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El Puente de Piedra (fragmento)

Durante la epidemia, Patricia soñó con el puente. Con el Camino de los Olivos que pasaba al costado del río: una callecita sinuosa, con carruajes abandonados, habitada por ratas y comadrejas. Imaginó los jardines desnudos. Las garzas que, en los inviernos nevados, comían pequeños ratones morunos. Una media de lana olvidada colgando de la rama de una encina. Las hojas de los árboles teñidas de colores nuevos.

A pesar de la gravedad de la peste, no se puso triste. Se sentó en el hueco de la torre que asomaba por encima de las azoteas. Todo estaba quieto y silencioso, hasta el viento había cerrado la boca para no aspirar el aliento de los muertos. Sin el ajetreo de la gente en el confinamiento impuesto, la ciudad entera comenzaba a entregarse al desánimo. ¿Y los cadáveres? ¿Los enterraban en el cementerio? ¿Las fosas alcanzaban? Patricia sentía cierta seguridad tras las paredes de la torre. Esa especie de campanario era un aislamiento confortable.

Por aquellos días decidió escribir con regularidad algunas líneas en su diario íntimo; los atardeceres fríos la agotaban. Tal y como hasta ahora, se dejó llevar por su inmensa pasión por los libros, abrió el que tenía en sus manos, aspiró el escaso oxígeno que había entre tanta angustia colectiva y, en voz alta, leyó un cuento mágico a quien lo pudiese oír.

El cuento rodó por el callejón dormido, entró en la plaza desierta, sonó a cascabeles por la orilla despoblada del Ebro y se fue a dormir debajo de los arcos húmedos del Puente de Piedra. Solo por costumbre, respondió todas las cartas recibidas. Solo como una operación de rigor, ya que el servicio de correos no funcionaba. Se sintió incómoda al observarlas sobre su escritorio. Para quitarlas del medio, las dispuso en aquella maleta vacía. Las sentía huérfanas, anacrónicas, voces de otro tiempo. Su corazón se colmaba de incertidumbre. ¿Serían leídas por sus destinatarios alguna vez? La del sobre color rosa era para su mejor amiga. Recordaba los paseos con ella por las calles cercanas al río, el pasaje con los oídos tapados bajo el Arco del Deán, los susurros durante las clases de literatura. Habían contemplado bares bulliciosos, la superficie congelada del Ebro, las interminables hileras de chopos a los costados de los olivares. Recordó cuando cruzaron el Puente de Piedra por primera vez. La quietud del hielo bajo los siete arcos góticos. Desde ahí se veían las montañas nevadas: el Moncayo, tal vez los Pirineos. Las dos amaban las alturas. ¿Por qué pensó en ella?

Cuando terminara la epidemia, volvería a las calles, caminaría, les seguiría el rastro a las ilusiones; sentiría la liberación en el aire, el andar de los pasos sobre las losas del piso, la presión del calzado sobre la grava de los callejones.


Recién tras diez años de espera la ciudad comenzó a recuperar su ajetreo. Las aves daban bofetones con sus alas torpes. Las plumas no las sostenían; habían olvidado cómo volar; caían contra el empedrado. Los gorriones amanecían secos, duros, como si el óxido hubiese soldado sus patas a las ramas de los nogales. Debían aprender todo nuevamente.

Patricia fue beneficiaria del rápido desempeño del correo. Un día recibió una carta de su antiguo profesor de literatura. En ella le proponía reanudar las lecciones: el taller reabría sus puertas. Patricia, impaciente, fue una de las primeras en llegar. Con la mirada buscó a su amiga y no la encontró. La luz era densa, hiriente. Sus ojos, en cambio, se tropezaron con dos pupilas y una barba blanca, recortada. Santiago, el profesor, debería rondar los cuarenta años y parecía tan joven como ella. Había viajado al Extremo Oriente, conocía otros países, hablaba otras lenguas. También debió cumplir una pena de tres años de prisión por un delito menor en una refriega. Enseñó en institutos de nombres ilustres a niñas extranjeras de vestidos caros. ¿Pero qué le atraía de esta ciudad?

Marcos, su amigo zapatero, le contó a Patricia lo poco que sabía. El maestro volvía con las mismas inquietudes, pero con una soltería de pocas palabras. No contaba sus aventuras ni develaba su historia emocional. Aunque indagó, Marcos obtuvo pocas respuestas cuando le alquiló la planta alta de la casa. Sus familias se conocían. De niños, cabalgaban por los mismos campos. Ahora, sin embargo, Santiago parecía haber olvidado la propia voz de su amigo. De aquellos tiempos solo recordaba a la prima de Marcos. Del resto, nada. Todo se lo había tragado el tiempo.

Patricia, en cambio, recordaba casi todo de las clases de su adolescencia. Ocupaba una de las mesas del fondo desde donde podía observar los movimientos del profesor sin que él lo advirtiera. Al principio se enfocó en la literatura. Era capaz de leer en los labios de Santiago los libros que iba a mencionar. Se le enrojecían los cachetes cuando el profesor declamaba. Tomaba notas en el cuaderno sin quitarle los ojos de encima. El chorro de luz de la mañana que se colaba por la claraboya la protegía. Por la tarde, ya en su casa, Patricia subía a la torre y repetía los versos de los poetas clásicos como si su profesor la hubiese convocado. Recordaba todo eso y mucho más, pero ahora algo había cambiado.


Casi con estrépito, al abrirse nuevamente las puertas del taller de literatura, las compañeras se despojaron de las capas; dejaron en la esquina de las mesas las boinas de lana; algunas se deshicieron las trenzas. El cabello del profesor viró al plateado al pasar por el chorro de luz de la mañana que caía del techo.

A medida que avanzaba la clase, las anotaciones de Patricia aumentaban. Anotaba en los márgenes una biografía de sus miedos, una lista de sus deseos secretos. Por la tarde, en su casa, guardaba el cuaderno bajo la almohada; allí, sus temores perdían la voz. Cuando no escribía, dibujaba. Hacía garabatos, perdía el interés, prefería abandonarse a sus propios pensamientos.

Por esa época hacía trampas; era la última en abandonar la clase; sabía a quién debía superar, al demorarse. Se sentaba afuera. En el extremo de la escalinata aguardaba el sonido de la cerradura; la salida del profesor la mantenía alerta.

Un mediodía él le hizo una pregunta cualquiera y ella se extendió en una respuesta vaga. Hablaron del invierno, de los cuervos llegados al callejón. De todo menos de gustos y pasiones. Los diálogos comenzaron a transformarse en caminatas. La atracción apareció como un hada de invierno en alguna de las despedidas, en un encuentro de miradas. Santiago había montado una imprenta y quería publicar una revista literaria. Necesitaba ayuda para editarla. Patricia aceptó la propuesta. Trabajaban hasta el atardecer.

Tras un viejo biombo, descalza, Patricia observaba a Santiago deslizarse por la sala: revolvía entre papeles, tomaba un libro de la biblioteca, accionaba el pedal de la prensa, cargaba un recipiente con tinta. La camisa arremangada lo volvía adolescente; plagado de manchas, el delantal gris lo asemejaba al carpintero Marcos. Un aroma a pigmentos impregnaba el aire. La cadencia varonil de un mechón de cabello caía de su frente. A veces parecía inalcanzable. A Patricia le costaba tolerar su distancia, su ensimismamiento inocente, sus disputas interiores. Aquella exaltación atemperada de los recuerdos cobraba vida en las finas arrugas de la frente de Santiago: la docencia, las directoras de los institutos, la vida en prisión. ¿Habría tenido alguna amante? Patricia imaginaba secretas envidias. Historias de traiciones. Sus alumnas le habrían mentido, se habrían enamorado de él, habrían imaginado romances.

En la intimidad del trabajo, al final de la jornada, Patricia habló de los cuervos. A veces, el comportamiento de las aves era cruel. Había un nido en la zapatería de Marcos. Desde acá lo podemos ver, dijo, sin mirar a Santiago. Él se mantuvo apartado de la ventana; cerca de la guillotina su presencia era una sombra borrosa. Están llegando al nido, dijo ella, para animarlo. Tomaba nota de cada movimiento. Imaginaba el entramado de ramitas, el hueco tibio, la voracidad de las crías.

Recordó las risas de su mocedad durante el baile de las Fiestas del Pilar. Aquel día, Patricia estaba poseída por la misma fuerza que ahora. Atrás quedaba un lápiz roto sobre el escritorio; con ella permanecía el desorden nocturno en los cabellos, sus pies aún inquietos, las acechanzas que planeaba tras el biombo a la hora de las ensoñaciones. En sus párpados agitados se leía la resolución, una cierta entrega a lo sombrío. Afuera y a lo lejos, las crías a punto de dormir parecían aullar sin voz, quietas en su nido estrecho.

Patricia sintió el calor de una mano grande sobre su hombro. La mano de Santiago: un peso agradable. El pecho: un suave balanceo junto al suyo. Y esos labios bajo la barba, innumerables veces callados, dijeron algo de interés. Una pregunta quizás. No. Dijeron su nombre. Patricia, dijeron. Los mismos labios del deseo susurrándole preguntas que sonaron como versos declamados para ella en la soledad de sus emociones, con el beso preparado a un aliento de distancia.

Patricia se encontró nuevamente con esos ojos que tan bien recordaba. Pensó en la torre, en su diario íntimo y en el Puente de Piedra. Se le nubló la vista.

De observar a los cuervos, había pasado a mirarse en el lago de los dos ojos que la miraban.

El ronroneo de la máquina expulsaba las hojas impresas con la cadencia de una música celestial. Tendría todavía algunos minutos antes de partir para la cena. Después, aguardaría hasta el día siguiente. Tendría tiempo para soñar esos sueños propios de la juventud. Dormiría sin interrupciones.

A pesar del frío, el Ebro corría sereno, la luz de la luna nadaba en el cielo, la vida nocturna de los animalitos pequeños se animaba entre la hierba.

(continuará)

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Raúl Ariel Victoriano

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