«En grandes letras góticas»

Letra complicada porque el Arial no me gusta. Siempre te dije que no me gusta.
Tiene nombre de erial. De documento público. De expediente. De oficio. De alegato. De miseria. Tiene nombre de mundo sin justicia.

Erial. Donde no hay almas.

Pero igual, en arial, porque se me hace tarde y no sé si podré recordar después lo que no debí recordar nunca. Pero la muerte al fin tiene sus trampas. O el alma. ¿Tendrá cosa que ver eso que duela el corazón cuando sufrimos? ¿Será la casa del alma? ¿O la casa del foco de la luz, que dicen los chamanes y las machis? Pero algo debe haber, porque es vox populi… a vos que te gusta tanto el latinazgo.

Vox populi es vox dei.

Mucho decir. Creo que en esto es acertado. Y quién mejor que vos sabe como me duele el corazón últimamente. Tanto que renunció y quiso morir. Decisión muy suya contrapuesta a la decisión fatídica del alma… ¡Pero qué mal el alma! Queriéndose quedar donde no es bienvenida. Queriéndose quedar, siempre hipotética de cosas que no existen… Obstinada y obtusa esta alma mía . Improcedente. Exhausta y desahuciada. Irredenta te dije un día. O redimida en realidad. No vale la pena negar que amanezca, porque amanece aunque llueva. Cuando llueve, también amanece.

Renglón aparte.

¿Por qué te gusta el cabernet?

Casi es una situación imposible eso del cabernet.

Un vino que te divide la garganta. La tajea irremediablemente. La acuchilla. Hay que ser muy masoquista para tomarse un cabernet y predicar que se disfruta como el mejor vino del planeta. Aunque lo de masoquista… te cabe ¿no? Y si no te cabe (porque en realidad el tema es que no te cabe y te encanta tu propia apología) lo esgrimes en pos de autocastigo… Uno es dueño de su forma íntima de gozo.

La pasión lleva eso en sus entrañas.

«La pasión pare dolor», es lo que siempre dices. Pare dolor ¿sabías? Un tema para mis alumnos de griego. Y para vos también.

¿Qué tal el gótico? … Mi hijo me carga siempre con eso. Dice que cuando quiero remarcar alguna cosa, le pongo


GRANDES LETRAS GÓTICAS

Y vos decís lo mismo. Me haces reír con eso de «no hables con grandes letras góticas».

En 28 para que quede prolijito.

¡Qué manera de hablar pavadas, cuando lo que quiero contar es otra cosa y acaso me acabe olvidando porque la mente es traicionera y lo que no se debe recordar, no debe recordarse nunca.

Pero la muerte te recuerda cosas. O le recuerda cosas al alma.

Porque aunque cambies de identidad, de escenario y de obra, el alma se mantiene impoluta (palabra que detesto porque me recuerda otros vocablos y tiene algo de puta y de improperio). Algo de puta y de voluta. Porque esa mp borra el significado elocuente de «sin mancha» y la transforma, absurdamente, en una cosa toda sucia.

Me devolviste mi historia y ahora puedo decir… la recordé. Ahora, te la cuento yo. Me la contaste y ahora… ahora te la cuento yo, porque es la mía. Te la escribo, como te gusta a vos, aunque nunca me contestas las cartas. Siempre estás por ahí y yo siempre esperando… siempre esperándote. Si no me quejara de tu ausencia dirías que esta carta no es mía.

«Entonces, las metí debajo de la cama.

Y tiré de la cobija para que lloviera por el costado flaco y protegiera aquello que no debía ser visto.

Tiré de la cobija; al tacto era tan suave, tan sedosa. Con una mano sostuve la cobija y con la otra las aplasté a ellas, que lloraban. Dos diversas sensaciones de seda ¡Porque mamá les cuidaba tanto los cabellos a ellas! Largos cabellos suaves, preciosos, cepillados. Cabellos de domingo, con trenzas, con floridos moñitos de raso, desarmados ahora, porque de las camas las arranqué, casi en un arrebato y las puse debajo, donde guardar los sueños, donde queda lo quieto, donde no busca nadie. Aunque la luz llegaba, porque la luz, como el sol, todo lo ilumina. Debajo de las camas los niños imaginan que siempre están a salvo, mientras se acaba el mundo. O yo lo imaginaba, una porque era niño y otra porque mejor lugar no había para esconder el miedo.
¡Me había escondido tantas veces debajo de la cama donde no me alcanzara la mano que pegaba! Abolladito y quieto debajo de la cama, la mano se cansaba de tantear el vacío inalcanzable donde habitaba el aire contenido. Entonces se iba.
Precavido, yo demoraba mucho rato en salir. O me dormía debajo de la cama.
Pero las mujeres se asustan. No entienden de estrategia. Se asustan tanto que el miedo las rebasa y lloran a los gritos, aunque les pongas las dos manos encima de la boca y les digas «callate…callate», el miedo las derrota y a todos —al cabo— deja a la intemperie.
Lo peor de la intemperie es ella misma. No hay a donde correr. Es toda lisa. Toda llana. Toda delatora.
Y ellos gritaban tanto. Gritaban hasta aturdir al miedo.
Será por eso que en el miedo aturdido todo se multiplica.
Se me escapó Graciela. Corrió, los pies sobre la alfombra no hacían ruido o al ruido de sus pies le superpuse el grito que ella nunca escuchó. Grité «No vayas». Grité «No vayas», sabiendo que mi grito no conjuraba nada. Nada más que más miedo.
Más miedo.
Salí a buscarla por sus mismos pasos que corrían. Sobre sus mismas huellas en huida la corrí por la casa. Y la detuve en la exacta puerta de la cocina. Al mismo tiempo que Mónica me chocaba la espalda.
Irrumpimos en escena los tres, violentamente y él se dio vuelta.
Y me miró a los ojos un segundo … una décima o un siglo , mientras el cuchillo era un brillo de luz intermitente que dividía la vida y todo el aire y se me desarmaban mis hermanas como muñecas de trapo por el suelo empapado de rojo que escurría despacio por más que yo tironeaba para atrás los cuerpos en caída. Por Dios que tironeaba en el más infructuoso de todos los rescates. Pero pesaban mucho, cada vez más pesaban y caían.
Porque era rubia mi madre atravesada entre el cuchillo y la mano y mis hermanas y mis ojos y los ojos de él, que acuchillaba mientras caían un cuerpo sobre otro en una escena en rojos, todos rojos, que nos mojaban y lo empapaban todo.

Ella dijo «Corré»…


Después, ya no me acuerdo.

Un día me contaste que vos hacías lo mismo, pero yo no tuve ningún recuerdo. Será porque eso de que meter hermanos debajo de la cama no sirve y se mueren igual. Los tuyos y los míos. Los matan igual, mejor decir. Pero vos nunca me metiste debajo de la cama. Al revés, peleábamos de a dos. Todo siempre lo peleamos de a dos como si fuéramos el mismo.

Me estoy planteando, ahora que lo escribo, que he aprendido a vivir con muchas cosas. Y que además de haber aprendido a vivir con muchas cosas, tengo otras muchas cosas por las que vivir. Es lo que siempre dices: no hables de lleno… tenés todo por qué vivir.

¿Sabes por qué amo el sol y la mañana?

Porque siempre eso significa que será otro día.

Y mañana, como fue hoy, será otro día.

EN GRANDES LETRAS GÓTICAS

PD: No encuentro la letra gótica en este word, Gaby. ¿Me la vas a enseñar cuando vuelvas? Aunque sea, vas a tener que volver para enseñarme cuál de todas es la letra gótica.

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Alejandro Salvador Sahoud

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