«Animales tácticos» y otros poemas de arte mayor

Dos poemas de Juan Carlos González Caballero

Serventesios asonantados / alejandrinos

Animales tácticos

Más que por depredar, te da por colgar trampas
en las que yo me tumbo y te dejo que vengas
por un entrelazado de sugerencias cautas,
sigilosas y arácnidas que finjo me silencian.

Hago de lo que muestras mi fiel anhelo hilado
y en su interior calculo su extensión y su peso
para con ese temple fisurarlo de un tajo
con el filo que esconden estos hierros de reo.

La cazadora, presa de mi punzante lengua,
ahora me suplica que la aguijone a versos
pero sin dejar marcas, sin que queden mis huellas.
No sabe que callado, mato negando besos.


Romance alejandrino

Mi Tierra Media hasta que llegaste

Me llevaba el placer de la carne espasmódica
en mis tiempos de búsqueda fiera de sexo,
en un tiempo de odio al querer y a mí mismo,
al pequeño que fui, a escribir y a los cuentos,
al hurtar con mi trampa de cara de infante
los amores sinceros de jóvenes cuerpos.

Y al final apareces y aprendo a quererme
como siendo el espejo que enseña lo bueno
de cuidar lo importante, el gesto y el hábito
al igual que el amor que profeso a los textos.
En silencio me das la paz de mis ansias
que persiguen renglones por suelos y cielos.

Y regreso hacia ti con la vista cansada
y en mi pecho una flor de inmediato recuerdo.
Si me atrevo a dudar me despiertas la boca
con tu voz que ilumina mi oscuro alfabeto
que descubre y recorre tus ojos azules
para sólo sentir y besarte un te quiero.

Imagen de StockSnap

Dos poemas de María José Quesada

El tiempo es el ganador

El tiempo posiciona la flor sobre el almendro,
el agua sobre el cauce, la vida sobre el dueño,
el ancla sobre el fondo, el polvo sobre el cierzo
y todo queda en orden. Incluso el sentimiento.

El tiempo va imprimiendo su inexorable huella,
el paso se hace corto y la ilusión pequeña,
el cáliz de los sueños comulga con la ausencia
y sobran las palabras cuando ya el alma tiembla.

El tiempo va marcando, lo marca todo él solo,
el cuerpo, los cabellos, las manos y los ojos
mas, deja estelas vivas, como este amor tan hondo
que doy por bien hallado si me quisiste un poco.


La mar se lleva a los niños

Dijeron que la mar se llevó a los niños,
que las golondrinas no saben luchar,
que ella es centinela, cela su camino
doblando la guardia con espuma y sal.

Dicen que las olas llegaron con fuerza
a cobrar un precio por la libertad
llevándose al débil, culmen de inocencia,
para en los abismos poderlo arrullar.

No es del agua el crimen ni hay culpa en los brazos
que fueron más suaves que un golpe mortal.
No fueron las olas que se los llevaron
¡es la guerra que echa niños a la mar!

Imagen by Pexels

Dos poemas de Silvio Rodríguez Carrillo

Los fondos de tus bragas

Mira los crucifijos, todas las negaciones
pulcras y desvirgadas, mira los desperdicios
faltos de carestías, aptos y preparados
para las sensaciones simples y sin estilo.

Si me observas en medio de la mierda
que me envuelve sin lástima el hastío,
y te ríes sin ganas o con asco
del dolor que mi vientre endurecido
convirtió sin apuro en el altar
en que sangran las putas de mi niño…

es posible que entiendas la fatiga, la escena
que relato mordiendo con mis pies el camino
señalado a distancia por la sed de apareo
que te nubla la boca con saliva de grito.

Yo me pauso, tranquilo, indetenible,
sosteniendo las bridas de mi sino
que humedece los fondos de tus bragas,
esquilando almanaques enemigos,
apurando mi vaso sin errores
despeñando mis nombres en tu ombligo.


Por

Me conozco las sendas, las trampas y atajos
que conducen al duelo terrible del hombre
escapando del sino que busca su cuello,
por captar con mis ojos y manos la noche
renegando del día que exhibe su estrella
y entender en la guerra el amor de los dioses.

Por sacarme los callos en clave de fa
le adivino al poeta sus gestos mayores
y al prosista sus tics de manual; lo de siempre,
caminar a la sombra, en la luz, sin razones
ni verdades, me tiñe el mirar de distancia
que me acercan al solo y a todos sus golpes.

Por querer sin querer, tropezar y erigirme,
saboreo el abismo que viven los pobres
que pretenden cercar mis modales, mis formas,
reclamando les mire el ombligo —las dotes—
que suponen precioso, bellísimo… ¡mierda!

Yo me miro los modos, reviso mis bordes
y mastico, ignorante y brutal, los vacíos
que no pude llenar descollando en amores
que regalo a las putas sedientas de huellas.

Por saberme, me sé solitario en mis torres.