«Los ojos de Dios» y otras prosas

Escritas por Foto del avatarNandi Posada

Los ojos de Dios

Traigo mi pequeña carga en la espalda. Es mi hermano. Le digo, Igor, ya no cantan los pájaros e Igor se aferra a mi pierna y gime. Yo palmeó su cabeza y pienso que él es ese desconsuelo de los hombres que le lame los pies a la vida.

Un día me preguntaste cómo se sitúa uno en el mundo teniendo un apéndice en forma de hombre. Todo reside en sentir que, cuando toco su carne, toco mi carne; cuando pinto sus ojos, pinto mis ojos. Por eso cuando Igor me rompe el cuadro, vuelvo a pintar sus ojos; cuando Igor entra en mi habitación y rompe mis libros, rasga mis vestidos y me llama puta tres veces, con ese particular odio de quien nunca sabrá odiar, yo vuelvo a pintar sus ojos. Mientras, los míos descienden a la rutina y al vacío, creciendo como un pájaro que se sostiene sobre una idea, sobre lo nimio de un instante.

Nadie sabe de nadie. Nadie pronuncia a nadie.

Yo siempre quiero estar en otra parte: en el trémulo parpadeo de la vida, en la hojarasca que mancha los otoños, en la semilla que todavía no germina …Y no quiero más presencia que la de mi hermano y la tierra. Quiero mirarlo sabiendo que, de su penitencia a mi pecado, no hay más que un trecho de camino que se recorre con las manos pegadas a la cara. Así se camina en esta parte de la sábana, donde el tiro de todos los caballos está oxidado y gime.

Gimamos pues, Igor, tú, el tiro de los caballos y mi pecho. Es tan bella la música del dolor que parte en dos la piel y potencia el doble toda la pesadez de la vida.
Y mientras Igor cae en mis manos, atrapado en el trozo de esfera que nos separa del mundo, yo, Ayax, vuelvo a pintar sus ojos.


Tierra de hombres sin pan

Ayer fui a ver una exposición de Lev Pavanov.

Sus cuerpos son viejos e inspiran cataclismos y oscuridad, pero los salva ese pequeño roce de maternidad que siempre se fusiona con sus pinturas. Una mano de mujer, una boca de prostituta agrietada, un pie femenino dibujando el futuro al borde del camino…

En el fondo, Ayax, todos poseemos una oscuridad permanente que deambula por la piel como sangre desubicada y nos ajamos al mismo ritmo y con el mismo espesor. Recuerdo que Ricardo Argüelles decía que basta con pensar en la oscuridad para ser oscuro; que basta ser oscuro por unos instantes para ver la luz como un artificio ideado con el único fin de sostener la vida siempre colgada de una ilusión.

Pavanov es el padre de la migaja que anuncia el pan y cada pan contiene en sí el hambre y el alimento en una cadena continua que subyuga todo tiempo y todo espacio que habitamos. Si pudiese rozar las manos de Pavanov, o acercarme a su boca, no dejaría en él palabras ni roces, me limitaría a aplastar mis labios en todo lo que él es, con fuerza, con rabia, hasta llegar a la comprensión de su lucidez, de su gran descubrimiento:

En lo oscuro, Ayax, sólo en lo oscuro esta la luz.


Hábitos de Noviembre

Cada diez de noviembre yo le escribía cartas a Deva Linh.

Deva Linh era un invento. Una mujer sobre un paisaje. Una forma de destruir el tedio. Una efímera nota sostenida sin culpa sobre viejos pianos y fatigadas guitarras.

Y yo escribía despacio, nombrado sus partes.

Allí sus manos preñadas de memorias viejas que todo lo habían rozado: desde la misericordia del hombre hasta la longitud de nuestros espacios.

Deva era noviembre, la numerología exacta del cuerpo y aquella forma de arrastrarme a los viejos parques y a las frías iglesias, dejando abiertas mis venas como agigantados mares que se comen todos los inviernos.

Y recuerdo cada noche de esos días y cada vez que hacía mía su idea y la ligereza de sus nombres porque Deva era todos los nombres y todas las bocas. Al fin y al cabo toda palabra y todo nombre es un puro neologismo reinventado hasta agotar los versos de cada poema.

Deva era la sangre.
Deva era la voz.
Deva era el escalón.

Y más allá de este noviembre obtuso, Deva era todos los noviembres que habían sido y que habían de volver a ser.

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Nandi Posada

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