
Tengo muchos recuerdos de situaciones similares, situaciones recurrentes donde el sobresalto es parte de los sueños o donde todo sueño es un sobresalto.
Por eso me gustan las guardias nocturnas. Prefiero no dormir. En los horarios de dormir pasan cosas, afuera y dentro de mí. Por eso, vos y yo conversábamos hasta la hora que fuera. Era nuestro horario. Esa noche profunda que se nos perdía sombra adentro para que nadie nos percibiera, y entonces, sernos, solo sernos, sin reparos ni medidas.
Yo hablaba. Vos escuchabas. Yo podía hablar. Vos escuchabas. Vos llorabas. Yo te abrazaba y así, alternábamos los roles trágicos, aunque el mío, lo sé, siempre te pareció una enorme aventura que tus fantasías épicas podían compartir a través de mi boca.
Quizás la niña pensó que era un muñeco que encontró por allí, abandonado por alguna otra niña que se aburrió de él. Así que andaba arrastrando el cuerpito de aquí para allá, perseguida por las moscas, porque las moscas, en este lugar, se comen por igual vivos y muertos.
Alguien le quitó su muñeco y llegó corriendo hasta el puesto con la niña detrás, que se lo disputaba dando gritos.
Alguien, también, pensó que el que llegaba traía un monito en brazos. Eso parecía, untado por el barro sobre su propio color de barro y le dijo que qué hacía con ese mono, que era para personas el lugar.
Lo que traían, tanto la niña que se colgaba del muchacho como el muchacho que abrazaba al monito, era un recién nacido. Esa era la imagen que se veía cuando levanté los ojos o los abrí desde la pesadilla para ingresar a otra pesadilla.
El muchacho explicaba que era un recién nacido. Que no era un monito.
Intentamos alguna que otra maniobra, aunque ya de antemano sabía que no había nada por hacer. La vida huye mucho por aquí, se haga el esfuerzo que se haga para retenerla dentro de los cuerpos.
Intentamos alguna cosa porque era un muertito fresco. Quizás para convencernos de que servimos para algo.
La niña, al fin, entendió que no era un muñeco, pese a la flaccidez del cuerpecito.
El muchacho nos observó todo el tiempo con sus ojos ansiosos y almendrados como los ojos de los camellos. A veces, se acerca y nos ayuda organizando las filas, cambiando vendajes, escribiendo en las libretas de alimento. Estudiaba, cuando aquí todavía eso era posible y se ofreció enseguida, como intérprete, también. Así que se considera y en cierto modo, lo consideramos, parte del personal.
La cosa es compleja.
Te horrorizabas con impaciencia cuando te contaba estas historias. Las compartía con vos, porque te interesaban y te indignaban. Un día me dijiste que yo te había abierto los ojos y que muchas veces es mejor seguir con ellos cerrados porque de otro modo vivir se hace imposible. ¿No sé cómo lo consigues, como sigues adelante?, me preguntaste aquella vez. Y yo respondí: Alguien debe hacerlo.
Pedí que buscaran a la madre. No hay tantas puérperas, dije y agregué: aún.
Muchas de las mujeres violadas matan a sus hijos, los tiran por allí, como a este.
No era un niño. Era una niña. Y recordé lo que opinaba mi amigo, el médico kurdo que me salvó la vida hace dos años: «en algunos lugares es mejor nacer muerto que nacer mujer».
Alguien me dijo, cuando ya el cuerpito no estaba frente a mí: «sigue durmiendo, ya terminó la cosa aquí».



























