¿Asesinato o muerte natural?
Escrito por
Gavrí Akhenazi

Pese a la innumerable cantidad de ¿producción literaria? que atiborra la actualidad, pienso, muchas veces, que la literatura ha muerto como arte. Porque la literatura alguna vez fue un arte, también.
Ha mutado, se ha transformado, ha elegido caminos atestados de peregrinos que se proclaman a sí mismos como sacerdotes de un culto decadente y que ofrecen, excepto honrosas excepciones, el mismo rito trabajado exclusivamente desde la mecanicidad de lo resultón.
La cantidad de libros que he dejado sin terminar por el aburrimiento que me ha producido la falta de originalidad en el discurso, la pobreza mayoritaria de la idea, la inclinación irrefrenable a la bandería y el escaso vuelo literario que ostentan para sorprender y formar al lector es, con mucho, superior a la cantidad que he conseguido terminar.
En algunos me he obstinado más de la cuenta, solo para descubrir cuál era la pretensión del autor al escribirlo, más allá de pensar en el mundo que envuelve a ese autor y para qué lo ofrece.
No todos vemos el mundo que nos rodea de la misma manera, ni el mundo que nos rodea está circunscrito a un espacio lúdico pasatista, destinado apenas al entretenimiento y sin buscar otra meta que la autosatisfacción por aquello de «escribí un libro», en el caso de que esto haya sido verdad y no apenas una fantasía más ficcional que el libro en sí, como suele suceder dada la desmesurada cantidad de oferta que facilita la autopublicación.
La pregunta sería, quizás, cómo escribir en este mundo, qué escribir en este mundo, cómo trabajar este tiempo y cómo observar el caleidoscopio de la realidad a través de nuestra sensibilidad sin perder de vista al destinatario, creando la forma de comunicación apropiada para que el lector reciba un mensaje diferente, sin verse envuelto en la vacuidad de las producciones en masa que actualmente saturan el mundo editorial y empujan a esa figura tan necesaria que el lector constituye, hacia una mediocridad irrevocable.
Todo libro debe dejar algo en quien lo lee.
Creo yo que debe construir algo en el lector, edificar algo, en cierto modo tener un efecto pedagógico de formación de pensamiento, de creación de nuevas expectativas, de apertura mental y búsqueda. Ofrecer un panorama de cuestionamientos, de interrogantes necesarios que obliguen a intentar respuestas o planteamientos no explorados hasta ese momento.
La cuestión es que cada situación que se plantea, aún la más cotidiana, debe contener su propia singularidad y esta singularidad tan deseable se obtiene a través de la creatividad con la que se expone el acontecimiento: la forma propia en que se trabaja eso que se intenta volcar al lector. Muchas veces, trabajar la extravagancia constituye un mensaje en sí mismo que contiene su propia congruencia y otras es apenas eso, una extravagancia que expulsa al lector sin obtener ningún resultado comunicativo además del rechazo frente a lo indescifrable.
Las elecciones son variadas y de estas elecciones saldrá el resultado final que el autor obtiene del público que se le acerca. Algunos tienen por solo objetivo vender su libro sin importar otra cosa que el aspecto lucrativo y sin importar lo olvidables que resultan algunos materiales una vez que el libro se cierra o se abandona por insustancial.
Me niego a creer que no existan ya los buenos lectores que busquen algo más que distraerse sin tener en cuenta el poso final que un libro debe dejar en ellos. Un libro no es un video game para jugar mientras se viaja en el subterráneo hacia el trabajo, aunque muchos autores encuentran en este tipo de literatura intrascendente su mejor filón.
Quizás, también, es lo que este nuevo público necesita. La inmediatez de una distracción que no obligue a ninguna otra cosa mientras impide la reflexión sobre lo leído. Apenas, un momento olvidable que llena otro momento olvidable.
Y vuelvo a la pregunta que abre estas reflexiones. ¿Ha muerto o ha sido asesinada la literatura como arte?
La respuesta, sin duda, no tiene la resolución de un camino sencillo, porque compete a cada escritor el modo que elige para transitarlo y el fin que desea para ese camino.




























