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«Dividida» y otras historias

Escritas por Foto del avatarRosario Alonso

Dividida

Otra vez estoy partida en dos.

Tengo el cuerpo, de cuello para abajo, tumbado en el sofá, esperando la cabeza que deambula por las huellas de mis emociones.

Entre cuerpo y testa existe una conexión completa, incluso cuando es mucha la distancia que los separa. Se complementan de tal forma que si la cabeza piensa alterada el corazón se acelera y si las piernas tiemblan, la cabeza conoce la causa exacta del temblor.

Hoy, como siempre, la parte superior de mi anatomía se marchó a la habitación de Mario. Me dio por pensar en la noche del apagón, cuando conocí al poeta, y en un abrir y cerrar de ojos la cabeza se transportó a la cama de Mario. Últimamente no sale de allí y es que el poeta se fijó, en modo chincheta, a mi pensamiento, tal vez porque me miraba con los ojos inspirados, como si yo fuera un papel en blanco sobre el que escribir poemas.

Suena el timbre de la calle y la cabeza que sabe lo que pienso, se percata del latido acelerado de mi corazón y viene, inmediatamente, a ponerse sobre mis hombros. Es Mario.


Visos de realidad

Llegamos, como llega el cansancio a través de un pulmón que mal respira, con los ojos vidriosos, fijos en el paso enlentecido que nos llevaba, a través del sendero, a la casa. No sabíamos qué visos de realidad nos aguardaban. No sabíamos y la incertidumbre nos hacía temblar anticipando la muerte de mi padre.

Intentamos llegar a tiempo con el firme propósito de pedirle perdón por los años de ausencia y abandono Ahora, precisamente ahora, nos arrepentíamos y ojalá siguiera vivo para poder remediar la culpabilidad que nos colgamos a la espalda como una mochila plomiza. Por primera vez conocí el peso real de la culpa. No supimos priorizar responsabilidades y relegamos a un segundo plano su cuidado, cuidado que ahora nos parecía, ironías de la vida, el culmen de lo importante.

Pese a todo yo no estaba preparada para la pérdida. Mi hermana era un temblor de miedo porque hasta hoy no se había hecho a la idea de la proximidad del último adiós, e intenté reconfortarla a pesar de ser yo misma un imán del desconsuelo.

Los remordimientos se fueron asentando por el cuerpo donde permanecerían el resto de nuestra vida. ¡Cómo pudimos dejar pasar el tiempo sin acoger, como acoge el corazón, al hombre bueno que nos dio la vida! No merecemos indulgencia. Era tal mi congoja que deseé ser yo la que marchara.

Al cruzar el pasillo hacia su dormitorio nos acompañó una sensación de irrealidad como si estuviésemos en un escenario ajeno, a pesar de ser el hogar donde vivimos de niñas. La presión de los recuerdos saltaba hasta el hoy haciendo más pesado nuestro andar..

Empujamos la puerta. La señora María estaba junto a la cama de papá, cogiéndole con ternura la mano. Nos miró sin vernos, ignorando nuestra presencia. Mi padre acababa de fallecer.


El tiempo vuela

Tan apresurados estaban los relojes que los minutos pasaban como flashes por los ojos. No había brida que detuviera el paso desbocado del tiempo y sus crines volaban como las cortinas que tiemblan con el estrés del aire.

Tan apresurados estaban los relojes, tan estresados, que las horas quisieron suicidarse y detener su ritmo enloquecido. Y así se izaron sobre sus manecillas como si fueran pies y se arrojaron al vacío para convertirse en maquinaria rota.

Pero no sirvió su intento.
El tiempo que no tiene carcasa salió volando.

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Rosario Alonso

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