«Autorretrato sin mí»

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I

Se viene un olor distinto
debajo de mi silencio,
un olor frío y viscoso
como de mil peces muertos.

Quiero callarlo. Me abrazo
a esta quemazón de trueno
que no soy yo, que es de otra
que se abre paso por dentro,
con sus dedos de gusano
tan afilados y espesos
que no puedo respirar,
que me ahogo, que no puedo…

Me está rompiendo las vigas,
se resquebraja el cemento
y tiembla mi yo más íntimo
cuando agarra mis cimientos.

No sé si es rabia, impotencia,
no reconozco este engendro
que quiere arrancar cabezas
y destrozar los espejos.
Que es otra la que me grita
en las calles del no quiero.

No aguanto más. Cuando duerma
voy a agarrarla del cuello
y estrangularla despacio
hasta quebrarle los huesos.
No quiero habitar la lluvia
o el país del desconsuelo.
No me resigno a ser víctima
del beso de un ángel negro.

II

Hay días largos y fríos,
como una tundra infinita
que se extiende ante los ojos
y nunca se va. Proscrita
del paisaje de la piel
huye la vieja alegría,
mientras las ausencias clavan
su silencio en las costillas.

Me rebelo en soledad
a la muerte sin orillas
que se lleva los pedazos
de la que fue nuestra vida
en un hermano, una madre,
viejos, jóvenes, chiquillas…

Nadie se escapa al abrazo
del adiós. Y aunque no olvida
nuestra realidad presente
el puntal de tanta herida,
hay que honrar al que no está
con cada sol que nos brilla.
Nada nos cabe en el hueco
de un corazón a medida
que nos completaba ayer
y hoy es sombra en cada esquina.

Pero el tiempo, hecho de bruma,
se está yendo de puntillas.

Hay que soltar la tristeza
del pasado retenida
cuando una mano aparece
como un pájaro suicida
para ventilar la casa,
sacudir las esterillas
y llenarnos el jardín
de guirnaldas y bombillas.

Dejar que nos vuele adentro,
y que pose su caricia
en el alero del mundo
donde todo va deprisa.
Que nos sosiegue las nubes
y nos respire de brisa.

Nos recuerda quiénes somos,
esa espontánea alegría
que se anida en nuestra boca
cuando se encuentran las risas
y chocan en la distancia
como dos locos tranvías.
Ese tiempo compartido
donde no caben mentiras
y las promesas se cumplen
y los tiempos se apaciguan.

III

Cuantas veces el pánico en escena
a este mundo repleto de hombres grises,
cuando pide la vida que improvises
esa tú donde nunca eres tú plena,
tan plenamente falsa, siempre pena,
estrangulando el yo más insumiso.

Cuantas veces fingir es tan preciso
para sobrevivir entre la turba
esclava de las redes, que masturba
sus ganas, que derrama por el piso
la levedad del ser que no se atreve.

Y quebrar el cristal de nuestra esencia
para aplacar la estúpida inconsciencia
de alguna mayoría. En ese breve
momento de dudar, si alguien conmueve
tu cómoda existencia, si te pinta
el paisaje real, la flor extinta
de la esperanza cuando el mundo llora,
si grita el corazón, llegó la hora
de ser tu propio yo, a fuego y tinta

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Ana Bella López Biedma

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