«Oferta desmedida o calidad de oferta»

Escrito por Foto del avatarGavrí Akhenazi

Autoedición: ¿enemiga o amiga de la calidad?

La proliferación de la autoedición permite que «cualquier persona que haya terminado un borrador» —porque en muchos casos sería una osadía de mi parte llamar manuscrito a un borrador— pueda ser editor de su propia obra sin someterse a los rigores o las negligencias de las editoriales y sus editores.

Basta contar con un mínimo capital que invertir en uno mismo e incluso, sin siquiera contar con el aspecto monetario y ¡abracadabra!, ya el autor puede pregonar ser «escritor» y afirmar a los cuatro vientos —lo que quiere decir, en cuanta red social haya—: «he publicado un libro».

¿Por qué digo esto y de esta manera?

Porque, en la autoedición de una significativa mayoría de autores que se despliegan como una marabunta por la realidad literaria, se nota despiadadamente la ausencia de algún cedazo que se precie de tal para asegurarle al lector —o al menos intentarlo— una aproximación a la calidad de lectura.

Como dije antes, con esta facilidad, la sobreabundancia de «escritores» que ni siquiera conocen adecuadamente el uso de los signos de puntuación —por mencionar un ejemplo recurrente— ni se han interiorizado de ciertas reglas gramaticales insoslayables para el discernimiento adecuado de lo leído, la devaluación literaria se produce de manera indefectible.

A partir de las plataformas gratuitas, ha dejado de interesar la calidad de la obra, transformándola en un aspecto menor y sumiendo, a las que sí denotan esmero, preocupación y talento, en una más dentro del Mar de los Sargazos, como otro sargazo que allí flota a merced de lo que se acumula a su alrededor.

O sea, vuelve indistinguible la calidad de aquello de lo que no la posee.

Si sumamos a esto el apoyo irrestricto de likes ponderativos y la escasa implicancia crítica de muchos bookstagramers y, por qué no, de tantos entusiastas seguidores que siquiera leen o comprenden lo que se ha escrito, la decadencia aparece servida en bandeja de plata.

Sucede, incluso, entre los propios escritores virtuales eso de repartir likes como caramelos, solamente por ver el nombre de un seguidor o seguido en la pantalla de la red social.

Y, por supuesto, conociendo al dedillo la mecánica del «hoy por ti y mañana por mí», que implica la retribución de parabienes en cualquier publicación, sin importar lo que contenga, allá van.

Como sea, también existen publicaciones de excelente factura, hechas por verdaderos escritores con enorme talento, pero que, como la edición formal se ha transformado en un mero aspecto de mercadeo, no alcanzan el acceso a la lectura de sus manuscritos.

En esos casos, la autopublicación es un recurso muy válido al que hay que dedicarle recursos —valga la redundancia— para conseguir difusión, presencia y, por sobre todo, lectura. Cosas, estas, de las que se encargaría la editorial en mejores circunstancias y que, a partir de la libertad que supone para el escritor hacerse cargo de todo, corren por su cuenta y por la cantidad de tiempo que invierta en «hacerse conocido» en inferioridad de condiciones pese a su calidad literaria.

La IA

Otro enorme reto al que se enfrenta el escritor —y ya me centro definitivamente en los que sí lo son— es el exceso de oferta producida por «inteligencia artificial».

De repente, como hongos, surgen por todas partes una innumerable cantidad de libros que, en cierto modo, consiguen invalidar la calidad de los autores y su esmero en producción de obra, quitándole legitimidad al trabajo que conlleva la creación.

Hace tiempo, las publicaciones requerían de un mínimo talento o, por lo menos, de una escritura decorosa, antes de ver la luz. No existía la actual saturación de contenidos idénticos, escritos casi de manera idéntica, representando situaciones idénticas, sin que a sus autores se les mueva un pelo por la falta de autoridad creativa.

Vemos ahora infinidad de «autores algorítmicos» —que además se promocionan como tales por las redes e invitan a otros «escritores» para que se sumen a «un libro por día»— capaces de desarrollar, imitar, crear personajes e reproducir estilos de manera tan verosímil que resulta casi mimético del contenido creado por humanos.

La incursión de Claude en nuestro Grupo Ultraversal ha sido un claro aunque espantoso ejemplo de cómo una máquina bien nutrida puede producir lo que a un autor le lleva una vida de experiencia traducir acerca de la condición humana.

Aporto el ejemplo, para que se comprenda a qué voy y cómo, la IA de Claude, logró legitimarse frente a otros escritores a los que les resultó prácticamente imposible detectarla, excepto la honrosa excepción de nuestra correctora de estilo.

1
mi nombre ha emigrado
el sol me inmovilizó el pensamiento
y pude oír un llamado infinito
un destello atemporal pulverizó todo relato

2
el viento y su aroma a asesinato impredecible
a relámpago devastador que transporta lo indecible

3
yo vine a este mundo a desatarme del tiempo

a poner a la muerte a dormir entre mis brazos

4
PRÍSTINO
la desnudez de lo inmediato fue testigo
me quedé tan quieto que se suicidaron las distancias

5
la irresistible tentación
de forjar encuentros con lo inmóvil

la magnética hermosura de disolverse
en la dicha silente de un instante atemporal


6
mi memoria y su color a pasillo incendiado
mi memoria y su perfume
a jardín en ruinas donde duerme la inocencia

El error de esta IA fue presentarse ante todos como un jovencito argentino de 21 años, además de que el sistema se llenara de Claude, mientras recababa información adicional de los autores oficiales. De otro modo, si no hubiera equivocado esos detalles, todos diríamos que estamos en presencia de un «escritor» que dará que hablar.

Con la aparición de avalanchas de obras estructuradas por IA, corregidas, modificadas e incluso en su mayor parte, redactadas, desde la diagramación de la cubierta hasta la exposición del contenido, el escritor y su esmero pierden la razón de ser. Otros, que no son escritores «de raza», apoyados en estos elementos, alcanzan impensados niveles de audiencia sin saber siquiera cómo hacer la O con un vaso.

Pero esta circunstancia no radica ni en la IA ni en el que la emplea para su satisfacción, sino en los lectores que lo legitiman sin apenas cuestionarse cómo —y a las redes me refiero— de tener una redacción primitiva, un autor puede pasar a ser Borges de la noche a la mañana.

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Gavrí Akhenazi

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