
Ajeno
Tarde, muy tarde,
lamento lerdo,
lento, con demora,
sordo, impasible.
¡Ay! Y el grito…
el grito, rauda centella,
en el último aliento fugaz,
no traspasa, se disuelve.
Se evapora como…
la lágrima, las lágrimas,
¡ay!… rocío de dolor,
que hace tiempo, hace tiempo,
son ángeles y angelitos.
Sí, dolor de unos, sí;
sí, dolor de otros, no.
Tarde, siempre tarde,
cuando es ajeno:
el grito, la lágrima, lo que duele,
los ángeles y los angelitos.
Ocurrió
El ayer abordó mis pestañas,
por la diestra,
un inesperado matiz,
sin intención, de repente.
También me enamoré de una flor,
pero era el viento.
Desde ese ayer,
subiste a mis párpados,
por la siniestra,
tu destello de luz,
casual, al instante.
Como lo fue con el sol,
en ese momento,
en mi ventana.
Sí, eso pasó,
me volví a enamorar de una noche estelar,
pero era tu risa.
Aquel ayer,
asaltó mis cejas,
de frente,
con premeditación,
tu boca,
diciendo…
… hasta siempre.
Tentación
a qué hora vuelve
la cadera contra el esternón
y la mano sobre el pie
en qué día retorna
el aliento sobre el cabello
y el cabello sobre el olfato
apostando que sudor
llega a la meta
el de tu propiedad
o el que me pertenece
los párpados prietos
en la excusa incoherente
sobre el secuestro del reloj
bajo un techo en alquiler
veinte dólares por hora
que oculte nuestros pecados















