
Tu boca, de Jorge Aussel
1
Tu boca es la cerilla que se enciende
al roce de esa lengua lijadora
que todo lo que toca lo devora,
lo esculpe, lo barniza y lo trasciende.
Tu boca es una artista que sorprende
en cuadros que la pintan pecadora,
sonríe de rodillas mientras llora,
escala hasta mi cumbre y la desciende.
Tu boca es como un libro contra el tedio
que avanza desde el nudo al desenlace
con la profundidad de la garganta.
Tu boca es una víbora al asedio
que enrosca mi vigor cuando le place
y muda en mí su piel de virgen santa.
2
Tu boca es como un huerto donde planto
mis labios que a su luz recogen besos,
tierra fértil de todos los excesos
que brotan en la noche de su encanto.
Tu boca es como un templo sin un santo
y yo, profanador de los confesos,
el limbo donde vamos los posesos
que en el cielo perdimos el espanto.
Tu boca es una boca de tormenta
captando el albo flujo de la lluvia
que lluevo en las orillas de su ría.
Tu boca es una fruta que me tienta
a morderla y tallarla con la gubia
de mi lengua cavando hasta su umbría.
3
Tu boca es lo que dice cuando calla,
se abre sin mediar palabra alguna,
me observa como un cíclope en la hambruna
y libra por mi carne una batalla.
Tu boca es como un traje hecho a mi talla
y mi cuerpo, al crecer, no la importuna,
pues su elasticidad nos mancomuna
y es la presa en la prenda la que estalla.
Tu boca es un soldado que ametralla
los ecos que acrecientan mi fortuna,
y su arrojo merece una medalla.
Tu boca es un oasis que en mi duna
se expande, se desborda y se amuralla.
Tu boca es como todas y ninguna.

Efímero y sublime, de Sergio Oncina
Habitas en regiones escondidas,
en los pliegues del muslo, en la cintura,
en la salinidad tibia e impura,
paraíso y raíz de las heridas.
Te busco en los torrentes y crecidas,
al filo de la muerte y la locura,
desde el placer ingenuo a la tortura,
en riberas obscenas y prohibidas.
Sabiendo donde habitas más te busco
ávido del temblor fugaz y brusco
que apacigüe el ansia que me oprime.
Aún si llamo acudes al encuentro
y expones a mi yo, de fuera a dentro,
fútil, humano, efímero y sublime.

Siete velos (Salomé), de Jordana Amorós
Siete velos, evocación sedosa
del paradigma urente de la duda
que despierta el anhelo y que lo anuda
a la sublimación casi virtuosa.
Mirad a Salomé, parsimoniosa,
se sabe deseable y se desnuda
ante el ojo expectante, en una muda
demostración de hembra poderosa.
Se trata de que no se apague el fuego
de la provocación, que hará la espera
frenesí y a la vez desasosiego.
Hay algo en este juego que fascina…
La chispa de pasión se vuelve hoguera
ante la brasa viva que adivina.

Saboreando el antes, de Silvio Rodríguez Carrillo
Repaso mi silencio envuelto por sus ojos
de selva que no acaba, de colores cambiantes
como el oro impreciso de todos los instantes
que su pelo derrama venciendo mis cerrojos.
Furtivo, con sus manos inquietas y anhelantes
presionando mi espalda —mi histórico de arrojos—
accedo a su humedad, orquídea que sin rojos
se nutre de mi lengua saboreando el antes.
Sus latidos de diosa acompasan el río
que arde en mis adentros, desbancándole el frío
tan solo con mi carne de novicio irredento.
Como un golpe de nubes se derrite en mi aliento
destrozando el pretérito de mis hombros arcanos,
sonriendo satisfecha su saber de veranos.




























