Tiempos vacuos

Escrito por Foto del avatarGavrí Akhenazi

Supongo que la ambición por la trascendencia folklórica que representaba en alguna clásica antigüedad y que remite a los grandes monstruos literarios ya no figura en la nómina de deseos entre los escritores actuales.

Los conceptos se han modificado sustancialmente, por una variedad de motivos que terminan concluyendo en datos alarmantes para aquellos que aún intentamos que el oficio resista entre tanta parafernalia de lentejuelas de burdel.

Datos puros y duros, como por ejemplo que casi el 90% de los títulos que se editan vende mucho menos que una tirada de cincuenta ejemplares. O que un alto porcentaje de los libros publicados no venden siquiera un ejemplar de buena voluntad comprado por el mejor amigo del autor o por su mamá.

Las grandes tiradas y las remake de publicaciones agotadas en la primera tirada casi han fallecido, salvo que las respalde –y solo a veces– un apellido convocante que trabaje por arrastre de otras épocas o una desaforada campaña de marketing que intenta salvar los costes encarados por el autor o que la editorial haya asumido compartiéndolos, aunque dicha campaña recaiga exclusivamente sobre la difusión que el propio escritor consiga imponer en las «redes sociales», sitio que parece –hoy por hoy– el campo propicio para dirimir todos los aspectos de la vida.

Uno de los problemas del panorama actual es que, en general, se han perdido cosas básicas, atinentes a todo oficio, para conseguir apartarse del montón que supone la mediocridad y, una de ellas, es el afán por mejorar que reporta el conocimiento de todas las herramientas del arte.

Uno de mis alumnos, con muy buen tino, me planteó cuáles son los parámetros para juzgar si algo está «bien o mal escrito», presentándome como argumento que «todo tiene público; lo ha dicho siempre usted». Y es verdad, todo tiene público y ese público parece atrapado dentro de una cápsula de chatura representada por la falta del deseo de superación en los autores, o de las ganas de dejar alguna impronta recordable en nuestra escritura como testigos de la realidad e hijos del siglo. Esto se refleja, muchas veces, en la notoria falta de cualquier esfuerzo evolutivo en los sucesivos trabajos de un mismo escritor y revela, siempre para mal, la cortedad de expectativas o de visión que ostenta el panorama literario actual como espejo de la realidad.

Ambicionar ser escritor va más allá de conseguir algún rédito pecuniario si, por milagro, se produce. Va mucho más allá del lustre personal, de las conferencias, de las juras en certámenes (cada vez más amañados y empobrecidos literariamente). Pero esa concepción de testigo, incluso ficcional, se ha perdido en la mezquindad de otros deseos más inmediatos como es todo en la actualidad.

El éxito radica en la inmediatez de metas que no pasan de muchos seguidores, muchos likes y ninguna lectura, además de, como antes dije, ni un ejemplar vendido.

Las redes sociales compensan ese territorio con sus parabienes, aunque si se indaga en cuánto el seguidor sabe del autor, ese autor descubrirá con toda la frustración de la que dispone, que nadie le compraría un libro ni se lo pediría prestado para «ver qué escribe, realmente».

Ya el escritor no dirige sus objetivos al legado ni a los cuestionamientos que consigan mejorar el empobrecido mundo en que se desenvuelve, sino que trabaja sobre metas pasatistas y que duran la emoción de una palmada en el hombro, si esto ocurre, en el mejor de los casos.

Un escritor real no está destinado a pasar por la vida sin dejar algo que le sirva a alguien para trabajar sobre la conciencia colectiva.

Lo peor del caso es que ya no parece haber muchos «alguien» que quieran recibir lo que un escritor quiere dejar en sus manos, como trabajo para la creación de pensamiento.

¿Para qué intentar crear pensamiento en los lectores, si ya la IA lo crea por todos, inclusive por la carrada de escritores adictos que ha cosechado como nuevo gurú del éxito literario?

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Gavrí Akhenazi

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