El apagón

Escrito por Foto del avatarRosario Alonso

No se tenía conocimiento de un verano tan caluroso como el que estábamos viviendo, tal como informaba el telediario. El locutor explicaba que en el sur las temperaturas se acercaban a los cincuenta grados; y los trenes habían suspendido su recorrido por temor a que las vías se dilataran. Enfatizaba, además, que a causa de la ola de calor había muerto una treintena de personas aunque se temía por la vida de otras tantas ya hospitalizadas.

Instintivamente fijé los ojos en el aire acondicionado. ¡Benditos aparatos! Parecía que el calor venía acompañado por una ola de surrealismo. Las tiendas se habían quedado sin aparatos de refrigeración y los que lograron comprarlos debían esperar varias semanas para que un técnico se los instalara. Sin los aparatos de aire acondicionado el panorama se dibujaba de lo más desolador. Pero allí estaba el mío, con su flujo de aire frío llenándome la habitación de unos maravillosos veinte grados.

Bebiendo un refresco casi helado, con el aire a toda pastilla, me sentía como excluida de aquel insoportable calor que cubría a Europa y que iba dejando por doquier sus secuelas y deshidrataciones. Aquello parecía que no iba conmigo. De pronto, el televisor se apagó. Pensé que los fusibles se habrían desconectado, así que fui a constatarlo, pero no, continuaban en la posición de siempre.

Desde la calle me llegó un rumor. A mi pesar y sintiendo en la piel el fuego del sol, me asomé al balcón y pude escuchar entonces a varias vecinas pronunciando la fatídica palabra «APAGÓN». Eran las tres de la tarde.

Con el paso del tiempo la temperatura empezó a subir dentro de la casa y paulatinamente la nevera se quedó sin agua fría y se llenó de refrescos calientes, y la del grifo sabía a rayos. La carne y todos los congelados se echarían a perder antes de mañana, Por lo pronto los polos helados se derritieron y flotaban en su cajón en un líquido de un color indescifrable. Y llegaron las diez de la noche. El termómetro marcaba cuarenta grados. Entre ducha y ducha conseguí resistir amparada por la mortecina luz de una vela.

Oí en la calle un rumor de risas. Regresé al balcón y me encontré con una sorpresa: en la plaza los vecinos habían sacado una manguera y se refrescaban. Las ropas y cabellos mojados parecían invitar a que me sumara al festín. ¡Mi vida por un remojón!, me dije.

Sin pensarlo bajé a la plaza. Estaban ya montando una piscina de plástico enorme que en un plis plas estuvo lista y, mientras la llenaban los niños iban metiéndose en ella. Cuando la manguera me llenó de agua, el primer impacto fue desagradable pero una vez mojada me sumé al griterío que salía de tantas bocas —¡a mí, a mí!— y el encargado de dar los remojones apuntaba a diestro y siniestro para que nadie quedara seco. Para llamar su atención, la vecina del quinto se desprendió del vestido quedando en ropa interior. El de la manguera, animado por el espectáculo, regaba ese «cuerpo Danone», olvidándose del resto; así que para que el reparto de agua fuese equitativo todos pensamos lo mismo ¡ropas fuera! La gente empezó a desprenderse de la vestimenta, al principio de forma tímida, pero viendo que el de la manguera mojaba más a los cuerpos que mostraran más carne, nos fuimos desnudando. Las pendas quedaron extendidas sobre un banco, como un improvisado perchero.

Algunos había que bajaban en bañador, pero acababan por quitárselo. Las risas y el frescor de aquella agua a presión, amparado por la oscuridad de la plaza que dejaba entrever las siluetas bajo una luna casi llena, hacían que se evaporara la vergüenza. Gente de todas las edades, de todas las constituciones imaginables jugaban, por una vez, al mismo juego. Era todo un espectáculo. Allí estaba el presidente de mi comunidad, el hombre más serio de todo el barrio, corriendo desnudo, siguiendo el rastro de la manguera. La hija del notario, que siempre vestía con un recato decimonónico, ahora parecía una chica play-boy. La abuela de Ricardo, la de los andares cansados, por algún milagro parecía haber recobrado la vitalidad perdida y agitaba las manos para que el agua llegara hasta ella remojando su cuerpo arrugado. ¡Quién la ha visto y quién la ve! pensé. El poeta que vivía en el bloque de enfrente no me quitaba ojo, y conspiraba con el de la manguera para que nos mojara juntos.

Las horas fueron pasando y nadie parecía dispuesto a abandonar la plaza. Eran aproximadamente las cuatro de la madrugada cuando empezaron los tintineos lucientes en las farolas.

¡Ha vuelto la luz! La plaza iluminada nos devuelve a la realidad y la gente se agolpa en el banco-perchero para cubrirse. El poeta, que curiosamente sabía cual era, se apresura a traerme mi vestido. Mientras él se pone sus pantalones, me fijo en aquellos pectorales y comprendo que esta noche sentiré el cálido abrazo de un oso.

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Rosario Alonso

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