¿Los demonios se redimen? Vaya pregunta que me asalta mientras friego el piso de la casa, arrodillado y mascullando un mantra de mi propia cosecha:

​«Bendigo, agradezco y honro mi techo, mi casa, mi hogar.»

​Tres veces, sí, repetido tres veces, porque es un número sagrado.

Sumerjo el cepillo dentro del tobo lleno de agua, jabón y cloro, y lo aplico sobre las baldosas con movimientos circulares. Decidí incorporar el círculo con el número tres, no sé, una especie de conjuro ancestral para domesticar la existencia, sobre todo las esquinas de lo ordinario.

​¡Cómo las odio! Puntos perfectos de convergencia de dos o más planos, la guarida ideal de las arañas desvergonzadas que invaden el techo, exhibiendo sus telas como prueba irrefutable de que el tiempo se teje en cada ángulo de la geometría de los instantes.

​Bajo la mirada y me percato: sigo arrodillado, el cepillo en la mano, impregnado de la mezcla de sustancias que prometen disolver y purificar de impurezas exteriores la conjunción de líneas rectas en un punto, que, paradójicamente, es un minúsculo círculo.

​¡Qué curioso, ¿no?!

​Piensas que puedes seguir una dirección con instrucciones simples y claras:

«​Diríjase del punto (A) hasta el punto (B)».

​Sencilla, clara y específica.

… ¡Una maravillosa línea recta!…

​Suspiro, un aliento que semeja el éxtasis místico, el «satori» de un monje budista zen. Sonrío compadeciéndome de mi pírrico e iluso despertar, porque sé que ese insuficiente concepto de la geometría euclidiana se ve atravesado por las infinitas saetas paralelas que se revelan en el silencio, habitante perenne de la quinta dimensión que separa un latido del otro.

​Quiero seguir sumergido en este océano de la divagación existencial, pero la miope tercera dimensión me reclama. Le urge que atienda al derrame de la sustancia limpiadora que se escurre y gotea desde el arma que combate la suciedad. Las gotas forman un sinuoso y delgado riachuelo que va a desembocar en el vértice del plano horizontal inferior. Sí, mi némesis angular, vórtice magnético, agujero negro que se alimenta de hollín y escondrijo pestilente de hipócritas demonios que buscan la falsa redención.

Inhalo, exhalo, blando mi arma limpiadora, recito mi mantra y aplico los movimientos circulares con energía, como si en ello se fuera la vida, para así exorcizar la suciedad y los demonios. Después de varios minutos, empiezo a transpirar. El sudor corre por mi frente y mis sienes. Creo que mis ojos también sudan, porque el líquido que corre desde ellos es salado.

​De pronto, me llega la respuesta a la pregunta inicial.

​No, los demonios no se redimen. Son demonios. Es su naturaleza. Es mi naturaleza. Es mi sudor, con sabor a lágrimas derramadas sobre la geometría del alma.

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José Manuel Pombo Varela

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