
Antes de las luciérnagas, de Sergio Oncina
La noche que volvieron las luciérnagas
te vestías deprisa en el lagar
contra mi voluntad, insatisfecho
con tan poquito tuyo.
Antes, la oscuridad te amparaba y huías
por la hilera de vides en un juego infantil
sin ninguna inocencia.
En la persecución
tu aroma a sexo y mosto era un rastro imperdible
y tus prendas, miguitas del pan de la lujuria.
Prendías el deseo.
Con tus pasos y risas se erizaba mi piel
más allá del instinto.
No precisaba ver para seguirte.
(Nunca he necesitado ojos para encontrarte).

Ese beso, de Eugenia Díaz Mares
Se encontraba oxidada la chapa de mis labios
por besos carcomidos de nostalgia,
cuando un día cualquiera me besaste
como ya no lo hacías en cada despedida.
Hurgaste con tu lengua la humedad de mi boca.
Bebiéndome tu anhelo
yo me asomé al espejo de tus ojos
y me vi jovencita junto a ti,
descubriendo misterios en el pequeño mapa
de mi cuerpo.
Y me encontré mi imagen
en un rompecabezas cuando mudé de piel
sacudiendo tus huellas.
Continuaste insistiendo con caricias
hasta sacar el mar incontenible de mi ser
humedeciendo surcos.
Sin quejas ni reclamos
yo me vi tan mujer:
Serena, muy madura,
desnuda, sin barreras, derretida
con tu fuego corriendo por mis muslos.
Entonces me di cuenta
que podía borrar las cicatrices;
porque soy fuerte,
soy agua que destruye
diques en el camino,
y me dejé amar hasta el cansancio.

Tango, de Silvana Pressacco
Quisiera que arrastremos nuestros sueños
a bordes indecentes, como el tango
y ser revolución en un compás prohibido
bajo los farolitos de un suburbio.
Fundirme en un abrazo apasionado
de piernas y mejillas, mientras arde
la música en un corte o firulete.
Quisiera mi cintura dormida en tu rodilla
y tus manos haciéndome camino
mientras nuestras miradas se confiesan.
Quisiera ser un huracán sensual
detenido en tu pecho y bebernos así
el aire que distancia nuestros besos.




























