
A ese lo compro yo
A ese lo compro yo. Dime ¿Qué cuesta?
¿La libertad, la paz, un magnicidio,
o tan sólo tu gesto de fastidio
por la boca que esconde su respuesta?
La manzana podrida de la cesta
la quiero para mí. Su voz de ofidio
reptando por los muslos del suicidio
con cara de ganar siempre la apuesta.
¿Disoluto y voraz, dices, vampiro?
¿Nosferatu del aire que respiro?
¿Visionario y Babel?
¿Cuánto vale su vil bala perdida?
¿Qué precio hay que pagar? ¿Sirve la vida?
Yo me quedo con él.
Cave canem
Nunca le tendré miedo a tu furia suicida,
—dueño del lupanar de las descalzas—
ni al vítreo humor que mana de tu memoria herida
ni al púlpito de ira en que te alzas.
Siempre culpaste al mundo de tu propio fracaso,
—indianajones virtual del malditismo—
oscuro proxeneta del imparable ocaso,
epicúreo voraz desde tu abismo.
Gozar manipulando perversiones ajenas
para sacar partido de alegrías y penas,
nunca resulta fácil. Triste lauro
coronando las sienes de tu instinto.
Mi miedo se murió en tu laberinto.
Cave canem…recuerda, minotauro.
Oblitare
Se me perdió el amor sobre una cama,
me lo dejé tirado como un chal que se olvida
y se recuerda sólo cuando el frío reclama
su calor por los hombros de la vida.
Desechando aspavientos melindrosos,
me acostumbré a temblar sin su seda crujiente.
No me cegaron más sus destellos luctuosos
ni su revuelo me enturbió la mente.
Se me olvidó el amor, su olor, su tacto,
en el momento exacto
de pisar el asfalto de charol.
Nada me hizo volver a buscar su cobijo,
fue la calle acertijo
que esplendió ante mis ojos con el sol.



























