El absurdo estético

Escrito por Foto del avatarGavrí Akhenazi

Creo que no me equivocaría –al menos, no demasiado– si dijera que todo escritor, alguna vez, ha intentado un tipo de creación que llamó «vanguardista» o «experimental» apelando a lo absurdo.

Porque el absurdo se ha categorizado como lo rupturista y ha sido un elemento nutricio para enarbolar fundamentos con los que definir la búsqueda de estéticas diferenciales a las ya vigentes.

Es una condición atinente a todo arte la tendencia a expresar una realidad que abandona sus ribetes lógicos para extravasarse de sí misma y plantearse desde perspectivas inusuales; otros prismas, otras miradas que el escritor aporta a las ideas, intentando hacer palabra un proceso interno que quizás no las tenga como descriptor.

Creo que es bajo esa condición que se tiende al trabajo en absurdo o al experimento de ruptura de normas.

Ya, de por sí, vemos que tanto la poesía como también ciertas prosas intentan desalojar el sentido intrínseco de las palabras y crear, a través de esta nueva reinterpretación, sentimientos diferentes a los que crearía la palabra o la construcción en sí.

Que esto se logre sin transformarse en algo miserable o indescifrable por su carencia completa de sentido u objetivo, compete al talento del artista para reorganizar la significación y conseguir un impacto estético que sacuda al lector.

Las virtudes del impacto estético radican en cómo el hecho creativo es capaz de producir algo a partir de que, manteniendo semejanza con el habla corriente, se perciba una diferencia marcada, a veces absoluta, en los modos expresivos. ¿A qué podríamos atribuir esto? Quizás, a que las construcciones del habla literaria se distancian connotativamente de las construcciones denotativas.

Sin embargo, intentando esta premisa de transfigurar el idioma con el que se trabaja, muchos autores no consiguen otra cosa que la confusión más flagrante en sus lectores, como si en vez de comunicar algo, ese autor pretendiera hablarnos en una lengua de la que no conocemos ni sonido ni grafía.

No quiero decir con esto que el objetivo de cualquier trabajo literario sea expresar sentido, sino que, a través de la utilización natural de las herramientas, puede trabajarse el asombro del lector sin caer en el absoluto sinsentido, como muchas veces sucede. O en el simplismo, que es aún peor.

La gran virtud de la poesía es la refinación (en el sentido de limpieza profunda) de las ideas extrayendo el sentido final de su esencia.

Menos es más, repetimos y repetimos a los nóveles que se sobreexplican como si la tontería fuera una condición sine qua non en el lector.

Un buen autor es capaz de crear ideas enormes utilizando solo las palabras justas, a las que, con un buen dominio, agregará, mediante las articulaciones y flexiones del idioma, un marco sonoro que despierte estremecimientos y ofrezca experiencias que conmuevan, emociones que permitan identificación en todo aquel que se acerque a la obra.

Una buena obra debe poder mantener los opuestos unidos, no mezclados, no revueltos, no confundidos unos con otros para que no se consiga entender la propuesta, porque la propuesta del prisma creativo siempre debe permitir la evolución de los opuestos hacia una retroalimentación sin anularse.

El absurdo por el absurdo mismo, como nivel comunicacional, no arroja, en general, buenos resultados.

El lenguaje debe lograr mantener, incluso dentro de todos los juegos que un autor propone, la verdad con todas sus caras, porque toda verdad resulta un juego de sentidos plurales que conforman la cosmogonía de un sentido único: el que el lector percibirá.

Alguien me dijo un día: «La poesía debe romper el idioma».

Me pregunto ¿hasta qué punto?

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Gavrí Akhenazi

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