
Romance heroico
Elegía, de Isabel Reyes Elena
En memoria de Gerardo Campani
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Al pensar en tu estado presentí
que el tiempo de tu vida es un cobarde
que se esconde en la hora del adiós
y es incapaz mi pena de ablandarle.
Que perdido en la noche de la ciencia
lo hermoso que te aloja no le vale.
Ignora cómo dar tiempo a tu tiempo,
vida, salud y sístole a tu sangre.
El hígado prestado que portabas
no responde al deseo de arrancarte
de las oscuras garras de la muerte.
¡Qué cobarde es el tiempo que nos barre!
La cera que tu cara desdibuja,
el dolor de tu ser, inabarcable,
me dice que eres tú el elegido
y nada más me queda que llorarte.
Mirada de hombre bueno que confiaba
superar nuevamente adversidades
en idas y venidas; tu destino
me indica que te queda largo el traje.
Escrita tu conciencia ultraversal
se nos va el literato y el amante
cuando un gélido viento ya acaricia
tu bondad, tu retina y tus afanes.
Compañero del alma, compañero,
hermano del misterio del que naces,
cuando siento tu vida que se agota,
tu dolor, como leña, a mí me arde.

Romance para una duda, de Morgana de Palacios
Nos citábamos a ciegas
en el motel de los versos
y era como un suicidio
lentificado en el tiempo.
Sin programación mental
desgranábamos silencios
con la paradoja a punto
de convertirse en misterio.
Todo era un baile loco
que siempre bailamos cuerdos.
De futuro nunca hablamos
ni del contraluz del sexo.
Del pasado alguna vez
si es que llegaban los muertos
a resucitar de noche
las lenguas de los lamentos,
mas con cada madrugada
estar vivo era lo cierto,
lo único que importaba
para conjurar los miedos.
Si te creí, da lo mismo,
pero en el confín del sueño
eras la pura metáfora
del amor que estando lejos
te excita la inteligencia
y te solivianta el cuerpo
con las manos tormentosas
al rozarte con los dedos.
Cómo encendimos hogueras
que atizamos con los vientos
de todas las latitudes
para quemar los secretos,
y cómo nos tradujimos
boca a boca el sentimiento
con las espadas en alto
pero el abrazo en el gesto.
Te hubiera reconocido
como reconoce un ciego
la llamada de la luz
desde el corazón del fuego.
El presente está plagado
de instantes de desencuentro,
de historias que nos mantienen
de las circunstancias presos
con los tobillos atados
y la rebeldía en cueros.
Entiendo que tengas dudas
y te asalte el desconcierto
porque la vida que apaga
hasta el resplandor del cielo,
haya llegado a la cima
de cualquier descubrimiento
y nos sepamos las mañas
de ser dos polos opuestos
con la sangre predispuesta
a dejar huella en el verso.
Con respecto a mí no dudes
ni me uses de pretexto,
que por algo estoy de vuelta
de tus íntimos infiernos
y sigo creyendo en ti
con los ojos bien abiertos.
Yo soy la misma y escribo
únicamente si siento
y te estoy sintiendo tanto
como siento el sufrimiento
que te lleva hasta la duda
si piensas que no te quiero.
Y es que te quiero, varón:
frágil corazón de acero.

Simplemente un romance, de Gavrí Akhenazi
Para el ramo de tu boca
y en el penal de mi carne,
escribo con estorninos
solas palabras de nadie.
Desembocadura y dique
del caudal de mi desastre,
sombra de luz en mis ojos
de acritud itinerante,
bebo de tu orilla calma
la hierbabuena y el aire.
Estás entre mis silencios
como una luna que arde
en un día anestesiado
hecho con dolor y arrastre,
para decirme que al cielo
tengo una vez de mi parte.
Viejo de mudez y áspero,
sin finales rutilantes
llego con la lengua rota
de prédica en los eriales
hasta tu recodo mágico,
donde acontecen tus árboles
y en el borde de tu mundo
obligo a que ardan mis naves
aferrado de tus costas
con mis palabras de sangre.

Dos romances heroicos de Idella Esteve
En carne viva
Te podría decir que nada escondo
que se pueda pudrir en mis adentros
y me doy al poema en carne viva,
despojado de piel todo mi cuerpo.
Te podría contar lo que en mí mora
que enturbia mi razón, mi sentimiento,
y sale desbocado por mi pluma
volando al infinito con mis versos
en pos de la anhelada fantasía
cuando mi vida es todo desconcierto.
Te podría nombrar miles de cosas
de cruda realidad, de dulces sueños
que me anublan las luces de mi mente
y me ponen en sombra el pensamiento.
Te podría explicar que ando desnuda
para dejar los males que acarreo
prendidos a un saliente en una esquina
y abandonarlos solos a sus fueros,
sin que vuelvan a mí de ningún modo,
que no habré de acogerlos ¡no los quiero!
Escribo en carne viva, ya lo sabes,
mostrando lo que está dentro del pecho.
Muerte por aburrimiento
Lo mío ya no tiene compostura
y va pasando el tiempo sin remedio.
No sé si brilla el sol o todo es sombra,
con el desgarro se me estanca el verso
en una poza llena de cuchillos
y el poema me sangra hasta los huesos.
Porque nunca nadé las superficies
en lo profundo por asfixia muero
sin querer. En lo más hondo de mí,
de todo lo que escribo nunca encuentro
esa vena interior que me reviva
—estoy viva quizás, aún no he muerto—
y me saque del fondo de estas aguas
y me implante unas alas para el vuelo.
Quedo en mí con mi verso, anquilosados
los dos vamos muriendo en este encierro
uno al lado del otro, sumergidos
en este fuego frío, en este infierno
donde vuelan al aire las cenizas
de un ardido furor. Mi aburrimiento,
a falta de ilusiones que lo animen,
cabalga por la vida por sus fueros
y al cabo viene a ser como una muerte,
partículas de mí siempre al acecho.



























