¿Un poema de amor en tierra extraña?

Música escogida

Niña, niña, niña… para poder cruzar el estrecho puente hacia ti me hace falta apoyarme en tus pensamientos y en tus ojos: ¿por qué no me miras?

La ciudad suspendida en el aire, mondaba despacio la manzana inabarcable de la aurora.

Se precisa un hombro donde descansar la cabeza. Cuando se encuentra amanece antes en los descansillos de las escaleras.

Préstame un cestillo de rosas para la procesión de la vida y de la muerte.

Ahora cada día amanece más temprano. La noche es algo provisorio, carece de esencialidad y fundamento. Estamos sobre la vida para caminar hacia la luz.

En nuestro interior tenemos un gran horno de leña en el que se cuecen todos los soles, el sol del pan crujiente que se come en la mesa para estar todos juntos, el sol armonioso de tu cuerpo, mujer, que huele a labranza.

O el sol maduro de mediodía, amigo, que semeja en estos momentos tu rostro trasfigurado y tú ni te enteras…

¿Sabemos hacia dónde nos dirigimos? Aún no hemos aprendido a pesar de cruzar los tenebrosos caminos de la noche.

Ahora mujer, es cuando deberías ponerte a escribir un poema. Porque la poesía es siempre un amanecer que va llenando de resplandor los muebles de la casa y los cuadros de las paredes del cuarto de estar. Pero ¿cómo va a ser posible escribir un poema en tierra extranjera? Niña, tienes la capacidad de hacer posible lo imposible. Escribe pues poemas de amor.

Un día todos los poemas de amor del mundo servirán de epílogo para el Libro del Apocalipsis, pues se nos ha dicho que el mar después no existirá y pasará la figura de este mundo. Te ayudaré a cruzar ese puente carcomido mirándote a los ojos; y tú, no te preocupes, te enviaré a casa por correo mi último poema.

El encuentro con la luz, hija, es lo tuyo. A qué tiene que venir nadie a casa con sus serillos de oscuridad. Las tonterías esas de los poemas de amor, comprenderás niña tonta, que las madres no las consentimos.

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Isabel Reyes Elena

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