
Muchas veces escuchamos decir a ciertos escritores –entre los que me incluyo– que, al momento de la creación, uno debería desprenderse de la polución que reina en el mundillo literario del que forma parte; apartarse de lo circunstancial que representan ciertas tendencias y mantener lo propio del rigor con que enfrenta su obra.
Ser uno mismo, con sus exigencias y no con las ajenas que suelen aparecer para uniformar el criterio del mercadeo, aunque esto implique un grado de marginalidad en cierto modo saludable, ya que impide la contaminación autoral con las tendencias de moda.
Sin embargo, esto suele traer un perjuicio que muchos conocen: el anonimato territorial, tan vigente en todos los países antes como ahora.
Es sabido que un escritor que permanece con su obra –independientemente de la calidad de esta– dentro de los límites de su lugar de origen y no accede al ancho territorio literario que ofrecen las grandes capitales, tendrá muchas menos posibilidades de que su trabajo se conozca, reconozca y ascienda dentro del mercado por fuera de la localía.
Sobran ejemplos de autores extraordinarios apenas conocidos porque la localía impide que sus obras trasciendan al público masivo ya que no se integran al círculo vicioso que pulula, llaves del Parnaso en mano, diciendo quién entra y quién no entra, independientemente de la calidad del autor.
Sucede también en otras ramas del arte.
Lo que no tiene espacio en las grandes capitales no existe, así que, si un autor busca algún grado de visibilidad, generalmente debe mudarse para pertenecer «a la cocina», aunque le den el papel de lavaplatos. Y una vez mudado, tratar de ir de aquí para allí, asistiendo a cuanta gestión literaria se le cruce, como modo de que se le vea o aparezca en todos los paquetes como figurita repetida, hasta que por fin consiga acercarse a quien sostiene el mango de alguna sartén, mientras le tiembla el manuscrito en las manos.
Figurar en la nómina depende de la constancia que se tenga en el peregrinaje, aunque no se comulgue con los tertulianos de turno, los conferencistas que le hablan a otros conferencistas que van a escuchar a los primeros para que estos los escuchen, también, cuando les toque dar sus conferencias, los altos cargos estilo ruleta de entidades de autores del hoy por mí y mañana por ti que se convencen entre ellos de ser la crème de la crème y así, gastar las suelas de grupúsculo en grupúsculo, hasta que la ansiada silla aparezca desocupada en alguno.
El conocimiento, aunque sea limitado a los ghettos parnásicos, rinde frutos si de grandes editoriales se trata, ya que manejan solamente un catálogo de lo que pueden comprobar por sí mismos dentro de las capitales donde están afincadas.
Entonces, esta nominación o conocimiento de un escritor –aunque no simboliza que quienes lo hayan alcanzado a través de la mendicación de espacio lo sean– muchas veces suele darse más por la perseverancia persecutoria hacia algún pope o algún consagrado que porque realmente la obra o el autor valgan la pena.
Conseguirse un padrino, ni más ni menos, a fuerza de una suplicante presencia en donde se pueda.
Como una rama de la cosa se plantea de esta manera, los creadores que no se plieguen al lengüetazo ni al lacayismo se ven obligados a reinventarse y nada más efectivo para ello que la virtualidad, con sus grandes ventajas y desventajas, ya que todo el remanente va a parar a ella como a un descomunal cajón de sastre.
El autor actual encuentra sus desafíos entre lo convencional que ya mencioné y lo que se propone como una innovación libertadora, ya que la virtualidad ofrece mil formas de asistir a un escritor que antes solo eran privativas de los grandes sellos editores, si es que se conseguía acceder a ellos.
Sin caer en el facilismo de crear a través de la IA, el verdadero escritor tendría a mano un recurso valioso y multidisciplinar para sobrevivir en un territorio que se vuelve cada vez más hostil para el creador por el exceso de oferta, sin tener que recurrir a dádivas ni prebendas de ninguna índole mientras quien las recibe lo observa de reojo como un competidor y no como un par.
Nadie se hace rico con la literatura actualmente, así que negociar lo propio en pos de un asiento y un apretón de manos no constituye, a mi modo de ver, un buen negocio sino justo lo contrario.
Pero… allá cada quien.


























