
Dos sonetos de Sergio Oncina
Volátil rosa negra
Volátil rosa de perfume eterno
que floreciste roja por error,
solo te creo símbolo de amor
por las espinas, prueba de tu infierno.
Así te llegue pronto el mismo invierno
que me abrasó. Que pruebes su dolor
sobre tu piel: tenaz, devastador,
inútil como un llanto sempiterno.
Que mueras carcomida por la ausencia
de la belleza pura. Que tu esencia
efímera no exista más. Que llores.
Que exasperada sufras la caída
de tus marchitos pétalos. Que, herida
por el mal, no se alivien tus temores.
El grito
A veces la recuerdo y me repito
que no debo llorar por tonterías,
que soy un hombre libre de utopías
de las que solo viven en lo escrito.
Aunque sea su sombra donde habito
y su luz la tristeza de mis días,
he de saber fingir entre ironías
y retener las lágrimas y el grito.
Pero todo es minúsculo si falta,
menos el desconsuelo que me asalta,
y no hay ningún remedio para mí.
Entonces, surge de mi voz, potente,
un alarido, un llanto que es torrente
de la vida exultante que perdí.

Dos sonetos de Idella Esteve
A la vejez
Tres hurras por el tiempo transcurrido,
no tiene la vejez por qué asustarse
ni maldecir, penar o lamentarse
por aquello que no se ha conseguido.
No demos lo pasado por perdido,
en el presente no hay que abandonarse
ni tampoco pensar en aferrarse
a lo fácil por sernos conocido.
Habiendo lucidez en nuestra mente
podremos continuar con esta empresa
de existir dignamente cada día.
Que no se acaba el mundo de repente,
cada mañana nace una sorpresa
para poder vivir con valentía.
Dolía el corazón
Dolía el corazón cuando te amaba
y también hoy me duele tras tu ausencia
en el rememorar de tu presencia
y la falsa ilusión que me amparaba.
De toda sensación me siento esclava
y es dolerme quizás mi quintaesencia
pues me apena además la contingencia
de ante la pena no sentirme brava.
Aunque he sido valiente algunas veces
nunca pude matar la cobardía
y asesinar mentiras y acideces.
Dolía el corazón, ¡Dios, me dolía!
Exterminó el dolor mis candideces
y quedó la aflicción por siempre mía.

Dos sonetos de Eugenia Díaz Mares
El tiempo que nos quede
Amanece con viento de aire puro.
Tu mirada ya libre de amargura,
me provoca estrecharte con ternura
y decirte no temas al futuro.
Pensar en nuestra muerte es prematuro,
no te deja vivir y te tortura;
es mejor continuar nuestra aventura,
sobrevivir saliendo de lo oscuro.
Nuestros logros podemos disfrutar.
Sin culpas y sin pena ya nos toca
liberarnos de cargas y volar.
Todavía hay puentes que cruzar,
tan solo de pensarlo me provoca
irnos a una cabaña junto al mar.
Ente oscuro
Tus cementerios llenos, inundados
de aguaceros salados por la pena
y las terribles muertes en cadena
que dejan los hogares silenciados.
Vagas por los rincones más cerrados
llevándote las almas, sin condena,
en soledad, sin aire y por docena,
¡Detente, por favor! son demasiados.
Te recuerdo, te tengo muy presente.
Arrancaste a mi hija de mis brazos
llevándome a lo oscuro en su mirada.
Hoy arrasa tu oleaje con la gente
dejándoles la vida hecha pedazos,
débil, sin esperanza y aterrada.

Dos sonetos de Jordana Amorós
Siempre llueve en otoño
Huele a húmedo octubre… No varía
el ritmo estacional y a mí, puntuales,
llegan hoy los aromas espectrales
a flores secas y a melancolía.
Siempre llueve en otoño y la sangría
de las líquidas venas celestiales
escribe mansamente en mis cristales
con su confidencial caligrafía.
Quisiera descifrar, tras la angostura
lacrimosa que traza en sus regueros,
a qué pesar se deben sus enojos.
Y es que me niego a oír lo que murmura
mi corazón, que tales aguaceros
perennes solo ocurren en mis ojos.
Bye, bye
Dos mil veinte maldito, hace ya doce meses
todos te recibíamos contentos y felices
pues aunque no creyéramos que trajeras perdices,
tampoco imaginábamos que tan nefasto fueses.
Te habríamos cerrado con muy malos modales
la puerta en las narices, de haberte conocido
y así nadie en el mundo hubiese padecido
tu luctuoso e infame catálogo de males.
A pesar de las lágrimas que hemos derramado
por ti, nos disponemos hoy a decirte adiós
con el ánimo firme y el gesto esperanzado.
Y alzamos nuestra copa por el que ahora a estreno
viene a sustituirte, pidiendo solo a Dios
que, queriendo imitarte, no llegue a hacerte bueno.

Dos sonetos de Ana Bella López Biedma
Esdrújula-mente
Como una Hipatia torpe que no intuye la órbita
donde tu boca artera debajo de mis párpados
dirigirá su rumbo en tacto de relámpago,
te espero a cielo raso fuera de toda lógica.
Y te espero temblando, desnuda de retórica,
cansada de otro lunes, anhelando ese sábado
que hay en la comisura de tu decir de escándalo
donde solo yo veo tu soledad inhóspita.
Has destrozado en vuelo esa barrera última
donde parapetaba mi ternura de acuífero,
volviéndome mujer de transparencia impúdica
que te busca en los labios un resquicio de oxígeno.
Para sobrevivir en mi mundo caótico
he imbricado a mi piel tu corazón indómito.
Serendib
Me resisto a la inercia de romper el espejo,
de construir mañanas de polvo y de quimera,
de aguardar mientras otros me llenan la cartera
de verdades prestadas. Existo en el reflejo
de la mujer hermosa de sol dulce y añejo
que corre por las calles sin masticar la espera
con los huesos en flor. Boca salina y fiera,
no me agrieto jamás por ningún dolor viejo.
Miro en tecnicolor los espacios más grises
y habito entre las ruinas con ventanas al mar.
Mi suerte está en tu estrella que alumbra mi recuerdo.
Guardo cartas de espuma en el bolsillo izquierdo
de mi camisa. Canto sin garantías bises
y doy gracias si a ratos conjugo el verbo amar.



























