
Húmeda y roja
Está dentro de mí mientras te escribo
un canto barbitúrico
y los nervios enramados se duermen
y atravieso el amor como si olvido fuera.
Irresistible
tu voz entre dos aguas
memoria de sudor y de saliva,
preámbulo de pájaros.
No callo.
No callaré nunca.
El crimen es callar y el silencio su excusa,
pero la tinta insiste en el arpegio
vigilante.
Vivo húmeda y roja
como una flor sin savia en Varanasi.
Los sonidos de la jungla
Zarpó de mí un poema que llevaba mi espíritu
hasta la tensa orilla de tu boca.
Partió de mí con la sentina llena
de palabras feraces,
que serían semilla de otras nuevas, puras
y arrebatadas
de las que enamorarse lentamente.
La vida entera se convirtió en palabra
y el silencio cedió su imperio claustrofóbico.
Entre tú y yo no hay agujeros negros
ni tan siquiera en ciernes.
No hay dudas, ni reproches, ni fisuras
por las que otras lenguas deslicen su veneno.
Oímos los sonidos de la jungla,
el idioma salvaje del hombre involutivo
y cuando llega el miedo a destrozarlo todo
con garras neblinosas,
despejas la ecuación de la tristeza
y partiendo de ti llega el crepúsculo
a cubrirme de versos liberados,
como una nave apta para cualquier diluvio.
Todas las fotos viejas
terminan por llevarme a tus naufragios
y las tuyas
se emparejan vidriosas con las mías.
Hoy derroté los dogmas
huyendo por el polen de la palabra escrita
esperando ser flor y regalarme
para que no te rindas.
Territorio carnívoro
Cambiar de religión es lo de menos
si son los pedestales de las guerras,
la derrota de la razón humana
que se apoya en los dioses vengativos,
el suburbio del miedo
el territorio
de todos los carnívoros.
La religión derrapa en la hondura de Dios
trafica con su esencia, dilapida
la luz que nos sostiene,
reblandece su voz
confunde su palabra
y tiene tantos nombres al margen de la fe,
que elijo el tuyo como el más atroz.
Al menos no me engaña
ni me exige cordura
en medio de la histeria colectiva.
Te nombro
y siempre me respondes
cuando se cumple el tiempo y sigues vivo.


























