La anáfora es una figura de la dicción que consiste en la repetición de una o varias palabras al principio de dos o más versos, frases o enunciados de la misma frase.

La anáfora se utiliza para estructurar el poema o una parte de éste; es algo así como si a lo largo del poema pusiéramos pilares sobre los que éste se sustenta; la anáfora ayuda al lector a relacionar entre sí los fragmentos encabezados por las mismas palabras, de forma que aquel siente unidad en el escrito.

Como veremos en otro apartado de este pequeño análisis, la polisíndeton es un tipo particular de anáfora, en la que el término que se repite es una conjunción, es decir, es una anáfora leve, poco marcada. El efecto de la anáfora suele ser mucho más contundente que el de la polisíndeton, pues remarca mucho más cada uno de los miembros de la enumeración.

Con frecuencia se utilizan expresiones de varias palabras para la construcción de la anáfora, pero aún es mucho más frecuente el uso de la anáfora breve, con repetición de una palabra corta Como «si…», «donde…», «cuando…», «mientras…», «dime…», «como…».

La anáfora no exige que la palabra o pequeño grupo de palabras que se repiten estén en el principio del verso, sino que deben estar al principio de cada enunciado, que es bien diferente. Así, se puede hablar de anáforas «internas», de forma que la palabra que se repite se encuentra en medio de un verso y no al principio del mismo.

Algunos ejemplos

El primer ejemplo que he traído es una anáfora continuada dentro de un bello soneto escrito por Morgana de Palacios, titulado «Eresma»:

Cómo ríe triscando entre las piedras
verdes de limo verde inmaculado,
cómo susurra el agua su recado
en el oído agreste de las hiedras.

Cómo acaricia el aire, cómo medra
entre la zarzamora y tu costado,
cómo se solivianta casi alado
y se enrosca en tu cuerpo y no se arredra.

Cómo me quiere el río mientras pasa
a través de mi piel, cómo me abrasa
con su gélida mano atardecida.

Cómo nos mece en su vibrar sonoro
—acuático ritual de sol y oro—
de una vieja pasión, recién nacida

Se puede apreciar perfectamente la manera en que «Cómo…» articula a la perfección el soneto. En el segundo cuarteto y en el primer terceto se pueden apreciar también perfectamente esas anáforas internas de las que antes he hablado. Bellísimo.

Otro ejemplo de Anáfora, lo podemos distinguir con facilidad en estos versos de Rafaela Pinto, en un poema titulado «A favor»:

A favor de nadar contracorriente
en los mares del mal, venciendo al aire
que amartilla impiadoso el desvarío.

A favor de vivir rompiendo soles
que queman la raíz del inconsciente
y son el enemigo encadenado.

A favor de ser látigo, castigo
de los espurios dioses que lapidan
la lábil voluntad, desfalleciente.

A favor de la luna, la inocente
vigía del amor pulverizado
en brazos de un ladrón y una poeta.

A favor de los santos ideales
del que ha sabido ser el combatiente
del hambre, la bondad y el contracanto.

A favor del instinto desvestido
de ironías, fracasos, frustraciones
decidido a ser él, impunemente.

A favor de amarrar a un expediente
al pérfido burócrata embebido
de inútil presunción, y de indolencia.

A favor de encerrar en la clausura
con su ominosa luz cuarto creciente
al monje desvestido de entereza.

A favor del dolor descontrolado
que parte ardores en la voz profunda
de la entraña irreal, casi demente.

A favor de lo ausente.

A favor de la noche a medianoche

De los fantasmas húmedos de alcoholes

De dividir hipócritas por besos

De incendiar el cociente

De tu voz
(alarido)

Del murmullo
(mi aliento).

Encontramos también anáforas en este fragmento de un poema de Nieves A.M. (NALMAR), escrito sin título como contestación en el conjunto de poemas «Días de marihuana»:

Contra mis delirios, contra mis torpezas,
contra mis palabras, contra quienes piensan
que he venido al mundo para ser muñeca.
Mirad estas carnes, mirad estas piernas,
mirad este ombligo paridor de penas,
mirad la locura, mirad la tristeza
y no digáis nunca que el viento me lleva,
pues soy esta cárcel en la que estoy presa.

En este poema, Nieves utiliza el recurso de la anáfora en todas sus posibilidades: versos que comienzan por «contra…», y anáforas internas con esta misma palabra; y también versos que comienzan por «mirad…» y anáforas internas con la misma palabra. El resultado, una estrofa perfectamente vertebrada y de gran belleza.

También utilizaron este recurso poetas consagrados, como Miguel Hernández en «Recoged esa voz»:

Aquí tengo una voz decidida,
aquí tengo una vida combatida y airada,
aquí tengo un rumor, aquí tengo una vida.

O como Amado Nervo:

Ha muchos años que busco el yermo,
ha muchos años que vivo triste,
ha muchos años que estoy enfermo,
¡y es por el libro que tú escribiste!

O, por último, Federico García Lorca en su «Oda a Walt Whitman», de la que reproduzco un fragmento:

Pero ninguno se dormía,
ninguno quería ser río,
ninguno amaba las hojas grandes,
ninguno la lengua azul de la playa.

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Enrique Ramos

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