
Dos poemas de Morgana de Palacios
Imaginarium
Aquí no se oye nada.
No se ve nada.
Anda rígido el aire
y han crecido murallas de otra especie
impalpables
como un símbolo extraño de impotencia
que aísla los sonidos de la luz.
Soy una carta abierta golpeando cerraduras
destinada al fracaso,
un susurro en la noche
soñando alegorías del silencio
porque el mundo, al final, es un lenguaje absurdo,
un engendro entre MySQL y php
que no será jamás el mío.
Una araña reclusa con tres pares de ojos vigilantes
me amanece en el tórax
y pasea indecisa por mis pechos
desde hace demasiados días.
Ni me inmuto.
En mí no cabe una palabra más…
En mí no cabe una palabra más.
Todas las paradojas se dan cita en mi almario
pugnando por salir en un momento,
y al siguiente dormidas superpuestas
en sus grises literas submarinas.
No eres tú la causa.
Soy yo con mis cerrojos.
Soy yo en las trincheras del absurdo,
cubriéndome la espalda de silencios,
porque perdí la fe en el mañana
y he de engrasar, sin pausa, aquel fusil de asalto
que tenía guardado para tiempos de cólera.
Pienso si alguna vez estuve en paz conmigo
o es que me la inventé por seducirte
a ti que de la guerra
hiciste el pan caliente
que me diste a comer día tras día.
No eres tú, por más que tus ventanas
se abran a sacrílegos paisajes
y el miedo se acomode a la rutina
de huir hacia adelante, mientras el corazón
no convulsione.
Soy yo con la crudeza de esta boca
que calla mucho más de lo que expresa
y alguna vez, también, quisiera ser de luz,
dolor escintilante de la luz
pariéndose a sí misma
sólo para tus ojos.

Dos poemas de Eugenia Díaz Mares
Mudanza
La casa se hace polvo. Presiento un cataclismo.
Deambulo por los cuartos observando las cosas:
zapatos empolvados, las cajas ordenadas
que siguen en espera del destino final.
Y yo sigo de pie con la corteza dura
resistiendo el embate constante de los días.
Comenzaré a embalar el sentimiento frágil,
la palabra no dicha irá en pequeños frascos,
en la caja de roble mi sonrisa más triste.
Y reservado especial un cofre de cristal
para aquellos que quise y a mí me despreciaron,
que observen fijamente lo fuerte que me hicieron
llenándome de ausencias.
Se acerca ya el momento de hacer sentir mi falta
y despegar el vuelo.
Encadenado
Como todas las noches degustando un café
de tu mirada caen una y mil decepciones,
viendo hacia el infinito recorres esos campos
que labraron tus manos para plantar simientes
anhelando sus frutos.
Te observas apagado los callos de tus manos,
te dueles de la espalda y de tus piernas,
que dejaron sus fuerzas de tanto laburar
y proteger semillas infecundas,
—es lo que siempre dices—.
Te veo como un árbol que agoniza dejando
revestir por los líquenes, viendo pasar la vida
encadenado siempre a la pregunta
del porqué este castigo.
¿Cómo puedo ayudarte?
Toma mi mano y vamos, sigamos caminando
hacia la luz del faro.
Ya tañen las campanas a lo lejos
dejemos el cansancio, la pena y decepciones.

Respecto del fondo y… ¿cómo era?, de Silvio Rodríguez Carrillo
Música escogida para acompañar este poema
Oscuro, el fondo me recibe y me acompaña
cayendo inútil a mi lado en el absurdo
que el tiempo dicta o nos propone sin hablarlo.
Sabemos tanto de la guerra que ofrecemos
que apenas somos un etcétera granate.
La perra, menos displicente, se acomoda
sonriente y guapa al imposible que se teje
difícil, duro pedernal despreciador
de nubes negras, de riachuelos despojados
de niños breves conquistando un oleaje.
A solas, siempre sin testigos, ocurrimos
arriba, abajo, por los bordes de lo simple.
Igual que un mar que se ignoraba y que aparece
de rojo o negro, palpitando sus crueldades
sin nombres propios, escondiéndose sus víctimas.

1994, de Isabel Reyes Elena
Están las fosas llenas de cadáveres,
de miradas selladas
y temblores inmóviles.
Están las fosas llenas de silencios,
de retorcidos gestos
y brazos apuntando,
un revuelo en el aire de mi Bihac herido.
Están las fosas llenas de despojos
y hay ribetes de luto en los dondiegos.
El rictus de la boca se concreta
en un susto pasmado, en un asombro
que se quedó desnudo para siempre
en la noche de Bosnia-Herzegovina.
Están las fosas llenas, rebosantes
de corazones rotos, de recuerdos
que ya no tendrán pecho en que albergarse.
Están llenas las fosas de ausentes recobrados
a golpe de odio y bala.
Sólo la tierra sabe su regreso.

Dos poemas de Sergio Oncina
Quiero mi ley
No quiero recoger los frutos fáciles
aunque su carne me estremezca
y la lascivia inunde mis deseos.
No quiero de la alquimia
el favor del milagro
ni el oro en el anillo del cadáver
ni el diamante sin taras
que reposa en la tierra.
Quiero que me desnude cada sueño
y se convierta en furia,
que la sangre me hierva y surja la palabra:
la exacta, la que arde
y calienta los fríos de las vírgenes.
Calcinarme las lágrimas
si solas no me ciegan.
Permitirme matar lo que aborrezco,
amar a quien me ama sin motivo
y recibir la paz de la victoria armada.
Que si existe justicia se dicte con mi ley.
Cansado de mí
Me he cansado de mí
y por eso no escribo como antes,
a todas horas, ávido de letras
que formen lo que siento.
Creo que no estoy bien
porque ya no me gustan mis palabras
y las leo vencido
y con voz pusilánime.
No sé lo que sucede,
si me falta ilusión
para seguir por el camino crudo
del verso y de su ausencia
o daña masticar
porque como sin hambre.
La otra noche miré
a través de un poema
y no vi nada mío,
solo la furia muerta de otro hombre
que alcanzó la victoria, la contó
y no supo vivirla.



























