
Tauromaquia
Hoy la palabra se me presenta en cueros. Se ha liado la manta a la cabeza y en rebeldía, ejerce impúdica su danza exenta de esos adornos torpes que —según ella— nublarían sus dictados.
Así andan las cosas. Y yo no puedo más que contemplar, desde el bloqueo, la sencillez de su estructura estrófica vestida con un tanga como único amuleto para salvar su suerte.
En realidad nunca me impresionaron los desnudos, lo mío es fantasear con lo que hay debajo del vestido, pero a ella ya no le interesa el maquillaje, ni la fastuosidad, prefiere andar en cueros por mi casa como una libertaria que le da un ultimátum a su hombre: y bien, Mady, ¿me tomas o me dejas?, mientras yo entro en la última de las tres fases del fuego y mancillo su honor a grito limpio en inglés, en español castizo y en cubano.
Me siento como un memo que no tiene ni idea de como proceder ante el destape de esa perra loca que no lleva siquiera un triste brillo para caerme en gracia; tan confuso que no sé si encajarle un fajo de billetes en la goma del tanga en un intento vil de camelarla, o si darle esquinazo; olvidar que una noche —mientras ahogaba en vodka mi habanidad nostálgica— sentí el impulso ciego de vestirme de luces; echarme al ruedo como hacen los toreros espontáneos, espada al ristre ponerla de rodillas con un par de estocadas y rematar la faena cortándole las orejas y el rabo.
Presiento que no habrá puerta grande en mucho tiempo, ni paseo en volandas, ni trofeos. La Doña se ha emperrado en asestarme su más fiera cornada.

Marine Paradise
Eva emerge desnuda del corazón del mar en una fuga roja de romances.
Eva descarga su decálogo de vida en mis ojos
y sobrevuela libre mi piel de soledad azul.
La selva de serpientes marinas de su pelo se enreda
en la sed coustoniana de mis dedos de oceanógrafo.
Bancos de peces blancos milagrosos migran
desde su garganta hacia el atlántico ciego de mi boca.
Eva me entrega en un temblor biosónico sus agallas maduras de mujer-pez
para que explore sin bombona de oxígeno
sus abismos oceánicos ocultos al resto de los hombres,
la frágil oscuridad de su pozo-imaginarium de los deseos,
la humedad necesaria en sus jardines del delirio,
su edén,
el paraíso.
La soldado de Dios
Pido a Dios que te mate.
Te lleve por delante. Te silencie.
Algunos días,
esos días benévolos,
le pido solamente: haz que me olvide,
llévatela, señor.
Ve y tráele a otro tipo que la quiera
y que la haga sentir en las mañanas
hasta que el reino
de los hombres colapse
y tus ángeles quieran ser muy hombres
para gozar también.
Y entonces llegas, Dios,
tan de mañana,
y la traes tan húmeda a mis manos
y la montas desnuda sobre mí.
Me traes a esa «muerta» y yo permito
cabalgue mi violencia,
me sueñe y me imagine
orgasmo tras orgasmo,
a grito limpio
tu nombre entre sus dientes,
el cuarto y los vecinos, mi minúsculo
reino colapsado,
vencido en mi ataúd.



























