«Palabra de Dios» y otras prosas

Escritas por Foto del avatarNandi Posada

Palabra de Dios

¿Qué me decías, padre?

Cuando miraba la tierra y todo era tierra y la constancia de tu cuerpo, resbalando, diluyéndose en la lluvia, era la plena y única ley que definía la costumbre, lo legítimo, el arte.

Y después padre,
¿qué me decías después?

Cuando los cuervos habían tapado la luz, cuando el peso de la vergüenza causaba llagas en el peso de la voz. Cuando los campos eran mantos que enterraban los sucesos y costaba más ser hombre que clavo y espina. Cuando la mortaja era la patria, la bandera, la simple forma de llegar al suelo con la boca plena de verdad.

¿Qué me decías después, padre?

Ata-duras

Ya no acepto esta noche en la que crecen sólo lápidas y remiendos de vieja. Yo aún construyo puentes, aún dejo la puerta abierta y coso tres veces la misma manga. Yo aún digo diez veces el mismo rezo. Esclavizo piernas y bocas que desean ser ventanas y puertas, pero mi casa ya no es blanca ni dormita el perro en la acera. Algo se me perdió aquel día que reconstruí el amor con otro lazo.

¿Qué sería?

¿Qué puede ser lo que se anuda con las palabras, pero se escurre con las cadenas?

Pretensiones

Nunca estoy segura de qué ando buscando y me temo a mí misma en este papel de cazador.

Soñaba ayer noche con el cuerpo de un ciervo y pensaba, durante el sueño, que extraía de su último aliento una cruel sabiduría. Odiaba al cazador que había mancillado aquella vida, yo amaba aquel cuerpo como a un hijo porque destilaba una inocencia sublime. Moría sin saber el porqué. Moría casi a medias, como si quisiese quedarse un poco más para conocer esa causa, para entender una razón que sublimase su sacrificio. Entonces yo entendía que también mi mente buscaba ese tipo de razones, esa causa que puede llegar a justificar las balas que se arrojan sobre un cuerpo; los golpes afanosos; el desprecio sobre la palabra. Por eso quería mantener con vida al animal, enfrentarlo al homicida, descubrir el asco, o el perdón, o la postura miserable de quien ve en el otro un trofeo.

Nada hay tan triste como el conocimiento del verdadero valor de las cosas.

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Nandi Posada

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