Sin infancia, Gavrí Akhenazi

¿Cuándo el corazón de niño
ha estrangulado su infancia?

Ana Bella López Biedma

La luz se ha tornado oscura,
negra luz de asfixia larga,
y el niño ya no es un niño
que seduzca la esperanza.

Estrangulada la luz,
por el niño estrangulada,
muere como toda espiga
sembrada en la tierra amarga.

El niño sin corazón
escupe sobre la llama
y se le incendia en los ojos
la higuera de la venganza
hecha llamarada negra
sobre el alma de sus alas.

Ay del foso oscuro, helado,
donde se congela el agua
y a toda la sed del niño
corta de fuegos su escarcha.

Entre las manos, la luz
por el niño estrangulada
derrama gotas de espanto
y enceniza la palabra.

El niño mata a la luz
sin piedad, todo de saña.
Decide que todo es yermo
una vez más. Sin infancia.


Luz engullida, Ana Bella López Biedma

Duele el dolor y ese grito
hecho de desesperanza,
y en la garganta la voz
es un pájaro sin alas.

La noche engulle la luz
y asesina la mañana.
El niño cierra los ojos
y cierra el niño su alma.

En la orfandad de la luz
teje el niño su mortaja,
y en sus adentros, dolor
que ha encerrado en la muralla
donde guarda el corazón
y unas hojas arrugadas,
hechas de poemas viejos
y de barquitas varadas.

Porque si grita la sombra
es porque sabe de lágrimas.


Piedra que duele, Gavrí Akhenazi

No sé si duele el dolor
o es la costumbre que manda
este no saber sanar
tanta rotura en desgracia.

No sé si duele el dolor,
o el dolor es una estancia
en la que me gusta estar
contando desesperanzas.

Y si me duele el dolor
bienvenido es a mi alma
que pervive entre sus ruinas
como un ave en una jaula.

Qué lejos de la alegría
se me ha quedado esta saga
de hablar siempre de lo mismo
como una piedra que habla.

La tristeza va conmigo
tal fiel como una mortaja
mientras camino en redondo
entre escombros. Sin mañana.


El aljibe subterráneo, Ana Bella López Biedma

Que poca piel queda ya
entre tantas cicatrices,
y ese lugar del dolor
donde el corazón malvive.

Se adhiere la oscuridad
como la verdad más simple
y crece en el corazón
sobre las grietas felices.

Un animal enjaulado.
Su hábitat, sus raíces,
van estrangulando al niño
con su ramillete triste.

En el sitio de llover
solo el animal es libre:
despedaza la esperanza
con sus palabras de sílex.

Ya no recuerda el desierto
ese subterráneo aljibe.
Y llora el mar sobre el nombre
donde rompe el arrecife.

Pero en sus manos, lo hermoso
surge de lo más terrible:
chispa de sol en el barro,
trenza de luz en el mimbre.

La costumbre del dolor
duele solo al que pervive.