
Los grises de la tarde
Hace ya mucho tiempo que un recuerdo
se fugó del redil de mi memoria.
Se esconde como un duende
detrás de las partículas de polvo
que flotan en el aire
si el aliento del sol las ilumina.
Se esconde en el perfume que yo gasto
y me desnuda el alma de los libros.
Se sumerge en la infancia de mi pluma
y entre los nervios del papel se esparce.
Me espía en el envés de las sonrisas
y se emboza tras mi espalda.
Pero no puedo asirlo, se escabulle,
se refugia en el fondo del café,
traspasa la frontera del espejo,
vuela hasta el capitel de las tormentas,
se nutre en la placenta de mi asombro.
Pero otras veces surge
jactancioso, insultante, toma forma
e instala su ultimátum en mis sienes.
Con tesón se dedica a afilar mi tristeza,
clavando sus agujas en mis ojos.
Divino mandamiento
Ir y volver y hundirse en la quimera
de alimentar el alma verso a verso
cabalgar por la brisa en el perverso
sendero con el verbo por bandera.
Caminar entre sombras de ceguera
cuando amanece el día al universo
y querer atrapar por el reverso
una nube de nieve en primavera.
Pensar que la palabra se doblega
llamarla sin descanso y comprender
que nunca habitará en el pensamiento.
Nadar sin brazos en la mar que niega
abrigo en el naufragio. Así es creer
palabra en tu divino mandamiento.
Río del tiempo
Río del tiempo
que cruza el alma
fluyendo siempre
hacia el mañana.
Orillas mustias
por donde pasa
lánguida y lenta
su lengua el agua.
Juncal del sueño
junto a la mansa
corriente y lecho
de piedras blancas.
Sobre las ondas
sombras de garza.
Manos del viento
desmadejadas.
¡Ay! devolvedme
mis tierras áridas
los tersos campos
color de espada.
Dadme el sol pálido
sobre la plaza:
aquel perfecto
sol de la infancia.
(Luz taciturna
que presagiaba
el nacimiento
de la palabra).
Sí, devolvedme
la voz del alba.



























