
Una ecuación de dos partes
Antes que nada, mi pregunta sería ¿para quién? ¿Para quién importa más la intención del autor o la interpretación del lector?
Lo pregunto porque en esa cuestión están citadas las dos partes del hecho comunicacional: autor y lector.
Al lector le importará, sin duda, más la intención que pueda percibir a través de la concordancia interpretativa de lo que lee, sea lo que sea eso leído, justamente porque en el hecho creativo existe un nivel de comunicación disímil entre lo que el autor percibe de sí y lo que el lector percibe de lo que el autor piensa que plasmó.
Si nos referimos a «poema», la cosa entrará en el plano connotativo y no en el denotativo, ya que lo poético trabaja siempre el lado impresionista del asunto y es, a través de ese impresionismo emocional, cómo el autor comunica su intención, que puede o no ser recibida por el lector de manera plena, de manera parcial o no ser recibida en absoluto.
Entonces, si ya tenemos las dos partes de la ecuación, cada una tendrá su propia intención frente al mismo hecho comunicativo. Para el autor importará la suya y para el lector, la suya.
Del lector
No todos los lectores se «impresionan» de la misma manera frente a la misma intención autoral, porque eso depende del hecho receptivo, ya que el lector es el receptor del hecho creativo, en el caso de que el autor esté intentando comunicarse con alguien al exponer obra.
Incluso, si ese «alguien» del comienzo fuera encarado como un personaje crítico, no puede sustraerse del papel subjetivo de su yo lector y verá la intención del autor a través del prisma que la impresión de obra le cause.
Así, hay algunos exégetas que parecen saber más de las intenciones del autor que el propio autor. O sea, inventan cosas que al autor siquiera se le han ocurrido en su texto.
Vemos, también, que hay autores a los que les interesa mucho que el lector descubra la verdadera intención que ha intentado en la obra. Entonces, el lector cobra vital importancia con la interpretación que consiga hacer de esa intención.
Creo que eso es algo muy complejo de lograr, a menos que la obra sea de una simpleza exasperante donde no cabría ninguna interpretación más que aquello que se lee, aunque todos podemos, como lectores, dedicarnos a algún delirio hermenéutico y encontrarle cinco patas al gato o hacer volar a las vacas.
En estos casos, va a primar la intención del lector que busca más evidencia a la ofrecida por el autor, ya que necesita hallar más cosas que lo satisfagan como lector que las que ese autor está capacitado para proponer.
En la ecuación contraria, es el autor quien no quiere ser visto en la obra y por ende ofrece un amplio y ambiguo panorama connotativo que da para cualquier intencionalidad final, cuando, en realidad, la única intencionalidad que percibe un buen lector es que ese autor se oculta a rajatabla porque no quiere ser desnudado en su escritura.
Intención en el acto comunicativo
Creo que las dos intenciones tienen, cada una en su rango de dominio, el mismo peso. Una lo tendrá en el rango del autor y la otra, en el del lector, pero ambas por igual integran el mismo circuito que tiene dos roles protagónicos de igual envergadura, siempre que el autor de a conocer la obra, claro está.
Dar a conocer la obra habla de que busca transmitir alguna cosa y coloca la pelota en el campo del lector para ello.
Por eso, para ambos «equipos» la intención cobra su necesaria importancia dentro del rango que se ocupa.
La intención del autor siempre queda supeditada a la intención que perciba el lector ya que la importancia de algo la da quien produce el hecho o quien recibe el hecho. Ambos le darán el grado de importancia concerniente al rol que jueguen en el hecho comunicacional.
Valorar por parte del autor la interpretación atribuible al lector, solamente se da en núcleos reducidos.
Del autor
Un autor no está al tanto de lo que opinan sus lectores generales, a menos que se lo hagan saber en alguna firma, en alguna conferencia o en alguna correspondencia de fan. En esa frecuencia, hay libros que han satisfecho enormemente al autor y que a un grupo de lectores les han parecido más que feos.
Luego, en un núcleo reducido, un grupo literario o una plataforma de exhibición, real o virtual, creo que al autor le importa mucho lo que vayan a decir los potenciales (o supuestos) lectores.
En las redes, sin ir más lejos, si le ponen o no like, si lo aplauden o no lo aplauden, si lo llenan o no de parabienes, aunque no hayan entendido un ápice de la intención final del autor en su escrito, es lo que se espera. El reconocimiento.
Si alguien captó la intención final de un escrito en tal espacio de inmediatez, enhorabuena.
Las interpretaciones que los lectores hacen de aquello que leen deben ser evaluadas por el autor en tanto y en cuanto le aporten algo a la suya propia, ya que la intención final del autor solamente la conoce el autor.
Un lector que se considere avezado puede, incluso, no llegar al fondo de esa intención o darle otro cariz, de acuerdo a cómo combine lo que lee con su propia experiencia vital. O sea, hasta dónde sea capaz de identificarse con la intención del autor y dar una devolución acorde.
Toda devolución siempre depende del bagaje del lector. Nadie puede interpretar profundamente aquello sobre lo que no tiene experiencia y entonces, hará la lectura que su experiencia le permita y tratará de identificar aquellas cosas, dentro del texto, que le son conocidas.
Esto que digo corre en tanto y en cuanto no hablemos de los que escriben glifos, porque un autor siempre considera que se ha dado a entender, incluso escribiendo glifos.
Resumiendo, si el autor le quiere dar importancia a lo que diga un lector, esa importancia dependerá de cuánto ese lector se haya aproximado a la intención del autor.
Si el lector, al ofrecer una devolución, por el contrario, no ha entendido absolutamente nada y ha salido por peterneras, está en el autor, también, evaluar eso y darle o restarle importancia a lo dicho por ese lector.
Luego, tenemos casos de autores que se niegan a decir que el lector ha acertado en su interpretación y son ellos los que se van a los cerros de Úbeda, tratando de evitar ser descubiertos en la intención primaria de lo que se ha escrito.




























