La bandera en el trueno (cartas cerradas)

Escritas por Foto del avatarGavrí Akhenazi

Extraño aquella reaparecida adolescencia en la que dentro de nuestras mentes retozábamos displicentes y dispuestos como gatos que recuperan la jornada del sol.
Extraño el estímulo de tus uñas en mi cuero de ansiar y ese lento ademán de tu guante de seda liberando la bofetada igual que una metáfora rojiza.
Extraño el verde diametral con que medías el ancho de mi furia y la fugacidad de mi sueño sin domadores.
Luego, reestrenamos la ancianidad del llanto como se recupera una fotografía que intentamos romper.
Nos habíamos permitido una luz joven hecha de cosas épicas y manos percudidas por la labor de amar lo que tallábamos.
Un día renacieron los espejos de envejecer de pena.


Nos hemos escuchado las cigarras y los truenos de mayo como dos dioses humildes que se relatan historias lejos del paraíso conculcado.
Hablábamos a través de vidrios con sollozos entre la dulcedumbre y la hazaña.
Las nuestras eran historias hechas de fragilidad y de pelea con lo cotidiano y había mucha risa que reír porque las contábamos como somos: orgullosamente; así como se crece en el aprendizaje del fracaso.
No nacimos para suicidarnos y por eso nos damos el pequeño gozo de parecer suicidas.



La tuya era una sensualidad áspera.
Congeniaba con la mía en la actitud de zarpa y en el comején meticuloso que tiene el ronroneo cuando se aproxima con el diente de herir el corazón.
Una hembra húmeda que atraviesa un humedal con luna y caza por los sueños a un animal de piedra.
Mi corazón es una gruta insatisfecha decorada con pinturas rupestres donde tu porción arbitraria domesticó las bestias de mis sombras.



Mi mundo parece fundado por antropófagos.
Cuando me acuesto en esta litera prestada tengo que empujar muchos cadáveres que ruedan y se quedan sobre el piso como esperando no sé qué.
Sólo de esa manera cabe tu sombra junto a mí.
Los empujo de mis ojos.
Lavo mis ojos hasta producir niebla pero los cadáveres emergen de esa polvorienta rutina de quitarlos.
No hablan. Nunca dicen nada. Permanecen.
Sencillamente permanecen como si fueran parte de un profundo afecto inolvidable.
A veces son ellos los que te empujan fuera de mis brazos.



Estrujo tu figura amapolada como un líquido índigo.
Mi pecho ha florecido de viejos nubarrones picantes que el jugo de tu saliva empapa en rojos.
En las cartas de amar se suicida de arrebol tu lengua quitándome la sed y un goteo de luz tajea la mía con un filo degollador de besos.
Me chorrea fulgor entre los labios igual que un río rojo y triste igual que una hemorragia roja y triste.
Alguien venda mi nombre con el último jirón de tu bandera.
Dejo la perpetuidad.
Cierro los ojos.
Te extraño de manera inconfesable.

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Gavrí Akhenazi

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