Incomprensión lectora o ineficacia comunicativa

Escrito por Foto del avatarGavrí Akhenazi

Sobre ciertas obras incomprensibles para la mayoría de los lectores se han escrito tratados y tratados, de por sí más inentendibles que el libro que intentan descifrar, porque cuando el tratadista intenta superar al autor en la cuestión de explicarnos a los demás lo que ese autor intentó decir en una grafía inabordable, ya la veracidad del tratadista entra en la parte dudosa de la credibilidad.

Muchos autores han escrito un libro inexplicable ya desde su idioma y al que leer o dejar de acuerdo a la impresión que nos provoque.

Cada lector encontrará algo en el libro que le indique qué hacer con él, más allá de que lo entienda o no lo entienda. Que es mucho más probable lo segundo.

Ni qué decir de la «broma» de Monterroso y su «dinosaurio». Haya sido o no una broma del autor, lo que se ha escrito sobre esa tontería no tiene remedio ni lógica y, sin embargo, se ha disertado y se han dado conferencias sobre lo que los críticos piensan y no sobre lo que realmente Monterroso escribió.

Yo creo que todo acto literario tiene que establecer algún tipo de vínculo porque para realizarlo se precisan dos: el emisor y el receptor.

El emisor, muchas veces, dice «prescindir del receptor» pero ¿puede prescindir de que exista el receptor al que enseñar/mostrar/exponer su acto creativo?

Creo que no, porque todos exponen/enseñan/muestran su obra y la ponen a consideración del receptor aquel del que dicen también que prescinden.

Si fuera efectivamente como ciertos emisores proponen, escribir sería igualmente onanista dentro de las paredes de la casa y a resguardo de cualquier receptor porque ¿para qué? si realmente el escribir es nuestro y nos satisface a nosotros y no importa si hay o no hay demás, ya que es casi como una masturbación en lo privado de nuestro cerebro, en la cual regodearnos solos y frente a nuestro propio espejo.

Lo cierto y lo que nadie se anima a decir es que sí importa el receptor. Es lo más importante de la obra luego del emisor y al emisor le importa horrores lo que dice el receptor.

Por eso, los autores se enojan cuando no hay una buena recepción y por eso, también, optan por desestimar la visión ajena sobre la obra propia y apelan a todos los clichés conocidos desde aquel tan mentado «escribo para mí» hasta el «los lectores no están capacitados para comprender mi obra» o, en el mejor de los casos «con que yo me entienda, alcanza y no me importa si no me entienden los demás».

Muy por el contrario a esa posición defensiva, ya la búsqueda de un receptor implica que se está abriendo el asunto a la anuencia de un tercero, a ver el efecto en el tercero, a buscar la evaluación de un tercero en la que regodear el ego artístico si es favorable y sobre la que llorar o enfurecer si es desfavorable.

Por lo tanto, yo veo como una falacia ese «negarle» al receptor la importancia cuantiosa del rol que ocupa en la vida y en necesidad del emisor.

Vemos, dado lo que anteriormente digo, que la exposición de la obra genera:

  • autores que te devoran los ojos a la primera impresión desfavorable
  • autores que se empecinan como burros en defender lo que a todas luces es indefendible
  • autores que desprecian al mismo lector que hasta el rato anterior buscaban para satisfacer su ego
  • autores que te dicen que no sabés leer porque son incapaces de admitir que son ellos los que no saben escribir
  • y otra serie de exponentes que sería muy largo mencionar.

Pero el autor busca al lector. Necesita de un lector para sentirse realmente autor y cuando lo encuentra, consigue la referencia con que mide los alcances y mide las limitaciones de su estilo.

Aprovechar ésto ya es otro cantar.

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Gavrí Akhenazi

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