
1
Quedarán los poemas cuando todo se acabe.
Poemas en el aire como cartas absurdas que no esperan respuesta.
O no, porque si tengo un resto de lucidez cuando llegue el momento, voy a quemarlo todo, hasta el recuerdo de la sangre con que le di la espalda a la que pude haber sido, de no empecinarme en la palabra.
Nadie me va a heredar las noches de penumbra y párpados cosidos, la boca sin mordaza.
Sólo el silencio es realmente mío y es humo inútil en el cristal del tiempo.
Nadie va a pelear por él.
2
Se me echó la palabra encima.
Me cortó su ambigüedad con un filo mellado y corrosivo.
Me aplastó el sueño contra la cama.
Pocas veces he tenido menos ganas de levantarme y mirar.
Por puta inercia me levanté y miré.
Ella, desnuda en verso blanco, como si fuera yo, me levantó el alma.
Nunca lo hubiera dicho mejor.
3
Será porque ha pasado por demasiadas pérdidas, que no pasa por mí como algo inefable, como algo líquido y fluyente que arrastra la miseria de la memoria y alguna que otra brizna de esperanza.
Se ha vuelto consistente y necesario como un desayuno cotidiano para un estómago repleto de vacío.
Podría prescindir de él hasta el almuerzo con sólo una molestia controlable, mas a la hora de la cena ya tendría un motivo imperioso para llevármelo a la boca de la desmotivación.
Qué belleza letal la de su desnudez devolviéndole el ansia a mis papilas, desperezándose en blanco y negro sobre mi lengua.
Qué extraño estar tan cerca con tan sólo el asombro de por medio para paliar el hambre.
4
No hay en la muerte magia.
Su sombra no proyecta más que abulia porque uno se aburre de sentirla rondar, semidesnuda, y termina tratándola de tú, con la confianza de un amante astragado.
No hay en las penas magia ni metálicos peces de escamas fluorescentes que inciten a inmersiones deslenguadas y encandilen los marítimos ojos del silencio.
La magia no está cerca ni se apoya en el hombro del miedo.
He oído decir que cuando surge, se desdibujan todas las fronteras y caen estrellas rubias desde el cosmos, bellas desamparadas que exigen pleitesía, aunque nunca se mueran por un hombre.
¿Qué es lo que hacía yo en las trincheras de un agosto siniestro, que no sentí su rayo atravesar mi médula? Seguramente me sobremoría, con las letras heladas y la magia perdida en casa ajena, mientras el sol jugaba al escondite.
5
Mi voz es solamente mía aunque yo la regale a borbotones.
Mi voz de salamandra en la pared del tiempo.
Mi voz de ventanales sin cortinas, de herida abierta en el muro de las lamentaciones.
Qué desierto mi voz, soñando lluvia, mientras sangra arenales.


























