caída del hombre.

La realidad sólo se supera bebiendo o aniquilándose.
No importa quién decía eso.
Quizás era yo y no lo recuerdo.

Tantos platos rotos

Hay un tipo de tristeza que se va aposentado con los días. Es de esas tristezas que te van ganando poco a poco para su causa y no deja espacio para que pienses en qué causas andabas tú. Se hace resistente, terca, dura.

Tiendo la mano a mi madre para hablarle de ella, pero mi madre es un trozo de tierra donde solo crece hierba. Allí no hallo la luz.

Padre pertenece al cuerpo de Dios.

Habitas tú mis días y mis noches, pero no lo sabes. Habitas mi cuerpo y mi carne. Solo a veces lo sabes y yo no quiero pertenecerme más que a mí misma para que tanta ignorancia sea compensada de alguna forma. Es ese intento el que me devuelve una vez más a la cresta del estado meditativo y de ahí nuevamente a la visión borrosa de la melancolía.

Si el ser humano que provoca sufrimiento es consciente de sus provocaciones y se deja estar sobre el canto y la risa, mientras otro ser humano cae a tierra y deja que esa tierra lo proteja de esa risa y de ese canto, ese ser humano comete un acto atroz.

Y no hay acto atroz que no deje cuerpos mutilados y rastros de tristeza que mancillan los espacios recorridos.

Yo no tengo ya capital emocional para pagar tantos platos rotos.

Una cochina bajo el puente del río Dron

A veces me sentaba a tu lado en la puerta.

Mamá me decía que eras una cochina, que ojalá te llevase la policía a otro sitio, que daba igual el sitio, que dabas igual tú, que sólo importaba que mi pureza rozase todos los caminos.

Pero yo me sentaba en la puerta, dejaba que el silencio te cubriese como una manta, como una pomada que escondiese cada escozor de las manos y las palabras ajenas.

Un día me dijiste que abrirse de piernas era fácil, que bastaba con pensar en Dios mientras lo hacías, con imaginar sus manos dibujando la vida de esos colores que nunca viste. Y que entonces todos los hombres eran iguales:
los que ultrajaban tu cuerpo a cambio de dinero,
los que te confundían con la libertad,
los que te pegaban para sentirse leones en este mundo de ciervos,
los que se dormían en tus brazos para soñar de la forma tan simple en la que sueñan los niños.

Otro día llegaste oliendo a algo distinto. Nunca supe si era alcohol o miedo. Tenías la cara hinchada y una forma de decir mi nombre que me hirió para siempre. «Estoy cansada de ser yo», dijiste.

Nunca más te vería llorar, pero aquel día eras una madre que lo había perdido todo.
Nadie llora tan hermoso como quien cree haber perdido lo que no tuvo.

¿Quién querías ser?

Hoy tengo cincuenta años y cuando el dolor de permanecer sobre la vida me muerde dentro, me repito tu respuesta para saber lo que soy y lo que he sido, para culpar a otro de lo borroso del camino donde el tránsito es una espina siempre a medio abrir.

«Querría ser una mujer que lavase platos por la noche mientras su hijo reza en la cama y el hombre que ama sostiene la miseria de la vida tras la puerta, envuelta en sacos de terciopelo».

Nunca te dije que yo siempre quise ser ese hombre. Nunca te dije que había comprado seis sacos de terciopelo. Nunca te dije que perdí a Dios cuando encontraron tu cuerpo bajo el puente del río Dron.

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Nandi Posada

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