
La lengua diminuta
Por despertarte a ti que traes el pensamiento
ardido en una pira de voces taciturnas,
te voy a discutir el agua si sediento
me vienes a beber y el día si avariento,
intentaras negarme tus palabras nocturnas.
El pan si estás hambriento, la paz si desolado
—como si sólo fuera la flor de la discordia—
el aire que respiras por no sentirte ahogado
y el mar cuando lo quieras atravesar a nado,
a puñalada limpia y sin misericordia.
Te voy a discutir por el placer perverso
de verte derribando muros de catedrales,
el crucifijo cátaro de tu acerado verso
y porque formes parte de mi oscuro universo,
la luz donde radican tus principios morales.
Si no puedes vivir sin que yo te discuta
porque lo necesitas para sentirte fuerte
no me exijas silencio. Yo soy la que disfruta
azuzando tu verbo, la lengua diminuta
que te va a discutir hasta la misma muerte.
Vis a vis
Estamos tú y yo frente al poema
como un verdugo que latiga el alma,
la espuela en los ijares de la mente
que galopa al gemido de la máscara.
Aunque le pongas música a la noche
y a la imagen de libre dentellada,
inequívocamente nos miramos
como dos enemigos sin palabras
que copulan mentiras violentas
y verdades hirientes como dagas.
Ni descansas en mí ni yo recuesto
la sed en tu pupila de aire y agua,
pero un júbilo extraño te recorre
cuando mi lengua arisca se desata
sobre tu adusta boca de soldado,
impúdica de sangre si me habla.
Escándalo tu verbo proxeneta
Canto fúnebre
Siempre es ayer para algunos dolores
porque no existe placebo piadoso
para el agudo dolor luminoso
que prende el cirio de sus amargores.
No pasa el tiempo ni crecen violetas
sobre la tumba del prístino duelo,
ni se apaciguan sus ojos de hielo
cuando disparan impías saetas.
Siempre es ayer, aunque pasen los años
sobre el dolor que no sube peldaños
de la escalera que lleva al olvido.
Que siempre es hoy, y es aquí, y es ahora,
en el dolor que me ataca a deshora
por la tragedia de haberte perdido.




























