
Es una cabeza. Lo afirmo con la sequedad de quien ya no tiene cuerpo para habitar. Una calvaria humana, un cráneo de arquitectura masculina y robusta, una geografía ósea de dolicocefalia marcada que mis ojos —únicos sobrevivientes de mi anatomía— recorren como quien mide un terreno baldío: ciento noventa milímetros de la gabela al occipucio, ciento cuarenta en su anchura de muros parietales.
No soy esclavo de la gravedad, floto en un limbo donde no hay quejas posibles, apenas un cono de visión restringido que es mi única ventana al vacío micrométrico de la consciencia. Observo, escucho y, sobre todo, olfateo. Es lo que hay, es el laconismo del éter cuando mis piernas son un sueño.
El cabello es una mancha oscura, un amasijo de sebo y sudor que se aglutina en mechones densos, como si la desesperación tuviera peso. Alrededor, una corona de proyecciones agudas —quizás alambre, tal vez espinas de una urbanidad oxidada— muerde el cuero cabelludo hasta tocar el periostio. La sangre es un mapa del cadáver de la empatía. Rojo metálico del ahora, mezclado con el matiz dulce y espeso de lo que el sol ya ha comenzado a desintegrar.
Y luego, la atmósfera. Los olores llegan estratificados, como las capas de una ciudad que se pudre en silencio. La evaporación de los fluidos vivos me trae el rastro de la basura vieja, el excremento de especies anónimas y, de pronto, el aroma punzante del detergente de la ropa recién lavada. Esa mezcla de lo doméstico y lo terminal me obliga a preguntar: «¿En qué parte del hormigón desértico estamos?».
En el borde de mi cono visual, una pared de ladrillos sostiene el peso de los últimos estertores. Veo el hombro, el antebrazo derecho y esa palma de la mano que se funde con el barro cocido mediante un verdugo clavo de hierro. Estamos en una grieta urbana, una garganta de concreto que amplifica los sonidos con una acústica de cueva olvidada.
Escucho la estridencia de un televisor que pelea contra el grito de unos amantes, el eco de unos niños que juegan con una pelota de goma y ese goteo rítmico, ritual, de las chozas verticales de cemento que golpea el fondo del pasadizo. Es una arquitectura de balcones donde los egos se resguardan en su propia supervivencia, mientras el aire estancado mece la ropa tendida. Nadie mira, nadie escucha, nadie huele, nadie siente. Es la jauría indiferente de cabillas y cemento ante la pasión y el deceso inminente de un Juan sin Techo, de un Sancho sin Apellido; un Cristo cualquiera que se asfixia en la geometría invernal del callejón número 33.

















