«La soga» y otras minificciones
Escritos por
Héctor Michivalka

La soga
El escritor identificó al hombre que iba a matarlo: era un personaje salido de su propia pluma.
—¡Un momento! —gritó—. Yo escribí este relato. ¡No pueden matar a quien los creó!
Los guardias lo sujetaron con una indiferencia de oficio. El verdugo, mientras probaba el áspero cáñamo de la soga, lo miró con curiosidad.
—Así que, además de brujo, te crees Dios —sentenció.
El escritor no recordaba esas palabras; no figuraban en su manuscrito.
Desesperado, alegó que su sentencia era un error de imprenta, un fallo en el guion que había escrito para ellos. Pero, para el verdugo, los errores en la página solo se pagaban con muerte.
Cuando el apretón de la soga comenzó a arrebatarle el aliento, la ejecución siguió su curso, exacta y puntual, terminando el cuento al pie de la letra.
Camuflaje
Al terminar su cuento, aún le rondaban ideas sueltas. Las sembró entre las líneas para que germinaran en la mente del lector sin que este advirtiera su procedencia.
Fuera de contexto
Al oír un avión, el cavernario salió de su refugio.
El cuento no alcanzó a explicar el anacronismo: al autor se le quemaba la olla de frijoles y corrió a salvar su cocina.
El cavernario sigue ahí, esperando instrucciones desde hace siglos.
Nocturno
«Silencio en la ciudad. La luna vigila cualquier movimiento. Solo los gatos escudriñan los barriles del misterio», es un umbral tentador para un relato.
Eso procura mi animal. El bribón desaparece cada noche para ejercer de espía de alcantarilla. Regresa oliendo a pecado ajeno y, con la cara altiva de quien trae contrabando, maúlla.Yo le abro como si volviera de una misión diplomática.
Cuando enfrento la hoja en blanco, lo acaricio en un intento de sobornar al informante. Él, con su concierto de maullidos, me «suelta toda la sopa».
Yo solo traduzco y escribo.
Muñeco de ventrílocuo confeso.



















