Música escogida

En el cuarto de los solos, somos dos, o tres o tres son multitud y entonces ya somos demasiados dependiendo.

El cuarto de los solos dejó de ser el cuarto de los solos y ahora casi nos empujamos por ese pequeño espacio especial, especial y espacialmente disputado, que es tu corazón.

Pero no cabe ahí una sola pena más, como en el mío.

La luz se ha derrumbado.

Debajo de la luz, soy una sombra que escapa por un hueco.

La luz se ha derrumbado sobre mí, igual que la memoria.

Anaqueles de luz se han derrumbado con sus libros monótonos encima de mis libros y todos confundidos, somos papeles viejos.

Pero no llega el viento a hacer limpieza.

La luz no existe más.

Tampoco el aire.

Luego vendrá la escoba a poner orden en el sitio impedido de las manos.

Barrerá los cerebros que acumulo, el hambre de beber, la sed del daño, la impúdica y reñida mansedumbre de lo que persevera y nunca ceja.

El dolor está listo y embalado, pero se hallan de huelga los correos y bajo el brazo pesa su gratuidad, temblando.

¿En qué buzón comprado depositar la ofrenda que agoniza con su propio holocausto entre mis dientes?

La luz no vuelve más desde la aurora.

Que todo sea un apagón de sangre. Un sitio de metales que rodean un latido penúltimo y disparan —fiera violencia rota— destiñendo la boca de la carne hacia un cementerio de cerámicos.

Que todo sea un apagón de sangre. Una boca deshecha que se abre con hondo estremecimiento muscular y tiembla, precipitada como alguien que corre, boqueando como alguien que gotea su último estertor amurallado y acaba, dulcemente, en un sopor de charco que coagula.

La sangre es lo más íntimo de un hombre.

Pinto en rojo tu nombre sobre el karma y luego resucito, ya vacío.

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Gavrí Akhenazi

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