«El remanso»

Cuando Juana, mi mujer, falleció hace tres días, comprendí la actividad inoperante de tantas lágrimas invertidas en la enfermedad, antes de entregarse.
De nada sirvió repicar la carga de las jeringas ni desafiar al trabajo del destino, si la muerte no se movía de acá, de este dormitorio de una sola ventana que volcaba la mirada al huerto.

La transparencia de los vidrios se cargó de pena con el fulgor dorado del sol al amanecer, con las huellas de la humedad del interior del cuarto, con la silueta verde de las palmeras. Todo el conjunto, con su marco, tembló al ulular el viento en las encinas, la tarde de la tormenta.

En esas jornadas de desdicha, velándola sin compañía, me acerqué menos a ese rectángulo de luz.

De pie y de costado corrí la cortina con miedo, un miedo a oír el sonido de las bandadas de flamencos que, en el bañado o en los humedales, daban el compás fúnebre adecuado para la hora. Yo sollozaba, la verdad, con el pecho en brasas para que Dios, compadecido de Juana, no la sentenciara cabalmente a la enfermedad.

Pero a ella, de súbito, se le metió un horrible frío en los pulmones. Sin levantar la cabeza de la almohada, no cambió de lugar en la cama; no se echó una sábana encima ni, encima de la sábana, una manta. No era la sábana ni la manta, sino todas las mantas del Delta, necesarias para que sus huesos hallaran el calor que Dios no le dio.


Recordé el bote, la escalera triste de dos tramos en descenso hacia la tarima; la vergüenza de la huida de la cabaña. Salí rápido para apartarme del olor duro impregnado en el aire, estancado en la alcoba.

Las calandrias, desde el nido del fresno, entonaron una melodía torva que enmudeció el coro de las cotorras. En eso, pasó la lancha cargada de naranjas. La Surubí mantenía en sordina el conocido ronroneo del Diesel de seis cilindros. Luego, el silencio. El silencio del cielo y de la tierra que, apenas se rompía, con el ruido del motor al girar en el recodo, junto al chillido lejano de una urraca.

Al verme temblar de tal suerte, enojado con Dios, atorado por los gemidos que me arrancaba el hecho de abandonar a mi esposa, avancé a paso lento, con espanto, por la barranca, por los senderos llenos de ratas, a regañadientes.

Andaba a los tumbos, separando juncos a los manotazos, convencido de que la evidencia de un mal permanecía conmigo, atado a la culpa del castigo divino por tanta espera para dar sepultura a mi mujer. Los pescadores no queremos enterrar a nuestros muertos, preferimos arrojarlos al agua.

No di aviso a don Luna —el dueño de Las Casuarinas—, ni al paraguayo ni al médico ni siquiera a Lara, la mejor amiga de Juana. No existía amenaza de contagio. No tenía sentido temer la propagación de bacterias ni el sobresalto de infectarse al tocar los vómitos de sangre.

Apenas se diluyó el terror inmediato ante la pérdida irreversible, empecé a tener miedo. Cada segundo palpaba su frente, donde suele aparecer el calor de la fiebre. Pero aquel amanecer la encontré fría de muerte, con el color desaparecido y la piel pegada a los pómulos.

Debería ser de piedra para resistir la culpa. La culpa de no animarme a optar por el sitio cabal para la morada eterna de Juana solo cabía en la profunda estupidez de un pescador como yo.

Si hasta un peligro me pareció el desparpajo mostrado por las ratas voraces para decidir la libertad de saciar su hambre. Venidas de, sabe Dios, qué Isla de los Desperdicios, roían el correaje de los taladores, el cuero de las monturas, los restos de un carpincho tumbado por la sequía. Hasta profanaban el cadáver de
algún ahogado antes de que el comisario de la Policía de Costas lo descubriera. Y si profanaban ese, ¿por qué no el de Juana, si yo elegía el suelo de esta isla y no el río como destino final?


Cuando llegué al muelle del arroyo Las Cortaderas, me senté a razonar en el borde, con las piernas colgando.

Venía solo, calzado con botas y con el sombrero puesto, con tal angustia apretada al cuello que mi cabeza hubiera podido confundirse con la de un degollado. Observé el vuelo de las gaviotas mientras el crepúsculo lastimaba el fondo del cielo. Tal vez lloraba, sin darme cuenta, ya con la decisión tomada.

En la barranca haría una tumba. Para asegurar la integridad del cuerpo de Juana, cubriría la fosa con tablas de pino sin dejar intersticios. Sobre ella construiría un montículo de piedras y, en la cima, colocaría una gallarda cruz de palo a la vista de los navegantes.

Lo pensé sin hablar, mudo, tropezando con los detalles de cada árbol de la ribera, con cada mota de polvo, con cada uno de los filamentos color lila de la estrella de aquella pasionaria, sacudiendo la espalda en medio de la luz opaca de la neblina, con los huesos temblando como un hombre vencido al borde del suplicio.

Me sujeté al filo del entablonado. Los codos temblaban. Nadie visitaba la costa. No había ningún espía furtivo en la fila de álamos ni un vigía agazapado en la línea recta del horizonte desnudo. En la orilla de enfrente, una nube de vapor gris boyaba a escasos centímetros del agua helada. Agua quieta, rígida, semejante a una lata acerada con peces muertos que se pudrían con la parsimonia de los objetos que
se toman por olvidados. También ramas y trozos de madera acumulados en el remanso. De este lado, la corriente, en cambio, se deslizaba rápido, casi con rabia, aunque limpia, inmaculada, pura, virginal.


Pensé en Juana: la palabra era muda si un pensamiento secreto habitaba en su memoria, la soledad era amable en los minutos vacíos si el tedio se asentaba en la oscuridad de las islas; el hielo en sus ojos azules, la mirada despejada, aquella mirada doliente. ¿De quién había heredado el tono claro de sus ojos?
Imposible olvidar los rasgos delicados de sus manos. ¿Le había dicho alguna vez que tenía unas manos hermosas? La vida tendió su estrategia; separó escollos incómodos; unió al azar retazos en una velada conmovedora sobre la incertidumbre de las cosas. A partir de ahí se prodigó en tanta gracia que no quedó espacio para los hijos; con dulzura los años se apilaban en el camino; el bosque se volvía amarillo, luego pardo, y las hojas caían año tras año.

En los días de lluvia, desde la galería, a Juana le gustaba contemplar cómo las gotas se rompían contra los brotes de las magnolias. Si soplaba el viento, le encantaba escucharlo e imaginar qué decía al correr por las mimbreras, silbando, empujando nubes o inclinando el ceibo de Margarita, la vecina, hasta tocar las arrugas del arroyo. Pero lo mejor de todo eran aquellas horas del invierno en que el pasto se cubría de blanco. Pues nada le agradaba más que mirar, a través del ventanal de la sala, cómo goteaban los carámbanos del filo del techado, al término de una noche de rocío, como si la helada hubiera recogido las lágrimas de los duendes. Se deleitaba al ver la fragilidad del manto de escarcha en los riachos; se pasaba siglos imaginando el trabajo del silencio cuando no circulaba ningún bote por la tranquilidad del arroyo.


Ciertos sonidos me ahuyentaron del recuerdo. El sauce agitó sus brazos; solo quedaban pájaros callados; el aullido de un animal se ocultaba en la espesura. Entretanto, en el cielo se consumían los últimos minutos de contemplación que permitía la claridad.

Fijé mi atención en el esplendor del espejo galvánico del río. Y al final de esa tarde interminable, por si fuese poco, comenzó la llovizna; un rumor de espinas tocaba música en los tejados brillantes de las viviendas aisladas; por acá y por allá rasguñaba los tinglados de los galpones distantes. Al caer, golpeaba con suavidad a la espera del empuje furioso todavía ausente del sudeste. Los bosques cedían ante el embate de la penumbra, las aves cansadas buscaban los nidos, la tormenta seguía mansamente la orientación del camino de la lluvia. Un barco, en la lejanía, emitió un sonido estremecedor al entrar al puerto por el canal principal. Ese barco, observado a la distancia, traía tal tristeza entre las bordas que la bruma de los canales parecía escapar de su bodega como un aliento de mala suerte. Por aquí, el tiempo
rabioso dejaba pasar los veleros blancos en busca de la serenidad de las guarderías náuticas del Tigre.

Los trinos se apagaban entre las hojas, entre las sombras del follaje de los alisos de la ribera.

Los pensamientos se me hacían insoportables. Con lentitud maldije la hora de haber abrigado una esperanza de salvación, de ver la aparición de Juana caminando sobre el agua con los pies descalzos. Una esperanza indudablemente rota, si su cuerpo inerme aún debía estar en la cabaña, fulminado por el rayo. Un cuerpo vacío, sin ella dentro, que al día siguiente yo debería cargar hasta el fondo de una fosa abominable.

Acerca del autor

Raúl Ariel Victoriano nació en la ciudad de Lanús, provincia de Buenos Aires, Argentina. Se ha graduado en la Universidad de su país en una rama que nada tiene que ver con las letras. Sin embargo, la inclinación por la lectura lo llevó en forma paralela, desde muy joven, a dedicarse a la escritura comenzando por el registro más difícil: la poesía. Con el tiempo, luego de años de infortunados intentos, abandonó la rima y se dedicó totalmente a la prosa. Desde entonces persiste, empedernido, a publicar sus escritos y a no cejar en ello, aunque se encuentre ya en la etapa adulta de su vida.

Muchos de sus cuentos han sido incluidos en diversas antologías de formato digital y otras en papel. También han sido publicados en revistas digitales de Argentina, España, Latinoamérica, Estados Unidos y de diversos países de habla hispana. Además, han sido difundidos en distintos sitios de Internet. Ha publicado los libros: El sonido de la tristeza, Páginas barrocas, Escarcha, Cielo rojo, La rotación de las cosas, Azul profundo y Fotos viejas.

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Raúl Ariel Victoriano

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