Sobre lo denso y lo etéreo
Escrito por
María José Quesada

Molesto por el escándalo que los niños producían en la calle a plena siesta, el octogenario Ginés se levantó de la cama, aturdido y alterado.
Tomando una llave del cajón de la mesita de noche, se dirigió hacia el viejo baúl a los pies de su cama. La cerradura no opuso resistencia al doble giro, a pesar del rodete oxidado.
Levantada la tapa, Ginés escarbó entre los enseres hasta dar con una corneta que había perdido su brillo por el transcurrir de los años. La limpió con un suave pañito azul, salió con ella a la calle y comenzó a soplar por la boquilla pulsando al mismo tiempo los triples pistones. Los niños, que hasta el momento vociferaban sumidos en sus juegos, quedaron mudos ante la sonora aparición de Ginés.
Una corriente de notas agudas fue envolviendo poco a poco puertas, ventanas, portales y señales de tráfico, escaparates, farolas y vehículos, pero la cosa no quedó ahí, las notas salieron del pueblo atravesando campos y molinos de viento, en cuyas aspas quedaron atrapadas, dando vueltas, hasta que consiguieron desprenderse.
Continuaron su trayecto como una invisible y colosal bandada de flamencos, avanzando, hasta que salieron de España sobrevolando Los Pirineos.
Diez minutos más tarde, Europa entera brillaba al paso de las notas de corneta que Ginés liberó.
Asia, África, América y Oceanía también fueron recorridas y embellecidas por las notas musicales. Nada, en toda la extensión de la tierra y el mar, quedó sin ser abrazado por tan excepcional y majestuosa comitiva etérea.
Ginés, cuyo propósito había sido silenciar la barahúnda de aquellos chiquillos —fin cumplido— volvió a guardar la corneta en el baúl acomodándola con cuidado. Después, esbozando una sonrisa se metió en la cama reanudando su siesta.



















