El taller literario

Escrito por Foto del avatarGavrí Akhenazi

¿Qué es un taller literario? ¿Para qué sirve? ¿Resulta útil para aprender a escribir integrar un taller literario? ¿Se obtienen resultados? ¿Cualquiera puede participar de un taller literario?

Desde el pragmatismo diríamos que sí, que sirve, que cualquiera puede participar y que se obtienen resultados. Pero debemos agregar, indefectiblemente, que, ante todo, un taller literario es un grupo humano, con todas las peculiaridades que esto conlleva y con todas las sensibilidades que escribir y dar a conocer lo escrito supone.

Es una fragua, más en sentido literal que metafórico.

Integrar grupos nunca es sencillo porque los seres humanos –y más aún en el plano de las artes– no lo son.

No olvidemos que, en un taller, se quiera o no, lo que prima es la crítica, el análisis, la devolución sobre aquello que se presenta. Y eso implica, también, una lectura responsable de lo presentado.

O sea, en un taller literario se perfecciona el arte de leer, que entraña, necesariamente, el arte de comprender o de intentar comprender lo leído; de abarcar el espacio inmersivo de lectura para extraer contenido y metamensaje y así evaluar y opinar en consecuencia, ya sea obra de autores consagrados, de autores ignotos o de postulantes a autores.

Todo texto va más allá de su literalidad. Introduce, siempre, una visión particular, sea o no ficcional. Y con visión particular, me refiero a la del tallerista que presenta el texto y a la del tallerista que lo comenta.

Aquí, un quid: la visión particular del que comenta a sus pares.

Quien lo hace, dentro de un taller literario, comparte una responsabilidad de compromiso y, por lo tanto, cualquier devolución que se haga sobre lo que otro presenta debe ser un aporte que –valga la redundancia– «aporte», ya que la modalidad de trabajo es de esfuerzo interactivo dentro de un grupo con un objetivo común, más allá de los objetivos particulares de cada miembro.

La lectura es diferente dentro de un taller que fuera de él. La implicancia, incluso, es diferente a la que puede observarse cuando se da a leer algo a un tercero, pariente, amigo, bookstagramer o quien fuera, porque dentro del taller, se quiera o no, todos tienen su propia visión autoral de lo que es ser escritor.

Por fuera de lo que compete a la subjetividad de cada lector/oyente, el compromiso que se asume debería potenciar un feedback que alimentará al grupo en su conjunto, lejos de las afinidades, las amistades y las sensibilidades o tirrias que unos provoquen en otros.

Aparcando todas estas cuestiones inherentes a la dinámica propia de la interacción humana, un taller literario es un espacio al que podríamos denominar «educativo» y no un espacio de lucimiento, aunque muchos llegan a los talleres aspirando a ser reconocidos por encima de la paridad que supone integrarse.

He aquí una dificultad. Enfrentar cara a cara la opinión ajena sobre el texto propio y el impacto que tal hecho produce sobre ¿cómo llamarle? ¿autoestima? ¿ego? ¿supravaloración del sí mismo? ¿debilidad por nuestro escrito? ¿piel muy fina?

Estas peculiaridades del «ego de autor» no sirven dentro de un taller, porque obstaculizan el desempeño general y traban la voluntad participativa anulando lo sustancial: el crecimiento.

Entonces ¿qué trabaja realmente un taller literario, además del ejercicio técnico de producción? La aceptación de la crítica, la interpretación de esa crítica, la evaluación de esa crítica. La crítica como aprendizaje, podríamos decir.

La creatividad y el conocimiento entran en juego, se exponen, desnudos, a otras creatividades y a otros conocimientos que proponen correcciones. Se exponen a otras voces válidas, merituables, que ejercen crítica como elemento imprescindible para una buena depuración.

Esas voces ajenas, opinando, señalando, dando razones, ajenizan el texto. Lo alejan de su autor para ofrecer visiones o perspectivas de alternancia y, por ende, ejercen una colaboración inestimable, porque ofician de lectores beta que a su vez son autores leyendo a otro autor y ayudándolo a un nuevo conocimiento de su voz y su estilo; descubriéndolo u obligándolo a descubrirse en su trabajo. Potenciándolo, al señalar ventajas y desventajas.

Toda corrección es un trabajo que implica esfuerzo y el primero de los esfuerzos frente al texto es asumir que lo escrito es perfectible y que todos esos pares que integran el taller pueden propiciar las visiones necesarias para alcanzar el mayor grado de objetividad posible sobre nuestra subjetividad natural de autor.

El taller otorga la capacidad de corregir y ser corregido; de leer y ser leído; de opinar y volverse opinable.

De todo ese ejercicio, para quien esté dispuesto a enfrentarlo, surge el crecimiento propio, el enriquecimiento del arte propio, la capacidad de «verse y analizarse», aprendiendo a hacerlo desde un otro.

Un taller literario, por tanto, es un camino de autoconocimiento y de mensura acerca de las posibilidades que el talento de la voz propia puede alcanzar. Y ese y no otro debe ser el objetivo de quien coordina al resto: que cada uno alcance su propio potencial y se autodescubra sus posibilidades como autor.

Algunos tienen techo.
Otros, no.

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Gavrí Akhenazi

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