
Érase una vez en una isla, de Ovidio Moré
A Rumpelstiltskin
Tú me dices que vista de utopía,
tú, que ayer disfrazabas anatemas;
no me quieras tejer estratagemas
que hace tiempo que sé de tu herejía.
No me vendas ahora la anarquía,
ni ilusiones, ni cambios de contrato,
que sabemos los dos que en el substrato
se camuflan las mismas intenciones.
Estoy harto de tantas decepciones,
yo ni muerto contigo firmo un trato.
Monólogo de Peter Pan
Me parezco a mi sombra, me parezco
a esa negra silueta recortada
pues soy un Peter Pan hecho de nada
y no sé lo que siento ni padezco.
Así vivo, pensando que adolezco
de mi carne, mi cuerpo y mi cabeza,
y que aislado resisto en la maleza
esperando por Wendy ser salvado.
Siempre fui como un niño abandonado
en medio de un desierto de incerteza.
Historia de un cerdito
Cuando tuve la casa hecha de paja
vino el Lobo Feroz y en un soplido
derribó la pared, y su rugido
hizo trizas la mesa y la tinaja.
Entonces con maderas de una caja
levanté mi casita estoicamente,
pero el Lobo Feroz e impertinente
otra vez en soplar puso su empeño.
Está claro que aquí mi único sueño
no tendrá ni futuro ni presente.
Caperucita Roja
Al vestir Caperuza roja capa
se creyó que era joven comunista,
y por ello la enviaron de conquista
por la isla con la estrella en la solapa.
Pero ella constató en cada etapa
del periplo (en el campo y la ciudad)
que el rojo era el color de la Deidad
y la gente vestía de incoloro.
Al volver, Caperuza, con decoro,
se vistió del color de la verdad.

Décimo autorretrato bicéfalo, de Ovidio Moré
I
No soy ese animal que se levanta
y lame sus heridas de postguerra,
y luego va arrastrando por la tierra
el típico disfraz que le suplanta.
Ni menos el iluso que se encanta
con visos de pueriles profecías;
los rezos, otras «trovas» y utopías
dejaron de vibrarme bajo el pecho.
Yo sólo soy un hombre algo deshecho
que escribe en un papel sus ucronías.
II
No soy el animal que se levanta
lamiéndose su herida de postguerra,
ni soy la docta lluvia que en la tierra
de verde pinta el tallo de la planta.
Yo sólo soy el tiempo que agiganta
su paso en la clepsidra inapetente;
y soy otro pasado, otro presente
abierto a los canales del futuro.
Agnóstico, socrático, inmaduro,
queriendo navegar contracorriente.

Seis destellos profanos, de Jorge Aussel
1
La chica se arrodilló
frente al altar de aquel hombre,
para rezar en su nombre,
cuando la noche cayó.
Su boca urgida se abrió
para pintarse los labios,
que pronto se hicieron sabios
en eso de confesarse
y de la culpa librarse
sin importar los resabios.
2
Su lengua de fuego eterno
enroscaba hasta al demonio
cuando daba testimonio
de ser reina del infierno.
Con ella frente al gobierno
ningún mortal se oponía,
y el mismo Dios la quería
rezándole una plegaria,
pues era una perdularia
que de oraciones sabía.
3
Quería ser bendecida
en la pila bautismal
del apetito carnal
que le da vida a la vida.
Quería ser sometida
a los deseos y antojos
del hombre que con sus ojos
la instaba a que prosiguiera
y fuera en él y viniera
con sus vastos labios rojos.
4
Le gustaba provocar
en su papel de inocente,
como niña adolescente
que le falta madurar.
Le gustaba suplicar,
con un puchero en la cara,
que el profesor le enseñara
cómo tenía que hacer
para entregarle placer,
por más que lo recordara.
5
Las puertas de sus capillas
se abrieron a los pecados
y los lugares sagrados
murieron entre comillas.
Ella gastó sus rodillas
de tanto hincarse en el suelo
en pos de llevar al cielo
al prójimo venturoso
que en su cáliz espumoso
ansiaba remontar vuelo.
6
Su rostro se transformaba
en el del ángel perverso
que ocultaba en su universo
de señorita aniñada.
Andaba así, disfrazada
de la madre superiora
y no veía la hora
de desgarrarse el vestido
para exhibir su tejido
de hembra profanadora.

Mordacidad lectora, de Jorge Ángel Aussel
Cómo me aburro, Ricardo…
Cómo me aburro, Ricardo,
leyéndote cada día
en esta monotonía
de poemario bastardo.
¿Dónde se ha visto que un bardo
escriba sin un sentido,
por el hecho de hacer ruido
y nada más que por eso?
Pido un poquito de seso
porque si no… me suicido.
Esto se está haciendo largo…
Esto se está haciendo largo,
más largo que la pandemia,
sin una sola paremia
que rompa con el letargo.
Si no te cae un embargo
de nuestra administración,
es porque aquí la expresión
nunca ha tenido censura.
Pido un poquito de altura,
una puta reflexión.

De fanfarrones, de Gildardo López Reyes
Nunca faltan fanfarrones…
Nunca faltan fanfarrones
que se vistan de poetas,
se sientan grandes estetas
plagiando versos simplones.
Claro, tienen sus razones:
calzarse de intelectuales,
cumpliendo simples rituales
de reescribir malos versos:
folios huecos sin reversos,
simples palabras triviales.
Genes creen tener ellos…
Genes creen tener ellos
de Baudelaire y Sabines,
pero fácil los defines
en patéticos Coelhos,
grandes poetas de aquellos,
que no tienen parangón,
puro poeta chingón;
sólo escribiente maldito.
Como Bukowski son hito:
no tienen comparación.
Les diré con gran zozobra…
Les diré con gran zozobra
que estos farsantes del verso
tienen público diverso,
gente devota de sobra;
que no distingue una «obra»
de cualquier perogrullada,
gente que vive engañada
por merolicos virtuales,
payasos de carnavales,
y se conforman con nada.
¡Ay! nuestra pobre poesía…
¡Ay! nuestra pobre poesía,
le han mancillado la casa,
cualquiera entra y se propasa
con su vil bisutería.
Y entre tanta porquería
lo bueno queda escondido;
el talento ahí perdido
entre el lodo no se nota;
menos lo nota un idiota
por las redes confundido.

Corazones, de Gildardo López Reyes
Dicen que los corazones…
Dicen que los corazones
se hicieron para romperse.
Es difícil de creerse
para cariños simplones
de amor sin preocupaciones.
Bueno, estoy exagerando,
y de amor no estoy hablando;
hablo de un cierto cariño,
del sentir de cualquier niño
que no ve a qué está jugando.
Amorcitos desechables…
Amorcitos desechables
de tequieros inmediatos,
tornan cariños ingratos
al sentirse indispensables.
Amores banalizables
de corazones miedosos,
sentimientos pudorosos
que se dan sin entregarse,
no vaya uno a estrellarse
bajo cielos tormentosos.
Y mueran las fantasías…
Y mueran las fantasías
quebrando los corazones,
proveyendo mil razones
de prevenir agonías;
y enterrar las alegrías
antes que se hagan pedazos.
Y queden sólo retazos
de un corazón indefenso
con un temor tan intenso
que no puede abrir los brazos.




























