«No Arianna» y otros romances

Dos romances de Eva Lucía Armas

No Arianna

Hay algo en tu voz de fragua,
de tallador de infinitos,
de burilador de lunas
que van hilando en sus filos,
las singladuras de luz
en el pozo de lo efímero.

¿Acaso tu corazón
acaudillador de trinos
agitará la alfaguara
oscura, donde no hay brillos,
que yace dentro de mí
y que ahoga a los navíos
en derroteros sin mar
por un secarral de espíritus?

Me dimensiona tu voz.

Y tus versos aguerridos
disparan balas de audacia
sobre mi mundo más íntimo,
reacio para sembrado,
inhóspito por antiguo
y sediento por sediento,
mientras, profundo, su acuífero,
troca en diamantes de trueno
al tam tam de tus latidos.

Caminador de este páramo,
tu verso en sus intersticios
se cuela como si un dios
le fuera dando sonidos
a las grutas de mi karma
para que hablen a tu oído
y te guíen, lentamente,
a través del laberinto.

Yo jamás he sido Arianna
ni hay Teseos en mi abismo.

La minotaura se oculta
en su propio maleficio.


Ya no apuesto a los incendios

Hace tiempo, jubilosa,
iba inventando fogatas
con mis páginas insólitas
donde contaba romances
como aquel, el de Verona,
pero en mis cuentos de amor
nunca hubo muertos ni alondras.

Tan solo yo me morí.

Desgajada rama rota
en el árbol del milagro
de haber nacido escritora,
entre historias de novela
fue una novela mi historia.

Y me morí, simplemente,
arrancándome las hojas.

Mis alas se desplumaron,
mi imaginación fue otra
y me estrellé contra el suelo
en una pirueta tonta
escapando a mi destino
desde la sima más honda.

Si no pájaro, arañita,
lagartija trepadora,
vaporcito que se eleva
levitando entre las sombras,
voz de voz recuperada
que no aprende a dar la nota
pero que vuelve eco el canto
como la sierra pedrosa
manda a las voces del viento
a salamanquear victorias

así yo, toda de barro,
toda yo de piedra indómita,
me levanto cada día,
desde esa novela sórdida
y escribo de puño y letra
una página de aroma
envuelta en la paz extraña
de que me dota estar sola.

Por eso no escribo incendios.
Que hablen de incendios las novias
y de besos y de amor.

Ya no creo en esas cosas.

Imagen by Simon Berger

Ice man, de John Madison

I

Tendrás que desearme
con esta unción de fuego,
que entero me arrebata
como un tornado enfermo
para entender mis ganas
de transmutarme en hielo;
una escultura helada
que no padezca el eco
de esta hambre tan brava,
perra como el infierno,
montaraz que me vuelve
un amante esperpéntico.

A ratos, cara Octavia,
quiero tornarme invierno,
hielo, no hacerte daño,
no desvelarte a un tiempo
mis cerrojos, mi mundo
de Pandora, mis tientos
de Lovecraft que envían
tu canción a un convento
y alejan de mi puerta
tu boca de desierto.

De veras, regia Octavia;
solo pienso en ser hielo
y que algún escultor
piadoso de un certero
golpe de gracia rompa
en pedazos mi cuerpo.

Maldita sea la gracia,
lejana Octavia, tengo
que exigir a mis dioses
romanos ser de hielo.

II

No sé cómo lo hicieron
esos novios de sombra
de tu antaño, mi Octavia,
para bordar tu fronda.

Te estoy enamorando
venerando tu boca
a bolerazos limpios
con el poder de Bola.

Bola de nieve, cálido
como este amor que goza
bajándote una nube
de algodón a tu alcoba
y ni Bola, ni Silvio
con su luz cegadora
y su tiro de nieve
pueden hacerle sombra
a este Romeo nuevo
que corteja tu rosa.

Imagen de Pixabay

Dos romances de Isabel Reyes Elena

Octubre

Octubre llegó a destiempo
con vocación de solsticio
y entre los verdes y ocres
en mí germinó el olvido
despojándome de ramas
que asombraran los caminos
(jamás tuve luminarias
que dieran luz a mi exilio).

Octubre con alfileres
ornamentó el acerico
del corazón que me late
a ritmo de petroglifo.

Hoy soy columna de mármol
conteniéndose el respiro
y aunque el ayer se revuelve
entre pátinas de siglos
para recordarme siempre
todo aquello que yo he sido
no me arrepiento de nada
ni a los veranos envidio
y con mis ojos desnudos
azules, cálidos, limpios,
espero pacientemente
seguir llevando los hilos
de las riendas de mi vida
y que el instante preciso
me encuentre serenamente
abrazando el infinito.

No doblarán las campanas
porque han de morir conmigo.


Nocturnal

Ahora sobre el alero
la luna, triste, se alza
y dialoga antigüedades
con no sé qué voces blancas.

Hay algo extraño en la calle
retorcida y solitaria.

Acaso yo no soy yo,
tal vez no son mis pisadas
éstas que van en la noche
rompiendo la oscura calma.

Los versos que voy pensando
quizás no son mis palabras.

Algo ha pasado en el tiempo.

¿Es otra edad ya lejana,
otra noche y otra luna
dialogando con el alba?

Imagen de StockSnap

Trilogía de la diáspora, de Ovidio Moré

Soy ese pez que dibuja
a tinta y con arabescos
mujeres de cuello largo
corazones y cerebros,
máscaras para derrotas
de un rufián llamado tiempo,
extrañas flores de ámbar
y rostros de terciopelo,
sangrantes venas y soles
deshinchados y violentos;
caracolas habitables
del color del limonero,
alas truncadas, y libres,
y metáforas del miedo,
azules cielos prohibidos
y puertas hacia el infierno,
algunos amantes rojos
y otros de inocuos besos,
telarañas para ilusos,
laberintos y burlescos
niños que orinan con saña
sobre el poder usurero.

Soy ese pez que en sus genes,
en su taíno esqueleto,
tiene algo de mambí,
de campesino insurrecto;
que fue un duende con carencias
y ansias de aventurero,
al que le faltaba el pan

y le crecían los sueños.

Soy ese pez argonauta
que navega lisonjero
entre vitrales de Amelia
como sacados de un cuento
y entre las mestizas Floras
de René Portocarrero.

Soy ese pez anodino
que describe a fuego lento
su catarsis octosílaba
como otrora algún aedo;
que es carne de poesía
que heredó de sus ancestros;
que se refracta en Lezama
y en sus cóncavos espejos,
en sus múltiples imágenes,
y en virgilianos conceptos,
en el Niágara de Heredia,
y en los más «sencillos versos»
de aquel de frente serena
siempre vestido de negro.

Soy ese pez del Caribe
que disecciona momentos
como un biólogo curioso
desentrañando el misterio
de la ausencia que me araña
por ser doble de Odiseo.
Y por ser pez de vigilia
cada noche yo regreso

al cocodrilo varado,
en un insomne velero,
a recordar ese niño
guajiro que llevo dentro,
el que pintaba en el aire
estando atado en el suelo,
al que el duro desarraigo,
cuando me lance el anzuelo,
no pueda pescar su alma
porque sigo siendo isleño.

Soy ese pez en simbiosis
de raíz y sentimiento,
al que el mar le grita en olas
y le sirve de escudero
para que salga triunfante
ante el molino de viento,
y pueda sembrar ocujes
y palmares en el pueblo
que entre nieves y amapolas
habrá de guardar mi cuerpo,
y ese día habrá llegado
la finitud de mi éxodo.